Barrio: Talleres / Tema: Miscelaneas
Ubicación Histórica, Año:0
VIVENCIAS Y ANECDOTAS DEL BARRIO TA
Yo era un chico de barrio que fue criándose en un lugar rodeado de vecinos, en su mayoría trabajadores del ferrocarril, que trabajaban en el taller o como maquinistas de las grandes locomotoras, y también de aquellos que lo hacían en el molino harinero, que se erigía monumental detrás de mi casa sobre las vías férreas, aunque estos últimos vivían del otro lado de la vía y componían otro tipo de barriada. Mi familia era una familia campesina, de clase media, que se había radicado en la ciudad en la calle 17 entre 4 y 6, pleno Barrio Talleres, cuyo nombre lo había heredado de los talleres ferroviarios instalados en su cercanía y en donde se afincaron y radicaron los trabajadores del mismo y los ferroviarios que manejaban las locomotoras, hacían de guardas o trabajaban en arreglar las vías, que con mucho esfuerzo fueron haciendo sus casas, configurando el gran conglomerado, al cual se fueron acoplando otros habitantes que gustosos del lugar, se afincaron con pasión. Mi papá cada mañana se iba a su campo a realizar las tareas de tambero para traer su producto en grandes tachos que después repartiría en distintos almacenes, dejando en la casa uno de ellos, donde mi “vieja” luego de “bautizar” el líquido elemento tan nutritivo y sabroso, vendía entre las vecinas que lo requerían con ganas, resaltando su calidad, por lo cremosa que era la leche y su rendimiento inigualable, haciendo una cola llena de charlas y chimentos, llevando sus cacerolas o botellas en sus manos, en donde se llevarían tan preciado tesoro. Los días transcurrían en forma muy entretenida, por la mañana le ayudaba a mi mamá a hacer los mandados, ya que iba al colegio por la tarde, en los negocios más frecuentados, la panadería, el almacén y la carnicería, que estaban a pocas cuadras de mi casa, casi al alcance de la mano. Trato de recordar a todos y se me brota una sonrisa cuando en mi mente hilvana los recuerdos, uno tras otro, acontecidos en todos esos años tan bellos, que van desde la niñez a la adolescencia, sin conocer cosas tristes que amarguen la existencia. Recuerdo con alegría, que muy temprano a la mañana, iba a la panadería de don Ramero, un hombre grandote que todos los días detrás del mostrador colocaba los grandes canastos llenos del pan del día, el cual se había puesto amasar tempranito, muy de madrugada, para que a primera hora todo el vecindario pudiera degustar ese manjar crocante y calentito. También estaban en otro canasto las grandes galletas y trinchas que llevaban los hombres de campo porque duraban varios días. Y detrás de las vitrinas del mostrador vidriado, asomaban las tan preciadas “facturas”, hileras de medialunas, vigilantes, tortas negras, bolas de fraile y otras llenas de crema pastelera y dulce de membrillo que producía una cierta sensación en la boca, cuando don Ramero hacía elegir de a una mientras las iba introduciendo en un paquete blanco de papel o cuando no tenía, las envolvía en otro papel, también blanco, de panadería que en grandes rollos tenía en un costado del mostrador. Lo hacía rodar y lo cortaba en la medida justa que alcanzaba para envolver la docena de factura, que junto al kilo de pan llevaba a mi casa, para desayunar, donde esperaban la manteca fresca de campo y dulce de leche casero, que hacía mamá con mucho cariño, con la leche que le sobraba del reparto. Después iba a la carnicería de Don Milano, que quedaba justo en la esquina de su casa, calles 17 y 4, haciendo esquina con el Bar Cecchetto y la peluquería de don Tablate. Estaba en un edificio viejo cuyas paredes dejaban ver lo ladrillos desnudos uno encima de otro con su mezcla correspondiente, nunca habían sido revocados, vaya a saber porqué, quizás porque eran tan buenos y tan duros que no lo necesitaban o porque la construcción era tan precaria que no daba para hacer semejante gasto. Su puerta de chapa con tejido de alambre finito, sonaba con un ruido particular y todavía me parece escucharla, cuando recuerdo que luego de abrirla y pasar, la puerta se volvía bruscamente, producto del resorte que tenía adosado en sus bisagras que la hacía volver con violencia produciendo el sonido que golpeaba en los oídos con fuerza. Ya adentro, la sensación de frialdad invadía todo el local, ya que todo el mismo estaba azulejado con pequeños mosaicos de vidrio. Hasta el mostrador los tenía y allí resaltaban los cortes de carne que Don Milano dejaba recién trozados con su cuchilla filosa cuando despostaba la media res colgada de un gancho inmenso, delante de todos los que esperábamos. Media res que minutos antes había sido descargada por el gran “Pipaso”, un hombre muy grande y musculoso que venía con su camión cargado de medias res entregadas en el Matadero Municipal y que luego repartía por todas las carnicerías de la ciudad. Las mismas se las cargaba al hombro de a una, dejandosela al carnicero en la ganchera, para que este con paciencia y sapiencia, la despostara y repartiera los cortes de a uno sobre el mostrador o sobre la mesa de madera que surgía gastada, con una gran sierra colgando del borde, en el medio de la carnicería. Desgastada por el uso, brillosa y media “eclenque”, que se movía briosa cuando don Milano serruchaba cada costilla del costillar vacuno, sacando las tira de asado después de unos cuantos movimientos drásticos y justos de la sierra. Admiraba a “Pipaso”, su cuerpo musculoso que parecía al de Charles Atlas, aquel famoso gimnasta que aparecía en las revistas enseñando por correspondencia como conseguir semejante físico. Por eso trataba de ir a verlo cada mañana cuando bajaba la media res en sus hombros, porque también me hacía recordar, por sus músculos marcados, a los grandes superhéroes que en cada siesta de fin de semana disfrutaba leyendo y viendo los dibujos de sus aventuras entretenidas y llenas de peligro. Donde siempre les ganaban