Barrio: Centro / Tema: Deporte
Ubicación Histórica, Año:1950
GENIO Y POETA de nuestro fútbol
Cualquier similitud con alguien que pudiste haber conocido, no es nada más que pura coincidencia, pero como para escribir, sé utilizar patrones, me tuve que sustentar en uno. No me quedó otra alternativa, por lo tanto, es seguro que es igual a quien estás pensando. Y como estaba escuchando una emisora, donde se evocan a grandes figuras del deporte, en el que me recuerdan “al Chaplin del verde césped”, ese que hizo vibrar a la hinchada roja de Avellaneda, y enmudecer a más de una garganta del otro bando, salvo claro está, de aquellas que aman el fútbol y no les queda otra cosa que decir, ¡¡La madre que lo remil… y encima hay que aplaudirlo!! Pensé entonces que nosotros, aquí en General Pico, tuvimos nuestro propio Chaplin, vistiendo la camiseta número 10. Cuando se quiere a un personaje, casi seguro que lo vemos reflejado en alguien que se encuentra cerca. Al de acá sin lugar a dudas lo recuerdo bien, aunque hayan pasado los años, solo que este complementaba su vestimenta, con una especie de birrete desteñido que lo hacía inconfundible, cuando las marcas se apretaban en el área. Desde muy chico, anduvo metido en todo lo que tuviera que ver con el fútbol, desde la pelota de trapo, primer eslabón para llegar a crack, hasta llegar un día, en el club de sus amores, a formar parte de las divisiones que entonces arrancaban desde el baby fútbol, donde se tomaba la primera lección. Ahí se rendía la primera materia, la que encerraba todo lo cursado en los baldíos, o debajo de las amarillentas lámparas que iluminaban las esquinas de tierra. Si pasabas esa, era como obtener las llaves en cualquier club. Pronto venía la Cuarta, Tercera y de ahí el paso a la Primera división. Este personaje nuestro, el que les estoy presentando, todo lo pasó casi sin rendir, solamente le bastó ir superando un año tras otro, porque eran tiempos donde se respetaba el documento, y era raro, muy raro, que un chico de dieciséis/ diecisiete años, pudiera acceder a la categoría mayor sin dar esos pasos. Al amigo, –que no es tan imaginario como parece–, no le quedó otra que esperar hasta cerca de los veinte para integrarse a la primera, eso sí, cuando lo hizo, no entregó más la camiseta hasta que un día dijera: –¡Ya es suficiente! ¡Ya me di un montón de gustos! Y vaya si se los dio, llegó a jugar contra lo mejor, no solamente en lo regional, también lo hizo contra los mejores equipos profesionales que pisaron las canchas locales. Una vez vino el Boca Juniors de Buenos Aires, expresamente invitado por su institución. En ese equipo venían figuras que con solo nombrarlos daban miedo, más allá que se habían disfrazado como si fuera un equipo de tercera, porque entre ellos estaban metidos lo mejor de la reserva, la tercera especial y algún lesionado en vías de recuperación… Por parte del local, lo de siempre, empuje y voluntad. El partido en números, fue bastante parejo, pero hubo una jugada, que dejó mal parada a toda la defensa xeneise, cuando el Chaplin de nuestras canchas, en uno de esos chispazos que tenía para hacer algo diferente, levantó la pelota a su cabeza y en tres o cuatro pasos se metió dentro del área, eliminando las marcas. Lo corrieron sin animarse a nada, la de cuero bailaba sobre el birrete y acariciada con ligeros toques en la frente, como si fuera un animalito que se dejaba mimar por el dueño. Era como si el gorrito la fuera limpiando, mientras que por lucir atravesado sobre su cabeza parecía que marcaba una división en la hinchada. Esto que solamente llevó unos pocos segundos, para la defensa contraria, tiene que haber parecido minutos, hasta que en un momento la dejó caer hasta su botín y así como venía, y sin saludar, se la puso en el esquinero más lejano, de donde estaba el veterano Claudio Vacca. Esta vez lo aplaudieron todos, no solamente los de la misma camiseta, sino el resto que presenciaba el encuentro… Y hasta los rivales, donde se encontraba, ya dejando su carrera, nada menos que “El pibe de oro”, Ernesto Lazzatti. *Aclaro que fue una visita programada por Independiente de Pico, para un aniversario o cosa parecida y el equipo de Boca Juniors estaba formado por algún juvenil y gente que ya comenzaba su retiro como esos dos que nombré*. La carrera deportiva de este amigo, llevó unos cuantos años y que yo recuerde nunca vistió