Barrio: / Tema: Educacion
Ubicación Histórica, Año:1850
PROCESOS ADMINISTRATIVOS EN LA PAMP
Una “boutade” bastante extendida y por desgracia muy acertada, sostiene algo así como que un camello es un caballo diseñado por una comisión de especialistas. En la misma línea y dada nuestra experiencia histórica, podríamos decir que un Territorio Nacional fue una provincia creada por una comisión de sabios que mucho no sabían salvo, tal vez, acomodarse según soplara el viento en Buenos Aires. Sin embargo, los hemos tenido, como todos sabemos, y por largos años, dentro del período final de lo que venimos llamando “Organización Nacional” y aún mucho más adelante, puesto que, con una sola excepción, las provincializaciones se dan en la primera mitad de la década del 50 del siglo pasado, cuando ya la presión por obtenerlas era demasiado fuerte y se revestía además de un profundo interés político y electoral dadas las nuevas condiciones del país bajo la administración justicialista. Pero es preciso que nos ubiquemos en el momento en que se crea, específicamente, el que nos atañe, es decir el Territorio Nacional de La Pampa. Podría aportar mucho al divertido concepto con el cual abrimos esta nota el recordar, por ejemplo, el grueso error topo-cartográfico que implicó que nuestros primeros cartógrafos de la región olvidaran que estaban trabajando no sobre un plano, sino sobre la superficie de un esferoide, pero en aquella época, en la mayoría de los casos, todo se hacía, siguiendo nuestra vieja expresión gaucha, a los ponchazos y muchos de los nuevos funcionarios de la administración nacional, en gran parte ubicados en ella gracias al nada desdeñable mérito de ser amigos del gobierno, tenían títulos profesionales bastante poco claros o en todo caso no muy relacionados con las funciones que desempeñaban. Pero hacían lo que podían y, dadas las circunstancias, valía aquella frase sarmientina de que “las cosas hay que hacerlas, mal pero hacerlas”. Podríamos por ejemplo recordar al famoso Amédée Jacques, gran figurón liberal del grupo de neoformadores de la Argentina, de quien tanto nos habla Miguel Cané en su en otros tiempos famosa e inevitable “Juvenilia”. Jacques, en otro nivel muy superior, es un clásico ejemplo de aquellos personajes múltiples, venidos de Europa cuando aquí se aproximaba a su fin el período de Juan Manuel de Rosas y en adelante, al compás de las grandes luchas sociales de aquellos tiempos en el Viejo Continente, que, sabiendo de algo -era doctor en Letras y licenciado en Ciencias Naturales- , a la fuerza sabían de todo aún de aquello que nada tuviera que ver con sus campos específicos y que, al venir a nuestras tierras con el aura que otorgaba el haber participado, aunque fuera de lejos, en los procesos revolucionarios, eran recibidos como verdaderos semidioses del panteón liberal a la moda y se les abría por lo tanto un amplio abanico de posibilidades. Se trabajaba con lo que se tenía y es cierto que, más allá de sus fracasos, el nuevo régimen que se aprestaba a moldear al país a su imagen y semejanza, algo dejó. Lo malo del caso fue, más allá de la aceptación indiscutida de que no disponíamos de otra posibilidad que de la de bailar al son de la música que tocaban en Londres, que ninguno salvo quizás el principal patriarca, Julio Roca, por algo era el jefe, fue capaz de ver los límites inevitables de esa inserción y planear salidas posibles. Lo cual no va demasiado en su desmedro, porque tampoco los ingleses, con su proverbial sagacidad, lograron percibirlo hasta ser despertados del sueño del que disfrutaban en los laureles imperiales, por los cañonazos de la Primera Guerra Mundial. Como fuera que sucedió, el punto principal de ese viejo refrán de la sabiduría criolla que afirma que Dios está en todas partes pero atiende en Buenos Aires, se cumplía muy especialmente en los Territorios. En el caso específico de La Pampa, más aún en el de General Pico, podemos ver lo que esto implicaba trayendo a colación dos casos muy específicos y del período más reciente, puesto que corresponden a finales de la década de 1930 y