a aquellos personajes malos y violentos, que querían destruir a la humanidad con sus maldades, poniendo en riesgo la vida de cientos de personas, que con justeza, el superhéroe salvaba de sus garras, entregándolos a la justicia para que tuvieran su merecido castigo. Más tarde iba al almacén, en la calle 2 casi esquina 17, donde don Amilcar Cortesini y su señora, dos viejitos italianos, atendían con mucha amabilidad y cariño, tomando la listita que había preparado mi madre, y que yo se la entregaba en sus manos para que prepararan el pedido, mientras yo esperaba con la bolsita de los mandados. En forma tranquila y con mucho detenimiento lo iban realizado, envolviendo en un diario viejo la docena de huevos de campo, en un papel blanco el kilo de azúcar en terrrones y suelto, en forma de empanada y en un paquete medio acartonado de color marrón la yerba mate ,también suelta, que sacaban prestamente con una cuchara grande de madera de una bolsa de arpillera. Mientras que desde la estantería vieja de madera, en las latas, las masitas sonreían dulcemente detrás del vidrio redondo, de donde esperaban expectantes ser puestas en el paquete de papel madera, que sobre el plato de la balanza abría su boca como queriendo comérselas. También, en un extremo del mostrador sólido de madera fuerte con molduras en sus extremos que resaltaban su belleza antigua, estaba la vieja cortadora de fiambre adonde me acercaba para disfrutar, mientras se me hacía “agua la boca”, el olorcito de la mortadela fresca que lentamente don Aníbal cortaba feta a feta con una parsimonia artesanal. Con su temperamento tranquilo y siempre con una sonrisa en sus labios, manejaba la manivela, para que de a poco, se fuera llenando la bandejita de cartón de rodajas tentadoras, que prontamente sería envueltas y pesadas en la balanza, donde la aguja, balanceándose, tardaba en detenerse en forma precisa en los gramos exactos que pesaba el fiambre tan deseado. Mientras tanto, desde el sector de artículos de tocador que tan prolijamente tenía doña Sara, las 9 de cada diez estrellas que usaban el jabón Lux, te miraban con un aire sensual, provocando la compra del producto, tan deseado por las mujeres. Las siestas de los fines de semana eran sagradas, pero no para dormir, sino para leer las aventuras de los grandes superhéroes, que cambiaba en el kiosco de Zalazar, hoy convertido en un comerciante prospero y exitoso, que estaba en calle 15 casi esquina 8. Donde en un garaje de puertas despintadas y en medio de carameleras, las pilas de revistas usadas se mostraban por tema, cada una en su pilita. Allí iba yo, porque podía revisarlas todas hasta encontrar las mejores y más nuevas, mientras el joven morocho, dueño del local mientras vendía alguna que otra quiniela, me observaba con desconfianza, pensando que podía llevarme alguna sin pagar, lo que cobraba por el canje. Para fin de año venía lo mejor, el baile en plena calle en las intersecciones de la calle 17 y la 6. Los preparativos se hacían varios días antes, la fiesta era muy grande, la despedida del año se lo merecía y todos se disponían a festejar con alegría la llegada del nuevo año. El 31 de diciembre era la fecha clave para realizar, tradicional Baile de Fin de Año, que con bombos y platillos organizaban el Bar Cecchetto y los vecinos del Barrio Talleres. Como adolescente curioso y viviendo a tan solo media cuadra del evento, durante casi todo el día me la pasaba observando todos los movimientos necesarios para su organización. Era muy importante para la barriada, que ansiosa, por participar del gran baile, lo estaba esperando, animada, además, por la insistentemente publicidad del mismo que desde la propaladora, ubicada en el techo del viejo bar, salía por grandes altavoces. Desde el bar se organizaba todo lo relativo al despacho de las bebidas, colocando en un extremo de la calle los tablones apoyados en caballetes que harían las veces de mostrador y donde la gente compraría las preciadas gaseosas o cervezas. Por detrás grandes tachos de chapa de 200 litros cortados por la mitad, que contendrían las botellas que serían enfriadas con hielo picado de las barras traídas con anticipación. Los grandes bloques de hielo, necesarios para enfriar el líquido elemento iban llegando a la tarde en los camiones que se usaban para repartir la carne, porque eran los únicos refrigerados para poder mantener el hielo sin que se derrita, hasta que trozado se fuera colocando en los tambores cortados conjuntamente con las botellas que debían estar frías en el momento del evento. Las mesas y sillas se iban distribuyendo alrededor de la improvisada pista bailable circular debajo del farol de la esquina. Todo tenía un toque de baile popular, todo venía bien, para que la gente estuviera cómoda y pudiera disfrutar de la noche de jolgorio y despedida del año, consumiendo con alegría bebidas frescas y festejar, descorchando sidras, la llegada del novel año. Todo se realizaba con gran precisión y de una manera bastante ágil. Todos los vecinos colaboraban, de alguna u otra manera, porque querían participar y deseaban que todo saliera lo mejor posible y así poder disfrutar de un momento divertido, compartiendo con alegría, sin discriminar. Como decía Serrat en su canción “Fiesta”, bailando juntos el justo y el villano, dándose la mano, sin importarles siquiera, porque las fiestas populares eran así y todo el mundo se deleitaba de ella sin pensar en otra cosa que lograr el objetivo de beber, divertirse y festejar. Mientras tanto, junto al bar, como un anexo, doña Francisca, viuda de Cecchetto, estaba “ponga y dale” con la máquina heladora, creo, la primera a la vista del público en este General Pico, de hace más de cuarenta años, elaborando los más exquisitos helados, que se produjeron y se producen todavía, en la ciudad. Pero esos era distintos, elaborados artesanalmente por las manos de esta italiana que tuvo que ponerse al frente de este