otra camiseta además de la blanca con vivos azules de la Liga Pampeana. Las veces que lo vimos sin la camiseta, fue porque festejaba un gol al mejor estilo de “la Sole”. En la selección lo pudimos ver en varios partidos, pero quiero recordar uno y fue cuando se le ganó a la otra selección, La Cultural. Aquella tarde “al Chiche” no le salía una como la gente y la hinchada santarroseña comenzó a impacientar al “del gorrito”, con algunos cantitos irónicos donde resaltaban palabras como estas; –¿Y el “Sordo” donde está? –¿Por qué no lo trajeron “al sordo”? y cosas por el estilo. En un momento, tomó la de cuero, gambeteó a más de uno y hasta a alguno dos veces, para correr con la pelota hasta donde se encontraban esos molestos hinchas y parando la pelota bajo su botín, les grita a todos; –¡¡Querían ver “al sordo”, aquí esta!! Y levantando ligeramente la pelota, antes de que intentaran sacársela, le dio un fuerte golpe para mandarla al arco contrario. Lo que ocurrió con la jugada, de cómo terminó, no lo recuerdo, pero sí recuerdo que esa “parada”, sirvió para calentar y bastante, los ánimos. A partir de ese momento nuestro amigo se metió nuevamente de lleno en el partido y los resultados cambiaron notablemente. Recordar resultados siempre me parece algo demás, en realidad no interesa, solamente me interesa aquel individuo, capaz de tirarse una hinchada en contra, así, en una sola jugada además de improductiva, pero finalmente provechosa porque arrastra marcas, la del vecino y la del otro. Cuando se le prendían las luces los rivales no tenían otra alternativa que marcarlo… y con mucho cuidado. Ese tipo de jugada, de corridas arrastrando marcas, sabía hacerlas cuando se encontraba con un número cinco “peso pesado” que vistió siempre la verde de Ferro de Pico. Este cinco, era uno de esos tipos capaces de pelear él solo contra el resto, aunque hubiera en el contrario tres locomotoras con camiseta. Pero claro, cuando se enfrentaba con el antecesor “del Bocha”, este lo iba a buscar con pelota dominada y luego de provocarlo, se lo llevaba de paseo hasta el otro costado, sin que pudiera sacarle la de cuero, hasta que la entregaba a un compañero como para que tomara destino del arco contrario. Esta carrera la repetía dos, tres veces, las que fueran necesarias para cansar a su rival y dejarlo como para que haga agua en el centro de la cancha. De estas vimos muchas, sin olvidar la que le hiciera a su propia hinchada. Esa vez tomó la pelota en el centro, eludió a varios rivales, desairó al arquero y llegando hasta la misma línea de gol, se paró y le grito a la hinchada donde había varios dirigentes, –¡¡Venga uno de ustedes a meterla!! Lo que pasaba entonces, era que habían traído un “refuerzo” goleador y los aplausos iban solamente para él, mientras que nuestro amigo, preparaba las jugadas y se quedaba fuera de los festejos. Estas líneas fueron escritas para un programa radial. Vino a raíz de no poder entrevistar al personaje ese que tenía permanentes chispazos de potrero. Un juego vistoso que lo seguirá siendo para siempre, por mucho que cambien tácticas, formaciones o maneras de entrenarse, este formaba aquella partida de gente que era así, trabajo, baile, amigos y los domingos, fútbol. A este señor lo vi, más de una vez al término del partido, buscar a algún rival que pudo haber quedado desairado, para darle la mano o un abrazo, y no para cargarlo ni cosa que se parezca, sino para volver a poner las cosas en su lugar: El partido después de la pitada del referee, ya era historia. No debemos olvidar que era un fútbol amateurs y todos al día siguiente, seguro, se encontraban trabajando en una misma fábrica o empresa. Ya sé que cuando escribí esto hubo gente que no quería que nombrara al dueño de todas estas palabras, pero no puedo dejar de lado a un gran jugador, a un maestro de la gambeta y hoy buscando “mis personajes” para dejarlos en estas pequeñas historias de un General Pico con memoria, no puede quedar fuera de ella. Rodolfo Héctor Alanís cumplió con nuestra historia el tiempo que le tocó, como padre, trabajador, amigo, deportista. “Poeta y pintor” con la de cuero, dejando dibujos irrepetibles en nuestras canchas de fútbol. Material recopilado de viejas crónicas. Gracias a su esposa Amelia Clelia Sánchez por el material cedido. héctor Pérez farías Julio de 2015 Derechos reservados. (Se recomienda citar la fuente).