toda la siguiente. Dadas entonces las restricciones de tiempo y espacio que marcan a los aportes para este encuentro, prescindiremos del aparato erudito y baste con ubicarnos en la etapa que acabamos de mencionar. El crecimiento de General Pico y las nuevas necesidades tecnológicas, que se aplicarían esencialmente al transporte y a la producción primaria de la zona, hacían necesaria la formación de personal calificado en niveles intermedios y así, el 19 de septiembre de 1937 se inaugura la por ese tiempo llamada “Escuela de Artes y Oficios”, hoy EPET nº 2. Por 1948, bajo otra administración y en otras circunstancias, la “Escuela Técnica de Oficios” se transladaría al sitio que ocupa hoy, logrando con éllo ampliar su cupo de estudiantes y mejorar todo el sistema anexo para las actividades prácticas. Y sin embargo… Como decíamos en el título, los directores de la institución, más allá inclusive de los cambios políticos nacionales y del mundo, se vieron enfrentados a una compleja serie de condicionamientos derivados del sistema administrativo que por aquel momento englobaba a La Pampa en la serie de territorios nacionales, condicionamientos de los cuales y como simple ejemplo basta leer en los materiales de archivo de la EPET el intercambio de cartas entre el director de la escuela, el gobernador y una serie de burocracias intermedias con el fin de obtener la autorización -y los fondos-, ¡para erigir un mástil para la bandera nacional en la entrada del establecimiento…! Problemas de esta clase, que hoy pueden parecernos risibles y nos hacen reflexionar acerca de lo acertado de las descripciones de Payró en su inevitable “Pago Chico”, eran cosa de todos los días en la administración del instituto, pero había otros que eran mucho más serios y que no sabemos si calificar como incomprensibles o tal vez demasiado comprensibles, la paradoja es apenas aparente. El más difícil de todos, el problema presupuestario que, como una tema desesperante cruza el campo de actividad de los primeros directores de la actual EPET 2. ¿A qué nos referimos con esto? Sencillamente a que, debido a un sinnúmero de causas de las cuales ya hemos venido citando la que es seguramente la más seria de todas, la “territorialidad” de La Pampa, la Escuela de Artes y Oficios tuvo que operar durante varios años, con los recursos que le habían sido asignados en el momento de su fundación terminando el año 1937. De ese modo, los directores debieron actuar como verdaderos magos para abonar sueldos, compras, gastos normales e imprevistos, etc., haciendo además frente al aumento de matrícula y las consiguientes necesidades de espacio físico, mientras al mismo tiempo redactaban y enviaban cartas a todos los organismos y personajes que de una u otra forma poseían algún grado de responsabilidad en la administración. Cabe suponer que, por la ausencia en los archivos de la EPET de contestaciones a la mayoría de esos pedidos, y teniendo en cuenta que algunos se hayan extraviado con el tiempo, más de uno ha de haber quedado sin respuesta. No podemos dejar de mencionar que, de vez en cuando, algún funcionario intentaba en la medida de sus posibilidades favorecer el trabajo de los directores, pero es que en muchos casos no eran los funcionarios sino el sistema mismo el que, precisamente no funcionaba nada bien y por más buenas intenciones que se tuvieran, todos estaban atrapados dentro de esos engranajes kafkianos que solamente contribuían a complicar lo que debió haber sido fácil. Como un ejemplo al paso de lo que venimos diciendo, sirve una carta mínima, casi una esquela con membrete con el escudo nacional y el cargo de “Inspector de Enseñanza”, fechada en Buenos Aires el 23 de mayo de 193… (¿4?, ¿7?), dirigida al primer director de la Escuela, Francisco Niotti, en la cual se le dice textualmente: “Recibí su carta del 9 de mayo, que paso a contestar. La partida de $2538,50 que tiene asignada se utilizará desde aquí. Mandeme (sic) a vuelta de correo la lista de lo que necesita dentro de ese total, dirigida particularmente a mí. Ud. no puede disponer el gasto de esa cantidad