emprendimiento, cuando no era común que una mujer lo hiciera, y que con mucho éxito por el excelente sabor de los mismos, fue ganando en popularidad no solo en el barrio, sino que venían de otros para probarlos y salir extasiados del pequeño local instalado en un improvisado garaje en la calle 17 casi esquina 6. En el que solo cabían la máquina ante dicha, con su paleta sin fin, que subía y bajaba batiendo en frío hasta concretar el tan tentador helado y algunas refrigeradoras donde estaban los tachos de acero inoxidable con los distintos gustos, tapados con una inmensa tapa, que cada vez que se abría se podían observar los distintos sabores con su color característico, natural e intenso, que hacía llenar de saliva nuestra boca ansiosa de consumirlos. Desde temprano, doña Francisca, no dejaba de trabajar para tener todo el helado necesario que iban a consumir en esa noche, tanto grandes y chicos, como un postre necesario después de la opípara comida que en cada hogar se consumía producto de las fiestas de fin año, tan rigurosamente festejadas y en la que no faltaba la comida, aún en la del trabajador más humilde, porque sueldos a cobrar a fin de mes junto al tan preciado aguinaldo. Como todos iban comidos en exceso, esa noche solo se iba a beber, consumir helados y a bailar, como una cuestión que el comienzo del año nos encontrara a todos, alegres y deseosos de emprenderlo con una buena disposición. Olvidando todos los problemas, si los había, esperando que el mismo nos trajera prosperidad y buena ventura, como expresaban las tarjetas que iban de un domicilio a otro, con deseos de buenos augurios, para aquellos que las recibieran. Y así, inyectarles una expresión gratificante y positiva para enfrentar el nuevo año que se tenía por delante. También, estratégicamente dispuesto, se preparaba un improvisado escenario donde las orquestas de ese momento, con típica y característica, se irían turnando para desatar sus acordes melodiosos, para que la gente pudiera bailar en la pista improvisada de asfalto bajo la luz del farol de la esquina, que con intensidad, iluminaría las parejas de bailarines que expresarían todo su saber “amateur” pensando solo en divertirse, más que en competir entre ellos. Con las primeras luces de la noche todo estaba previsto y acomodado para que en el momento preciso, sobre la medianoche, la gente fuera llegando de a poco para disfrutar de los festejos. Las campanas de la iglesia se escucharon con insistencia, anunciado con doce campanadas, la medianoche y con ellas la llegada del año nuevo, pero de a poco se fueron perdiendo en medio del ruido estremecedor de la andanada de cohetes, “rompeportones”, “ametralladoras” y todo un sinfín de fuegos de artificio, que comenzaron a hacer brillar a ese cielo negro, que de pronto se vio iluminando, produciendo una hermosa cubierta, completando el escenario de esa noche festiva. Con el sonido de las bombas de estruendo y las cañitas voladoras de fondo comenzaron a llegar a la esquina los vecinos del barrio, que con unos vinitos de más, venían en tono festivo a disfrutar del baile. En pocos minutos estaban todas las mesas colmadas y el público seguía llegando, quedándose parado detrás, nadie se lo quería perder, y entre charlas y saludos de buenos augurios, se iba armando el “bailongo”. Los músicos empezaron a afinar sus instrumentos y sin muchos preparativos arrancaron con la música, y ante los primeros acordes los primeros bailarines ya estaban en la pista, mostrando a un improvisado público sus habilidades en la danza, con algunos cortes, corridas y giros realizados con mucha gracia que hacían el deleite de los que estaban mirando y todavía no se animaban. Esperando, tal vez, que la pista estuviera más llena, para no pasar “papelones” por no saber bailar muy bien, pero que igual estaban dispuestos a participar del baile. En mi casa no quedó nadie, todos nos fuimos a la esquina, ocupamos una mesa y enseguida comenzamos a compartir el evento con quienes nos rodeaban, vecinos del lugar. Saludos, charlas y bebidas, hasta que comenzó a “tallar” la orquesta, y se produjo el “desparramo”. Mis viejos, mi hermana y su novio, mi hermano mayor con alguna amiga, salieron todos a bailar y yo me quedé con mi gaseosa, chupando de la “pajita”, mirando como disfrutaban. Cuantas cosas y cuantos acontecimientos vividos en este viejo y progresista barrio Talleres. De allí surgieron muchos comerciantes exitosos, cuyos comercios aún hoy en día siguen en pié o continuados por familiares de otras generaciones o quizás con el mismo nombre pero gestionados y administrados por otras personas. De este barrio surgieron: Riera con su negocio de artículos del hogar y hoy junto a su mujer al frente de un negocio de ropas para niños. Ruffini y su casa de venta de artículos para la construcción, especializándose en cerámicos y juegos de baño. Rosotto con sus pinturerías y su continuadora Ana, con venta de pinturas y anexos en calle 17 y 12. Illariuzi y su afamada casa de venta de lámparas y accesorios para la iluminación de calle 17 y 14, que hoy continúa su hija. Retegui y su distribuidora de cigarrillos y golosinas que hoy continúan sus hijos. Cecchetto, con sus heladerías, que continuaron sus hijos, yernos y nietos descendientes de aquella emprendedora italiana que fue doña Francisca. Carle y su autoservicio de calle 17 esquina 4. Gaiotino y su distribuidora de productos de belleza. Luis Manso que prosperó con el servicio de arreglo de computadoras, impresoras y controladores fiscales. Zalazar y su prestigio negocio Alex Express. Y otros como Zanardi que fue Intendente Municipal, ingeniero y profesor de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de La Pampa, hoy jubilado. Somoza viajante de comercio. Abel Cerutti y su negocio de seguros. Pascual y su prestigiosa inmobiliaria. Los Zavattero de la calle 19, visitadores médico e ingeniero agrónomo. Mediza, ex vicegobernador