Ubicación Histórica, Año:1950
GENIO Y POETA de nuestro fútbol
Cualquier similitud con alguien que pudiste haber conocido, no es nada más que pura coincidencia, pero como para escribir, sé utilizar patrones, me tuve que sustentar en uno. No me quedó otra alternativa, por lo tanto, es seguro que es igual a quien estás pensando. Y como estaba escuchando una emisora, donde se evocan a grandes figuras del deporte, en el que me recuerdan “al Chaplin del verde césped”, ese que hizo vibrar a la hinchada roja de Avellaneda, y enmudecer a más de una garganta del otro bando, salvo claro está, de aquellas que aman el fútbol y no les queda otra cosa que decir, ¡¡La madre que lo remil… y encima hay que aplaudirlo!! Pensé entonces que nosotros, aquí en General Pico, tuvimos nuestro propio Chaplin, vistiendo la camiseta número 10. Cuando se quiere a un personaje, casi seguro que lo vemos reflejado en alguien que se encuentra cerca. Al de acá sin lugar a dudas lo recuerdo bien, aunque hayan pasado los años, solo que este complementaba su vestimenta, con una especie de birrete desteñido que lo hacía inconfundible, cuando las marcas se apretaban en el área. Desde muy chico, anduvo metido en todo lo que tuviera que ver con el fútbol, desde la pelota de trapo, primer eslabón para llegar a crack, hasta llegar un día, en el club de sus amores, a formar parte de las divisiones que entonces arrancaban desde el baby fútbol, donde se tomaba la primera lección. Ahí se rendía la primera materia, la que encerraba todo lo cursado en los baldíos, o debajo de las amarillentas lámparas que iluminaban las esquinas de tierra. Si pasabas esa, era como obtener las llaves en cualquier club. Pronto venía la Cuarta, Tercera y de ahí el paso a la Primera división. Este personaje nuestro, el que les estoy presentando, todo lo pasó casi sin rendir, solamente le bastó ir superando un año tras otro, porque eran tiempos donde se respetaba el documento, y era raro, muy raro, que un chico de dieciséis/ diecisiete años, pudiera acceder a la categoría mayor sin dar esos pasos. Al amigo, –que no es tan imaginario como parece–, no le quedó otra que esperar hasta cerca de los veinte para integrarse a la primera, eso sí, cuando lo hizo, no entregó más la camiseta hasta que un día dijera: –¡Ya es suficiente! ¡Ya me di un montón de gustos! Y vaya si se los dio, llegó a jugar contra lo mejor, no solamente en lo regional, también lo hizo contra los mejores equipos profesionales que pisaron las canchas locales. Una vez vino el Boca Juniors de Buenos Aires, expresamente invitado por su institución. En ese equipo venían figuras que con solo nombrarlos daban miedo, más allá que se habían disfrazado como si fuera un equipo de tercera, porque entre ellos estaban metidos lo mejor de la reserva, la tercera especial y algún lesionado en vías de recuperación… Por parte del local, lo de siempre, empuje y voluntad. El partido en números, fue bastante parejo, pero hubo una jugada, que dejó mal parada a toda la defensa xeneise, cuando el Chaplin de nuestras canchas, en uno de esos chispazos que tenía para hacer algo diferente, levantó la pelota a su cabeza y en tres o cuatro pasos se metió dentro del área, eliminando las marcas. Lo corrieron sin animarse a nada, la de cuero bailaba sobre el birrete y acariciada con ligeros toques en la frente, como si fuera un animalito que se dejaba mimar por el dueño. Era como si el gorrito la fuera limpiando, mientras que por lucir atravesado sobre su cabeza parecía que marcaba una división en la hinchada. Esto que solamente llevó unos pocos segundos, para la defensa contraria, tiene que haber parecido minutos, hasta que en un momento la dejó caer hasta su botín y así como venía, y sin saludar, se la puso en el esquinero más lejano, de donde estaba el veterano Claudio Vacca. Esta vez lo aplaudieron todos, no solamente los de la misma camiseta, sino el resto que presenciaba el encuentro… Y hasta los rivales, donde se encontraba, ya dejando su carrera, nada menos que “El pibe de oro”, Ernesto Lazzatti. *Aclaro que fue una visita programada por Independiente de Pico, para un aniversario o cosa parecida y el equipo de Boca Juniors estaba formado por algún juvenil y gente que ya comenzaba su retiro como esos dos que nombré*. La carrera deportiva de este amigo, llevó unos cuantos años y que yo recuerde nunca vistió otra camiseta