que debe hacerla el Ministerio por licitación.” Lleva a pensar en muchas cosas, pero más que nada en la situación inerme de los directores frente a un aparato administrativo incalificable. Varios años después, en marzo de 1943, el mismo director sigue en campaña para lograr que su instituto sobreviva, dirigiéndose esta vez al gobernador del Territorio, el general de brigada en retiro activo Miguel Arias Duval, de extenda actuación en La Pampa. El motivo principal de la carta del sr. Niotti es, como siempre, el presupuesto. Vale la pena oír al señor Niotti: “…dos Escuelas de Artes y Oficios creadas conjuntamente con la de General Pico han sido incluidas en el Presupuesto de 1943 con las partidas para sueldos y gastos equiparadas a todas las demás del país, [subrayado en el original] a pesar de que, como Ud. recordará, se les había asignado la misma exigua partida global para funcionar cinco meses en el año 1937 y que después, al igual que la de General Pico, se les fué prorrogando la misma partida insuficiente, por falta de aprobación de un nuevo presupuesto, hasta que, al fin, ellas tuvieron el privilegio de salir de la miserable condición en que aún está colocada esta escuela.” Para cerrar esta nota, conviene a nuestro juicio rescatar, de la misma carta, lo que el director piensa con respecto a los motivos de esta diferencia mencionada, porque son como una señal de alarma que nos llega desde tantos años atrás para notar que los problemas siguen siendo los mismos. Dice entonces Niotti en la misma misiva: “Según un funcionario de la Inspección General de Enseñanza [que suponemos por el tenor de otras cartas presentes en el archivo de la EPET 2 debe ser el autor de la esquela que citábamos antes, Juan Bernat, amigo personal de Niotti], que también ha tratado de influir para que se regularice la situación anormal de esta escuela, las similares de Roque Sáenz Peña y Concepción tuvieron pleno éxito en las gestiones que emprendieron, porque encontraron a varios legisladores adictos al gobierno que se ocuparon en presentar a la Cámara de Diputados los correspondientes proyectos de Ley, que a su tiempo fueron aprobados. Según él, es la única manera de conseguir que esta escuela pueda continuar funcionando [subrayado en el original]”. Pocos días después, el gobernador Arias contestaba asegurando a Niotti que “reiniciará la campaña que considera justísima”; a esa carta seguirían otras de igual tenor. La carta de Niotti que mencionábamos tiene un cierto aire de rechazo que desde nuestra visión actual nos hace pensar en la revolución que se desataría poco más de dos meses después. Y precisamente apenas dos semanas después del 4 de Junio, vuelve a escribir a Arias Duval, confirmado por el gobierno revolucionario, adjuntando en este caso una “nota confidencial” de la cual no hemos podido hallar copia, pero que responde a un informe solicitado por el subsecretario de Justicia e Instrucción Pública. De la posible simpatía del director por el movimiento militar revolucionario da cuenta el párrafo que dice: “Esta Dirección, así como el personal de la escuela creen que ha llegado el momento de obtener justicia. Al proponerse el Superior Gobierno terminar de una vez con todo lo subalterno que obstruía el paso a la justicia, nuestra aspiración honesta y justa será contemplada”. Sin embargo, en mayo de 1944, el señor Niotti vuelve a escribir al gobernador para agradecerle el haber recibido una carta del mismo en la cual se anuncia la gestión de una equiparación de los sueldos de parte del personal de la escuela. Las esperanzas del director con respecto a una solución rápida se diluirían muy pronto. Nuestro trabajo se detiene en este punto. Las cartas de ida y vuelta continúan hasta el momento en que comienza su actuación el futuro presidente, coronel Perón y aún más adelante con otros directores, pero los principales problemas ya habían sido subsanados. Claro que con unos diez años de atraso, pero eso es otra historia. Prof. Raúl Rosas Von Rittestein Para 9º Encuentro de Historiadores del Norte de L.P. realizado el 28 de Noviembre de 2015.