y una extensa carrera pública. Y tantos que nacieron y se criaron en el barrio que puedo omitir nombrar y que hoy a lo mejor ya han partido como el Turco Ise, cuyo padre tenía la afamada Casa Ise de venta de telas y prendas en calle 17 esquina 6 y de su propiedad la mueblería en la otra esquina y después el Kiosco al lado del diario “La Reforma”. O el afamado Heraldo Hernández, que nos dejó muy joven, con mucha popularidad y un futuro enorme por delante como cantor y guitarrero. También recuerdo a los Cavallotti, los Vigovich, las chicas de Mendoza y Somoza, las de Manso, el matrimonio Antenucci y su hija Silvia, la viuda de Moreno y su negocio de venta de plantas, la Zunilda, Yanel Tablate, las familias Bongianino, López, Alvarez, Berguño y otros tantos vecinos residentes en esas 8 manzanas alrededor de donde vivía, que de una manera u otra transcendieron en el quehacer píquense. RECUERDOS DE UN VIEJO FERROVIARIO DEL BARRIO TALLERES La letra inglesa parece sacada de un libro, perfeccionada en el ferrocarril, cuando comenzó a trabajar, escribiendo telegramas y también algunas cartas para aquellos que no sabían escribir y además, llevando los libros contables de la administración del Ferrocarril Sarmiento, que había que registrarlos de manera impecable, porque venían los auditores a revisarlos. Lástima que tuvo que dejar la carrera, por eso de la privatización, que nunca entendió, porque le hubiera gustado llegar a ser jefe, pero bueno, lo jubilaron y adiós a los sueños de seguir ascendiendo. Cuando le hablan de la gran privatización de empresas estatales se amarga y comienza a recordar los Ferrocarriles Argentinos y la nacionalización hecha por Perón, aunque él era muy joven, la ENTEL, con sus viejos teléfonos y el Plan Megatel, interminable. Para poder obtener un teléfono, que para esos días era un triunfo, o tenías que tener algún amigo telefónico para poder adquirirlo o pagarlo en interminables cuotas, esperando que te tocara. Era un lujo tenerlo y un “huevo” conseguirlo. Así eran los recuerdos de uno de los tantos viejos ferroviarios del barrio. Le agarra una nostalgia y se queda horas pensando y mascullando por lo bajo, maldiciendo a los políticos y ministros de economía que pasaron en estos últimos treinta años, recordando viejas luchas y paros ferroviarios nacionales, cuando militaba en la filas del socialismo. Lo único que falta es que privaticen también el Banco Nación, ya casi estuvimos por perderlo – dice lamentándose-, no nos pueden quitar el mejor banco comercial argentino -retruca con mucho orgullo-. Y así se pierde, con sus recuerdos, en las calles modernizadas y asfaltadas del populoso Barrio Talleres. VERANOS ERAN LOS DE ANTES El clima no ha cambiado mucho y aquellos veranos eran tan calurosos como los de ahora, pero lo vivíamos de otra manera. Ya desde chico con mi hermana esperábamos con ansias los primeros calores. Vivíamos en el campo, nos encantaba correr, jugar, andar a caballo, tirarnos en la gramilla recién cortada, todo era libertad y disfrute del aire libre. Pero lo que más nos gustaba era nadar en el tanque. Todo era una ceremonia. Cuando los primeros días de calor ya se empezaban a sentir, empezábamos a jorobarlo a mi papá para que limpiáramos el tanque. De un verano a otro la tierra, que volaba durante las otras estaciones, estaba asentada en el fondo y teníamos que sacarla. Era una tarea de todos. Se elegía algún día medio fresco o a la tardecita y una vez vaciado de agua, comenzábamos con la ardua tarea de sacar el barro hasta terminar. Como gozábamos con el agua cristalina que salía del caño que venía del molino que con su taca-taca-taca sacaba el preciado líquido. Era refrescante y chapotéabamos en el agua a medida que se iba llenando el inmenso tanque. Cuando se cubría era nuestra delicia, nadábamos como peces horas y horas, con algunos pequeños descansos para tirarnos desde los bordes o simplemente tomar un poco de sol para calentarnos porque el agua estaba fresca, recién salida del pozo. Todo era risas y disfrute. Cuando nos vinimos a vivir a la ciudad, perdimos un poco de todo ese aire libre y terreno a nuestra disposición. Todo se hizo más caluroso, el asfalto, las veredas, todo era refractario de ese sol calcinante del verano. Ya mi hermana era más grande y yo me hice de amigos que vivían cerca o iban al colegio conmigo. Asi que con ellos o sólo, todos los veranos me sacaba el carnet y me iba a disfrutar de la pileta del Club Independiente. Me encantaba ir a la hora de la siesta porque casi no había nadie y así se podía disfrutar de la pileta y sobretodo tirarse del trampolín del bajo y del alto. A éste último, si estaba el piletero, no te deja subir. Aparentemente era prohibido para menores y en realidad tenía bastante altura y era peligroso, podías caer mal o resbalarte y las consecuencias hubieran sido terribles. Pero igual lo intentábamos y aunque muertos de miedo y temblando por estar mojados nos tirábamos primero de pie, luego tipo bomba y cuando tomábamos confianza de cabeza, cuando salía, porque la mayoría eran “panzazos”. Cuando nos cansábamos nos duchábamos y nos íbamos a tomar al bar una Cindor (leche chocolatada) bien fría y si alcanzaba la plata, algún “sandwich” de jamón y queso, hechos con pan francés, bien suculentos, no como los de ahora. La pileta nos daba hambre y nos devorábamos todo. Que felicidad!!!...que veranos interminables…disfrutando a pleno, sin importarnos el calor. Estábamos negros como carbón de tanto andar al aire libre y “piletear”. Cuantos juegos sanos en la pileta , en el parque o en la cancha del club. Cuantos días compartidos con los amigos y amigas sin pensar en otra cosa que disfrutar la vida, con mucha alegría, sin tecnologías, ni celulares, ni música a todo volumen, ni mensajitos de texto. Todo era más simple y más imaginativo. Nos divertíamos con poco y nos llenábamos el espíritu con mucho amor y paz, que nos daban aquellos apacibles veranos de antaño.