además de la blanca con vivos azules de la Liga Pampeana. Las veces que lo vimos sin la camiseta, fue porque festejaba un gol al mejor estilo de “la Sole”. En la selección lo pudimos ver en varios partidos, pero quiero recordar uno y fue cuando se le ganó a la otra selección, La Cultural. Aquella tarde “al Chiche” no le salía una como la gente y la hinchada santarroseña comenzó a impacientar al “del gorrito”, con algunos cantitos irónicos donde resaltaban palabras como estas; –¿Y el “Sordo” donde está? –¿Por qué no lo trajeron “al sordo”? y cosas por el estilo. En un momento, tomó la de cuero, gambeteó a más de uno y hasta a alguno dos veces, para correr con la pelota hasta donde se encontraban esos molestos hinchas y parando la pelota bajo su botín, les grita a todos; –¡¡Querían ver “al sordo”, aquí esta!! Y levantando ligeramente la pelota, antes de que intentaran sacársela, le dio un fuerte golpe para mandarla al arco contrario. Lo que ocurrió con la jugada, de cómo terminó, no lo recuerdo, pero sí recuerdo que esa “parada”, sirvió para calentar y bastante, los ánimos. A partir de ese momento nuestro amigo se metió nuevamente de lleno en el partido y los resultados cambiaron notablemente. Recordar resultados siempre me parece algo demás, en realidad no interesa, solamente me interesa aquel individuo, capaz de tirarse una hinchada en contra, así, en una sola jugada además de improductiva, pero finalmente provechosa porque arrastra marcas, la del vecino y la del otro. Cuando se le prendían las luces los rivales no tenían otra alternativa que marcarlo… y con mucho cuidado. Ese tipo de jugada, de corridas arrastrando marcas, sabía hacerlas cuando se encontraba con un número cinco “peso pesado” que vistió siempre la verde de Ferro de Pico. Este cinco, era uno de esos tipos capaces de pelear él solo contra el resto, aunque hubiera en el contrario tres locomotoras con camiseta. Pero claro, cuando se enfrentaba con el antecesor “del Bocha”, este lo iba a buscar con pelota dominada y luego de provocarlo, se lo llevaba de paseo hasta el otro costado, sin que pudiera sacarle la de cuero, hasta que la entregaba a un compañero como para que tomara destino del arco contrario. Esta carrera la repetía dos, tres veces, las que fueran necesarias para cansar a su rival y dejarlo como para que haga agua en el centro de la cancha. De estas vimos muchas, sin olvidar la que le hiciera a su propia hinchada. Esa vez tomó la pelota en el centro, eludió a varios rivales, desairó al arquero y llegando hasta la misma línea de gol, se paró y le grito a la hinchada donde había varios dirigentes, –¡¡Venga uno de ustedes a meterla!! Lo que pasaba entonces, era que habían traído un “refuerzo” goleador y los aplausos iban solamente para él, mientras que nuestro amigo, preparaba las jugadas y se quedaba fuera de los festejos. Estas líneas fueron escritas para un programa radial. Vino a raíz de no poder entrevistar al personaje ese que tenía permanentes chispazos de potrero. Un juego vistoso que lo seguirá siendo para siempre, por mucho que cambien tácticas, formaciones o maneras de entrenarse, este formaba aquella partida de gente que era así, trabajo, baile, amigos y los domingos, fútbol. A este señor lo vi, más de una vez al término del partido, buscar a algún rival que pudo haber quedado desairado, para darle la mano o un abrazo, y no para cargarlo ni cosa que se parezca, sino para volver a poner las cosas en su lugar: El partido después de la pitada del referee, ya era historia. No debemos olvidar que era un fútbol amateurs y todos al día siguiente, seguro, se encontraban trabajando en una misma fábrica o empresa. Ya sé que cuando escribí esto hubo gente que no quería que nombrara al dueño de todas estas palabras, pero no puedo dejar de lado a un gran jugador, a un maestro de la gambeta y hoy buscando “mis personajes” para dejarlos en estas pequeñas historias de un General Pico con memoria, no puede quedar fuera de ella. Rodolfo Héctor Alanís cumplió con nuestra historia el tiempo que le tocó, como padre, trabajador, amigo, deportista. “Poeta y pintor” con la de cuero, dejando dibujos irrepetibles en nuestras canchas de fútbol. Material recopilado de viejas crónicas. Gracias a su esposa Amelia Clelia Sánchez por el material cedido. héctor Pérez farías Julio de 2015 Derechos reservados. (Se recomienda citar la fuente).