Ubicación Histórica, Año:1850
PROCESOS ADMINISTRATIVOS EN LA PAMP
Una “boutade” bastante extendida y por desgracia muy acertada, sostiene algo así como que un camello es un caballo diseñado por una comisión de especialistas. En la misma línea y dada nuestra experiencia histórica, podríamos decir que un Territorio Nacional fue una provincia creada por una comisión de sabios que mucho no sabían salvo, tal vez, acomodarse según soplara el viento en Buenos Aires. Sin embargo, los hemos tenido, como todos sabemos, y por largos años, dentro del período final de lo que venimos llamando “Organización Nacional” y aún mucho más adelante, puesto que, con una sola excepción, las provincializaciones se dan en la primera mitad de la década del 50 del siglo pasado, cuando ya la presión por obtenerlas era demasiado fuerte y se revestía además de un profundo interés político y electoral dadas las nuevas condiciones del país bajo la administración justicialista. Pero es preciso que nos ubiquemos en el momento en que se crea, específicamente, el que nos atañe, es decir el Territorio Nacional de La Pampa. Podría aportar mucho al divertido concepto con el cual abrimos esta nota el recordar, por ejemplo, el grueso error topo-cartográfico que implicó que nuestros primeros cartógrafos de la región olvidaran que estaban trabajando no sobre un plano, sino sobre la superficie de un esferoide, pero en aquella época, en la mayoría de los casos, todo se hacía, siguiendo nuestra vieja expresión gaucha, a los ponchazos y muchos de los nuevos funcionarios de la administración nacional, en gran parte ubicados en ella gracias al nada desdeñable mérito de ser amigos del gobierno, tenían títulos profesionales bastante poco claros o en todo caso no muy relacionados con las funciones que desempeñaban. Pero hacían lo que podían y, dadas las circunstancias, valía aquella frase sarmientina de que “las cosas hay que hacerlas, mal pero hacerlas”. Podríamos por ejemplo recordar al famoso Amédée Jacques, gran figurón liberal del grupo de neoformadores de la Argentina, de quien tanto nos habla Miguel Cané en su en otros tiempos famosa e inevitable “Juvenilia”. Jacques, en otro nivel muy superior, es un clásico ejemplo de aquellos personajes múltiples, venidos de Europa cuando aquí se aproximaba a su fin el período de Juan Manuel de Rosas y en adelante, al compás de las grandes luchas sociales de aquellos tiempos en el Viejo Continente, que, sabiendo de algo -era doctor en Letras y licenciado en Ciencias Naturales- , a la fuerza sabían de todo aún de aquello que nada tuviera que ver con sus campos específicos y que, al venir a nuestras tierras con el aura que otorgaba el haber participado, aunque fuera de lejos, en los procesos revolucionarios, eran recibidos como verdaderos semidioses del panteón liberal a la moda y se les abría por lo tanto un amplio abanico de posibilidades. Se trabajaba con lo que se tenía y es cierto que, más allá de sus fracasos, el nuevo régimen que se aprestaba a moldear al país a su imagen y semejanza, algo dejó. Lo malo del caso fue, más allá de la aceptación indiscutida de que no disponíamos de otra posibilidad que de la de bailar al son de la música que tocaban en Londres, que ninguno salvo quizás el principal patriarca, Julio Roca, por algo era el jefe, fue capaz de ver los límites inevitables de esa inserción y planear salidas posibles. Lo cual no va demasiado en su desmedro, porque tampoco los ingleses, con su proverbial sagacidad, lograron percibirlo hasta ser despertados del sueño del que disfrutaban en los laureles imperiales, por los cañonazos de la Primera Guerra Mundial. Como fuera que sucedió, el punto principal de ese viejo refrán de la sabiduría criolla que afirma que Dios está en todas partes pero atiende en Buenos Aires, se cumplía muy especialmente en los Territorios. En el caso específico de La Pampa, más aún en el de General Pico, podemos ver lo que esto implicaba trayendo a colación dos casos muy específicos y del período más reciente, puesto que corresponden a finales de la década de 1930 y toda la siguiente. Dadas