Ubicación Histórica, Año:0
VIVENCIAS Y ANECDOTAS DEL BARRIO TA
Yo era un chico de barrio que fue criándose en un lugar rodeado de vecinos, en su mayoría trabajadores del ferrocarril, que trabajaban en el taller o como maquinistas de las grandes locomotoras, y también de aquellos que lo hacían en el molino harinero, que se erigía monumental detrás de mi casa sobre las vías férreas, aunque estos últimos vivían del otro lado de la vía y componían otro tipo de barriada. Mi familia era una familia campesina, de clase media, que se había radicado en la ciudad en la calle 17 entre 4 y 6, pleno Barrio Talleres, cuyo nombre lo había heredado de los talleres ferroviarios instalados en su cercanía y en donde se afincaron y radicaron los trabajadores del mismo y los ferroviarios que manejaban las locomotoras, hacían de guardas o trabajaban en arreglar las vías, que con mucho esfuerzo fueron haciendo sus casas, configurando el gran conglomerado, al cual se fueron acoplando otros habitantes que gustosos del lugar, se afincaron con pasión. Mi papá cada mañana se iba a su campo a realizar las tareas de tambero para traer su producto en grandes tachos que después repartiría en distintos almacenes, dejando en la casa uno de ellos, donde mi “vieja” luego de “bautizar” el líquido elemento tan nutritivo y sabroso, vendía entre las vecinas que lo requerían con ganas, resaltando su calidad, por lo cremosa que era la leche y su rendimiento inigualable, haciendo una cola llena de charlas y chimentos, llevando sus cacerolas o botellas en sus manos, en donde se llevarían tan preciado tesoro. Los días transcurrían en forma muy entretenida, por la mañana le ayudaba a mi mamá a hacer los mandados, ya que iba al colegio por la tarde, en los negocios más frecuentados, la panadería, el almacén y la carnicería, que estaban a pocas cuadras de mi casa, casi al alcance de la mano. Trato de recordar a todos y se me brota una sonrisa cuando en mi mente hilvana los recuerdos, uno tras otro, acontecidos en todos esos años tan bellos, que van desde la niñez a la adolescencia, sin conocer cosas tristes que amarguen la existencia. Recuerdo con alegría, que muy temprano a la mañana, iba a la panadería de don Ramero, un hombre grandote que todos los días detrás del mostrador colocaba los grandes canastos llenos del pan del día, el cual se había puesto amasar tempranito, muy de madrugada, para que a primera hora todo el vecindario pudiera degustar ese manjar crocante y calentito. También estaban en otro canasto las grandes galletas y trinchas que llevaban los hombres de campo porque duraban varios días. Y detrás de las vitrinas del mostrador vidriado, asomaban las tan preciadas “facturas”, hileras de medialunas, vigilantes, tortas negras, bolas de fraile y otras llenas de crema pastelera y dulce de membrillo que producía una cierta sensación en la boca, cuando don Ramero hacía elegir de a una mientras las iba introduciendo en un paquete blanco de papel o cuando no tenía, las envolvía en otro papel, también blanco, de panadería que en grandes rollos tenía en un costado del mostrador. Lo hacía rodar y lo cortaba en la medida justa que alcanzaba para envolver la docena de factura, que junto al kilo de pan llevaba a mi casa, para desayunar, donde esperaban la manteca fresca de campo y dulce de leche casero, que hacía mamá con mucho cariño, con la leche que le sobraba del reparto. Después iba a la carnicería de Don Milano, que quedaba justo en la esquina de su casa, calles 17 y 4, haciendo esquina con el Bar Cecchetto y la peluquería de don Tablate. Estaba en un edificio viejo cuyas paredes dejaban ver lo ladrillos desnudos uno encima de otro con su mezcla correspondiente, nunca habían sido revocados, vaya a saber porqué, quizás porque eran tan buenos y tan duros que no lo necesitaban o porque la construcción era tan precaria que no daba para hacer semejante gasto. Su puerta de chapa con tejido de alambre finito, sonaba con un ruido particular y todavía me parece escucharla, cuando recuerdo que luego de abrirla y pasar, la puerta se volvía bruscamente, producto del resorte que tenía adosado en sus bisagras que la hacía volver con violencia produciendo el sonido que golpeaba en los oídos con fuerza. Ya adentro, la sensación de frialdad invadía todo el local, ya que todo el mismo estaba azulejado con pequeños mosaicos de vidrio. Hasta el mostrador los tenía y allí resaltaban los cortes de carne que Don Milano dejaba recién trozados con su cuchilla filosa cuando despostaba la media res colgada de un gancho inmenso, delante de todos los que esperábamos. Media res que minutos antes había sido descargada por el gran “Pipaso”, un hombre muy grande y musculoso que venía con su camión cargado de medias res entregadas en el Matadero Municipal y que luego repartía por todas las carnicerías de la ciudad. Las mismas se las cargaba al hombro de a una, dejandosela al carnicero en la ganchera, para que este con paciencia y sapiencia, la despostara y repartiera los cortes de a uno sobre el mostrador o sobre la mesa de madera que surgía gastada, con una gran sierra colgando del borde, en el medio de la carnicería. Desgastada por el uso, brillosa y media “eclenque”, que se movía briosa cuando don Milano serruchaba cada costilla del costillar vacuno, sacando las tira de asado después de unos cuantos movimientos drásticos y justos de la sierra. Admiraba a “Pipaso”, su cuerpo musculoso que parecía al de Charles Atlas, aquel famoso gimnasta que aparecía en las revistas enseñando por correspondencia como conseguir semejante físico. Por eso trataba de ir a verlo cada mañana cuando bajaba la media res en sus hombros, porque también me hacía recordar, por sus músculos marcados, a los grandes superhéroes que en cada siesta de fin de semana disfrutaba leyendo y viendo los dibujos de sus aventuras entretenidas y llenas de peligro. Donde siempre les ganaban a aquellos personajes