entonces las restricciones de tiempo y espacio que marcan a los aportes para este encuentro, prescindiremos del aparato erudito y baste con ubicarnos en la etapa que acabamos de mencionar. El crecimiento de General Pico y las nuevas necesidades tecnológicas, que se aplicarían esencialmente al transporte y a la producción primaria de la zona, hacían necesaria la formación de personal calificado en niveles intermedios y así, el 19 de septiembre de 1937 se inaugura la por ese tiempo llamada “Escuela de Artes y Oficios”, hoy EPET nº 2. Por 1948, bajo otra administración y en otras circunstancias, la “Escuela Técnica de Oficios” se transladaría al sitio que ocupa hoy, logrando con éllo ampliar su cupo de estudiantes y mejorar todo el sistema anexo para las actividades prácticas. Y sin embargo… Como decíamos en el título, los directores de la institución, más allá inclusive de los cambios políticos nacionales y del mundo, se vieron enfrentados a una compleja serie de condicionamientos derivados del sistema administrativo que por aquel momento englobaba a La Pampa en la serie de territorios nacionales, condicionamientos de los cuales y como simple ejemplo basta leer en los materiales de archivo de la EPET el intercambio de cartas entre el director de la escuela, el gobernador y una serie de burocracias intermedias con el fin de obtener la autorización -y los fondos-, ¡para erigir un mástil para la bandera nacional en la entrada del establecimiento…! Problemas de esta clase, que hoy pueden parecernos risibles y nos hacen reflexionar acerca de lo acertado de las descripciones de Payró en su inevitable “Pago Chico”, eran cosa de todos los días en la administración del instituto, pero había otros que eran mucho más serios y que no sabemos si calificar como incomprensibles o tal vez demasiado comprensibles, la paradoja es apenas aparente. El más difícil de todos, el problema presupuestario que, como una tema desesperante cruza el campo de actividad de los primeros directores de la actual EPET 2. ¿A qué nos referimos con esto? Sencillamente a que, debido a un sinnúmero de causas de las cuales ya hemos venido citando la que es seguramente la más seria de todas, la “territorialidad” de La Pampa, la Escuela de Artes y Oficios tuvo que operar durante varios años, con los recursos que le habían sido asignados en el momento de su fundación terminando el año 1937. De ese modo, los directores debieron actuar como verdaderos magos para abonar sueldos, compras, gastos normales e imprevistos, etc., haciendo además frente al aumento de matrícula y las consiguientes necesidades de espacio físico, mientras al mismo tiempo redactaban y enviaban cartas a todos los organismos y personajes que de una u otra forma poseían algún grado de responsabilidad en la administración. Cabe suponer que, por la ausencia en los archivos de la EPET de contestaciones a la mayoría de esos pedidos, y teniendo en cuenta que algunos se hayan extraviado con el tiempo, más de uno ha de haber quedado sin respuesta. No podemos dejar de mencionar que, de vez en cuando, algún funcionario intentaba en la medida de sus posibilidades favorecer el trabajo de los directores, pero es que en muchos casos no eran los funcionarios sino el sistema mismo el que, precisamente no funcionaba nada bien y por más buenas intenciones que se tuvieran, todos estaban atrapados dentro de esos engranajes kafkianos que solamente contribuían a complicar lo que debió haber sido fácil. Como un ejemplo al paso de lo que venimos diciendo, sirve una carta mínima, casi una esquela con membrete con el escudo nacional y el cargo de “Inspector de Enseñanza”, fechada en Buenos Aires el 23 de mayo de 193… (¿4?, ¿7?), dirigida al primer director de la Escuela, Francisco Niotti, en la cual se le dice textualmente: “Recibí su carta del 9 de mayo, que paso a contestar. La partida de $2538,50 que tiene asignada se utilizará desde aquí. Mandeme (sic) a vuelta de correo la lista de lo que necesita dentro de ese total, dirigida particularmente a mí. Ud. no puede disponer el gasto de esa cantidad que debe