malos y violentos, que querían destruir a la humanidad con sus maldades, poniendo en riesgo la vida de cientos de personas, que con justeza, el superhéroe salvaba de sus garras, entregándolos a la justicia para que tuvieran su merecido castigo. Más tarde iba al almacén, en la calle 2 casi esquina 17, donde don Amilcar Cortesini y su señora, dos viejitos italianos, atendían con mucha amabilidad y cariño, tomando la listita que había preparado mi madre, y que yo se la entregaba en sus manos para que prepararan el pedido, mientras yo esperaba con la bolsita de los mandados. En forma tranquila y con mucho detenimiento lo iban realizado, envolviendo en un diario viejo la docena de huevos de campo, en un papel blanco el kilo de azúcar en terrrones y suelto, en forma de empanada y en un paquete medio acartonado de color marrón la yerba mate ,también suelta, que sacaban prestamente con una cuchara grande de madera de una bolsa de arpillera. Mientras que desde la estantería vieja de madera, en las latas, las masitas sonreían dulcemente detrás del vidrio redondo, de donde esperaban expectantes ser puestas en el paquete de papel madera, que sobre el plato de la balanza abría su boca como queriendo comérselas. También, en un extremo del mostrador sólido de madera fuerte con molduras en sus extremos que resaltaban su belleza antigua, estaba la vieja cortadora de fiambre adonde me acercaba para disfrutar, mientras se me hacía “agua la boca”, el olorcito de la mortadela fresca que lentamente don Aníbal cortaba feta a feta con una parsimonia artesanal. Con su temperamento tranquilo y siempre con una sonrisa en sus labios, manejaba la manivela, para que de a poco, se fuera llenando la bandejita de cartón de rodajas tentadoras, que prontamente sería envueltas y pesadas en la balanza, donde la aguja, balanceándose, tardaba en detenerse en forma precisa en los gramos exactos que pesaba el fiambre tan deseado. Mientras tanto, desde el sector de artículos de tocador que tan prolijamente tenía doña Sara, las 9 de cada diez estrellas que usaban el jabón Lux, te miraban con un aire sensual, provocando la compra del producto, tan deseado por las mujeres. Las siestas de los fines de semana eran sagradas, pero no para dormir, sino para leer las aventuras de los grandes superhéroes, que cambiaba en el kiosco de Zalazar, hoy convertido en un comerciante prospero y exitoso, que estaba en calle 15 casi esquina 8. Donde en un garaje de puertas despintadas y en medio de carameleras, las pilas de revistas usadas se mostraban por tema, cada una en su pilita. Allí iba yo, porque podía revisarlas todas hasta encontrar las mejores y más nuevas, mientras el joven morocho, dueño del local mientras vendía alguna que otra quiniela, me observaba con desconfianza, pensando que podía llevarme alguna sin pagar, lo que cobraba por el canje. Para fin de año venía lo mejor, el baile en plena calle en las intersecciones de la calle 17 y la 6. Los preparativos se hacían varios días antes, la fiesta era muy grande, la despedida del año se lo merecía y todos se disponían a festejar con alegría la llegada del nuevo año. El 31 de diciembre era la fecha clave para realizar, tradicional Baile de Fin de Año, que con bombos y platillos organizaban el Bar Cecchetto y los vecinos del Barrio Talleres. Como adolescente curioso y viviendo a tan solo media cuadra del evento, durante casi todo el día me la pasaba observando todos los movimientos necesarios para su organización. Era muy importante para la barriada, que ansiosa, por participar del gran baile, lo estaba esperando, animada, además, por la insistentemente publicidad del mismo que desde la propaladora, ubicada en el techo del viejo bar, salía por grandes altavoces. Desde el bar se organizaba todo lo relativo al despacho de las bebidas, colocando en un extremo de la calle los tablones apoyados en caballetes que harían las veces de mostrador y donde la gente compraría las preciadas gaseosas o cervezas. Por detrás grandes tachos de chapa de 200 litros cortados por la mitad, que contendrían las botellas que serían enfriadas con hielo picado de las barras traídas con anticipación. Los grandes bloques de hielo, necesarios para enfriar el líquido elemento iban llegando a la tarde en los camiones que se usaban para repartir la carne, porque eran los únicos refrigerados para poder mantener el hielo sin que se derrita, hasta que trozado se fuera colocando en los tambores cortados conjuntamente con las botellas que debían estar frías en el momento del evento. Las mesas y sillas se iban distribuyendo alrededor de la improvisada pista bailable circular debajo del farol de la esquina. Todo tenía un toque de baile popular, todo venía bien, para que la gente estuviera cómoda y pudiera disfrutar de la noche de jolgorio y despedida del año, consumiendo con alegría bebidas frescas y festejar, descorchando sidras, la llegada del novel año. Todo se realizaba con gran precisión y de una manera bastante ágil. Todos los vecinos colaboraban, de alguna u otra manera, porque querían participar y deseaban que todo saliera lo mejor posible y así poder disfrutar de un momento divertido, compartiendo con alegría, sin discriminar. Como decía Serrat en su canción “Fiesta”, bailando juntos el justo y el villano, dándose la mano, sin importarles siquiera, porque las fiestas populares eran así y todo el mundo se deleitaba de ella sin pensar en otra cosa que lograr el objetivo de beber, divertirse y festejar. Mientras tanto, junto al bar, como un anexo, doña Francisca, viuda de Cecchetto, estaba “ponga y dale” con la máquina heladora, creo, la primera a la vista del público en este General Pico, de hace más de cuarenta años, elaborando los más exquisitos helados, que se produjeron y se producen todavía, en la ciudad. Pero esos era distintos, elaborados artesanalmente por las manos de esta italiana que tuvo que ponerse al frente de este emprendimiento, cuando no era común que una mujer lo hiciera, y que con mucho éxito por el excelente sabor de los mismos, fue ganando en popularidad no solo en el barrio, sino que venían de otros para probarlos y salir extasiados del pequeño local instalado en un improvisado garaje en la calle 17 casi esquina 6. En el que solo cabían la máquina ante dicha, con su paleta sin fin, que subía y bajaba batiendo en frío hasta concretar el tan tentador helado y algunas refrigeradoras donde estaban los tachos de acero inoxidable con los distintos gustos, tapados con una inmensa tapa, que cada vez que se abría se podían observar los distintos sabores con su color característico, natural e intenso, que hacía llenar de saliva nuestra boca ansiosa de consumirlos. Desde temprano, doña Francisca, no dejaba de trabajar para tener todo el helado necesario que iban a consumir en esa noche, tanto grandes y chicos, como un postre necesario después de la opípara comida que en cada hogar se consumía producto de las fiestas de fin año, tan rigurosamente festejadas y en la que no faltaba la comida, aún en la del trabajador más humilde, porque sueldos a cobrar a fin de mes junto al tan preciado aguinaldo. Como todos iban comidos en exceso, esa noche solo se iba a beber, consumir helados y a bailar, como una cuestión que el comienzo del año nos encontrara a todos, alegres y deseosos de emprenderlo con una buena disposición. Olvidando todos los problemas, si los había, esperando que el mismo nos trajera prosperidad y buena ventura, como expresaban las tarjetas que iban de un domicilio a otro, con deseos de buenos augurios, para aquellos que las recibieran. Y así, inyectarles una expresión gratificante y positiva para enfrentar el nuevo año que se tenía por delante. También, estratégicamente dispuesto, se preparaba un improvisado escenario donde las orquestas de ese momento, con típica y característica, se irían turnando para desatar sus acordes melodiosos, para que la gente pudiera bailar en la pista improvisada de asfalto bajo la luz del farol de la esquina, que con intensidad, iluminaría las parejas de bailarines que expresarían todo su saber “amateur” pensando solo en divertirse, más que en competir entre ellos. Con las primeras luces de la noche todo estaba previsto y acomodado para que en el momento preciso, sobre la medianoche, la gente fuera llegando de a poco para disfrutar de los festejos. Las campanas de la iglesia se escucharon con insistencia, anunciado con doce campanadas, la medianoche y con ellas la llegada del año nuevo, pero de a poco se fueron perdiendo en medio del ruido estremecedor de la andanada de cohetes, “rompeportones”, “ametralladoras” y todo un sinfín de fuegos de artificio, que comenzaron a hacer brillar a ese cielo negro, que de pronto se vio iluminando, produciendo una hermosa cubierta, completando el escenario de esa noche festiva. Con el sonido de las bombas de estruendo y las cañitas voladoras de fondo comenzaron a llegar a la esquina los vecinos del barrio, que con unos vinitos de más, venían en tono festivo a disfrutar del baile. En pocos minutos estaban todas las mesas colmadas y el público seguía llegando, quedándose parado detrás, nadie se lo quería perder, y entre charlas y saludos de buenos augurios, se iba armando el “bailongo”. Los músicos empezaron a afinar sus instrumentos y sin muchos preparativos arrancaron con la música, y ante los primeros acordes los primeros bailarines ya estaban en la pista, mostrando a un improvisado público sus habilidades en la danza, con algunos cortes, corridas y giros realizados con mucha gracia que hacían el deleite de los que estaban mirando y todavía no se animaban. Esperando, tal vez, que la pista estuviera más llena, para no pasar “papelones” por no saber bailar muy bien, pero que igual estaban dispuestos a participar del baile. En mi casa no quedó nadie, todos nos fuimos a la esquina, ocupamos una mesa y enseguida comenzamos a compartir el evento con quienes nos rodeaban, vecinos del lugar. Saludos, charlas y bebidas, hasta que comenzó a “tallar” la orquesta, y se produjo el “desparramo”. Mis viejos, mi hermana y su novio, mi hermano mayor con alguna amiga, salieron todos a bailar y yo me quedé con mi gaseosa, chupando de la “pajita”, mirando como disfrutaban. Cuantas cosas y cuantos acontecimientos vividos en este viejo y progresista barrio Talleres. De allí surgieron muchos comerciantes exitosos, cuyos comercios aún hoy en día siguen en pié o continuados por familiares de otras generaciones o quizás con el mismo nombre pero gestionados y administrados por otras personas. De este barrio surgieron: Riera con su negocio de artículos del hogar y hoy junto a su mujer al frente de un negocio de ropas para niños. Ruffini y su casa de venta de artículos para la construcción, especializándose en cerámicos y juegos de baño. Rosotto con sus pinturerías y su continuadora Ana, con venta de pinturas y anexos en calle 17 y 12. Illariuzi y su afamada casa de venta de lámparas y accesorios para la iluminación de calle 17 y 14, que hoy continúa su hija. Retegui y su distribuidora de cigarrillos y golosinas que hoy continúan sus hijos. Cecchetto, con sus heladerías, que continuaron sus hijos, yernos y nietos descendientes de aquella emprendedora italiana que fue doña Francisca. Carle y su autoservicio de calle 17 esquina 4. Gaiotino y su distribuidora de productos de belleza. Luis Manso que prosperó con el servicio de arreglo de computadoras, impresoras y controladores fiscales. Zalazar y su prestigio negocio Alex Express. Y otros como Zanardi que fue Intendente Municipal, ingeniero y profesor de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de La Pampa, hoy jubilado. Somoza viajante de comercio. Abel Cerutti y su negocio de seguros. Pascual y su prestigiosa inmobiliaria. Los Zavattero de la calle 19, visitadores médico e ingeniero agrónomo. Mediza, ex vicegobernador y una extensa carrera