hacerla el Ministerio por licitación.” Lleva a pensar en muchas cosas, pero más que nada en la situación inerme de los directores frente a un aparato administrativo incalificable. Varios años después, en marzo de 1943, el mismo director sigue en campaña para lograr que su instituto sobreviva, dirigiéndose esta vez al gobernador del Territorio, el general de brigada en retiro activo Miguel Arias Duval, de extenda actuación en La Pampa. El motivo principal de la carta del sr. Niotti es, como siempre, el presupuesto. Vale la pena oír al señor Niotti: “…dos Escuelas de Artes y Oficios creadas conjuntamente con la de General Pico han sido incluidas en el Presupuesto de 1943 con las partidas para sueldos y gastos equiparadas a todas las demás del país, [subrayado en el original] a pesar de que, como Ud. recordará, se les había asignado la misma exigua partida global para funcionar cinco meses en el año 1937 y que después, al igual que la de General Pico, se les fué prorrogando la misma partida insuficiente, por falta de aprobación de un nuevo presupuesto, hasta que, al fin, ellas tuvieron el privilegio de salir de la miserable condición en que aún está colocada esta escuela.” Para cerrar esta nota, conviene a nuestro juicio rescatar, de la misma carta, lo que el director piensa con respecto a los motivos de esta diferencia mencionada, porque son como una señal de alarma que nos llega desde tantos años atrás para notar que los problemas siguen siendo los mismos. Dice entonces Niotti en la misma misiva: “Según un funcionario de la Inspección General de Enseñanza [que suponemos por el tenor de otras cartas presentes en el archivo de la EPET 2 debe ser el autor de la esquela que citábamos antes, Juan Bernat, amigo personal de Niotti], que también ha tratado de influir para que se regularice la situación anormal de esta escuela, las similares de Roque Sáenz Peña y Concepción tuvieron pleno éxito en las gestiones que emprendieron, porque encontraron a varios legisladores adictos al gobierno que se ocuparon en presentar a la Cámara de Diputados los correspondientes proyectos de Ley, que a su tiempo fueron aprobados. Según él, es la única manera de conseguir que esta escuela pueda continuar funcionando [subrayado en el original]”. Pocos días después, el gobernador Arias contestaba asegurando a Niotti que “reiniciará la campaña que considera justísima”; a esa carta seguirían otras de igual tenor. La carta de Niotti que mencionábamos tiene un cierto aire de rechazo que desde nuestra visión actual nos hace pensar en la revolución que se desataría poco más de dos meses después. Y precisamente apenas dos semanas después del 4 de Junio, vuelve a escribir a Arias Duval, confirmado por el gobierno revolucionario, adjuntando en este caso una “nota confidencial” de la cual no hemos podido hallar copia, pero que responde a un informe solicitado por el subsecretario de Justicia e Instrucción Pública. De la posible simpatía del director por el movimiento militar revolucionario da cuenta el párrafo que dice: “Esta Dirección, así como el personal de la escuela creen que ha llegado el momento de obtener justicia. Al proponerse el Superior Gobierno terminar de una vez con todo lo subalterno que obstruía el paso a la justicia, nuestra aspiración honesta y justa será contemplada”. Sin embargo, en mayo de 1944, el señor Niotti vuelve a escribir al gobernador para agradecerle el haber recibido una carta del mismo en la cual se anuncia la gestión de una equiparación de los sueldos de parte del personal de la escuela. Las esperanzas del director con respecto a una solución rápida se diluirían muy pronto. Nuestro trabajo se detiene en este punto. Las cartas de ida y vuelta continúan hasta el momento en que comienza su actuación el futuro presidente, coronel Perón y aún más adelante con otros directores, pero los principales problemas ya habían sido subsanados. Claro que con unos diez años de atraso, pero eso es otra historia. Prof. Raúl Rosas Von Rittestein Para 9º Encuentro de Historiadores del Norte de L.P. realizado el 28 de Noviembre de 2015.