pública. Y tantos que nacieron y se criaron en el barrio que puedo omitir nombrar y que hoy a lo mejor ya han partido como el Turco Ise, cuyo padre tenía la afamada Casa Ise de venta de telas y prendas en calle 17 esquina 6 y de su propiedad la mueblería en la otra esquina y después el Kiosco al lado del diario “La Reforma”. O el afamado Heraldo Hernández, que nos dejó muy joven, con mucha popularidad y un futuro enorme por delante como cantor y guitarrero. También recuerdo a los Cavallotti, los Vigovich, las chicas de Mendoza y Somoza, las de Manso, el matrimonio Antenucci y su hija Silvia, la viuda de Moreno y su negocio de venta de plantas, la Zunilda, Yanel Tablate, las familias Bongianino, López, Alvarez, Berguño y otros tantos vecinos residentes en esas 8 manzanas alrededor de donde vivía, que de una manera u otra transcendieron en el quehacer píquense. RECUERDOS DE UN VIEJO FERROVIARIO DEL BARRIO TALLERES La letra inglesa parece sacada de un libro, perfeccionada en el ferrocarril, cuando comenzó a trabajar, escribiendo telegramas y también algunas cartas para aquellos que no sabían escribir y además, llevando los libros contables de la administración del Ferrocarril Sarmiento, que había que registrarlos de manera impecable, porque venían los auditores a revisarlos. Lástima que tuvo que dejar la carrera, por eso de la privatización, que nunca entendió, porque le hubiera gustado llegar a ser jefe, pero bueno, lo jubilaron y adiós a los sueños de seguir ascendiendo. Cuando le hablan de la gran privatización de empresas estatales se amarga y comienza a recordar los Ferrocarriles Argentinos y la nacionalización hecha por Perón, aunque él era muy joven, la ENTEL, con sus viejos teléfonos y el Plan Megatel, interminable. Para poder obtener un teléfono, que para esos días era un triunfo, o tenías que tener algún amigo telefónico para poder adquirirlo o pagarlo en interminables cuotas, esperando que te tocara. Era un lujo tenerlo y un “huevo” conseguirlo. Así eran los recuerdos de uno de los tantos viejos ferroviarios del barrio. Le agarra una nostalgia y se queda horas pensando y mascullando por lo bajo, maldiciendo a los políticos y ministros de economía que pasaron en estos últimos treinta años, recordando viejas luchas y paros ferroviarios nacionales, cuando militaba en la filas del socialismo. Lo único que falta es que privaticen también el Banco Nación, ya casi estuvimos por perderlo – dice lamentándose-, no nos pueden quitar el mejor banco comercial argentino -retruca con mucho orgullo-. Y así se pierde, con sus recuerdos, en las calles modernizadas y asfaltadas del populoso Barrio Talleres. VERANOS ERAN LOS DE ANTES El clima no ha cambiado mucho y aquellos veranos eran tan calurosos como los de ahora, pero lo vivíamos de otra manera. Ya desde chico con mi hermana esperábamos con ansias los primeros calores. Vivíamos en el campo, nos encantaba correr, jugar, andar a caballo, tirarnos en la gramilla recién cortada, todo era libertad y disfrute del aire libre. Pero lo que más nos gustaba era nadar en el tanque. Todo era una ceremonia. Cuando los primeros días de calor ya se empezaban a sentir, empezábamos a jorobarlo a mi papá para que limpiáramos el tanque. De un verano a otro la tierra, que volaba durante las otras estaciones, estaba asentada en el fondo y teníamos que sacarla. Era una tarea de todos. Se elegía algún día medio fresco o a la tardecita y una vez vaciado de agua, comenzábamos con la ardua tarea de sacar el barro hasta terminar. Como gozábamos con el agua cristalina que salía del caño que venía del molino que con su taca-taca-taca sacaba el preciado líquido. Era refrescante y chapotéabamos en el agua a medida que se iba llenando el inmenso tanque. Cuando se cubría era nuestra delicia, nadábamos como peces horas y horas, con algunos pequeños descansos para tirarnos desde los bordes o simplemente tomar un poco de sol para calentarnos porque el agua estaba fresca, recién salida del pozo. Todo era risas y disfrute. Cuando nos vinimos a vivir a la ciudad, perdimos un poco de todo ese aire libre y terreno a nuestra disposición. Todo se hizo más caluroso, el asfalto, las veredas, todo era refractario de ese sol calcinante del verano. Ya mi hermana era más grande y yo me hice de amigos que vivían cerca o iban al colegio conmigo. Asi que con ellos o sólo, todos los veranos me sacaba el carnet y me iba a disfrutar de la pileta del Club Independiente. Me encantaba ir a la hora de la siesta porque casi no había nadie y así se podía disfrutar de la pileta y sobretodo tirarse del trampolín del bajo y del alto. A éste último, si estaba el piletero, no te deja subir. Aparentemente era prohibido para menores y en realidad tenía bastante altura y era peligroso, podías caer mal o resbalarte y las consecuencias hubieran sido terribles. Pero igual lo intentábamos y aunque muertos de miedo y temblando por estar mojados nos tirábamos primero de pie, luego tipo bomba y cuando tomábamos confianza de cabeza, cuando salía, porque la mayoría eran “panzazos”. Cuando nos cansábamos nos duchábamos y nos íbamos a tomar al bar una Cindor (leche chocolatada) bien fría y si alcanzaba la plata, algún “sandwich” de jamón y queso, hechos con pan francés, bien suculentos, no como los de ahora. La pileta nos daba hambre y nos devorábamos todo. Que felicidad!!!...que veranos interminables…disfrutando a pleno, sin importarnos el calor. Estábamos negros como carbón de tanto andar al aire libre y “piletear”. Cuantos juegos sanos en la pileta , en el parque o en la cancha del club. Cuantos días compartidos con los amigos y amigas sin pensar en otra cosa que disfrutar la vida, con mucha alegría, sin tecnologías, ni celulares, ni música a todo volumen, ni mensajitos de texto. Todo era más simple y más imaginativo. Nos divertíamos con poco y nos llenábamos el espíritu con mucho amor y paz, que nos daban aquellos apacibles veranos de antaño.