Barrio: Centro / Tema: Expresiones Artisticas
Ubicación Histórica, Año:1950
Viccario - Benuzzi - Santángelo
MÁS DE NUESTRA MÚSICA Tal vez esto que sigue lo podría haber volcado en Personajes-Testimonios y Biografías, pero como vengo hablando de la música en nuestra ciudad, consideré que debía continuar el hilo de los recuerdos. DON GREGORIO VICARIO, un pianista como pocos. Don Gregorio Vicario animaba con el piano, inolvidables tertulias en el Cine y en Hoteles. Este señor solamente podemos catalogarlo como un artista, un bohemio que en los diarios de la época se lo señalaba simplemente como un estimado músico sensible a la vez de romántico. Fue una figura simbólica del tiempo en que la música era algo imprescindible, todavía la gente se mantenía limpia y por el decir de quienes conocían un poco de música; “Era un pianista, al que solamente podían llegar quienes supieran algo de música, algo que se pueda leer en un pentagrama. Gregorio evidentemente era muy celoso con su arte y le ponía una cuota de buen gusto, que producía un gozo especial escucharlo”. Palabra más, palabra menos, así lo describieron muchos de sus contemporáneos. Había también quien le criticaba esa aparatosidad espontánea que le salía cuando la música lo metía en el papel, –o en todo caso la pantalla–, llevado por la inspiración. Cuentan que se posesionaba tanto animando una película muda que era un espectáculo verlo mientras acompañaba con el piano, aquel cine de antaño. De cualquier manera sabía elegir muy bien las notas apropiadas a las escenas que se iban incorporando. ¡Volaban las teclas si se representaba un huracán, o las olas del mar se batían con furia! ¡Sacudían la butaca el sonido del tren lanzado a toda máquina en alguna película de acción! Pero también las teclas del piano, transformaban su sonido en un delicado susurro cuando el romance aparecía en el telón. Definitivamente, don Vicario sabía dar el clima necesario, el calor apropiado a cualquier película. Tocaba en todas partes, y lo hizo en los mejores lugares de aquellos años del primer cuarto del siglo XX. Se lo pudo escuchar en el Bar don Pepe, en el Centenario, Hotel Comercio entonces de Michelessi y en el Hotel Pico. En este último lugar ejecutaba sus melodías a la hora del almuerzo, mientras los comensales disfrutaban de la buena cocina, y en la noche cuando comenzaba el cine en el bar don Pepe, allá se iba para animar las escenas. Gregorio Vicario llegó a General Pico entre los años 1913 y 1914, falleciendo el 26 de julio de 1948, luego de padecer un cáncer por el que estuvo internado en el Hospital Centeno. Este hombre había llegado de Italia con un baúl lleno de música para piano, instalándose primeramente en Victorica. Perteneció a una familia católica y cuentan quienes lo conocieron, que no se recobró nunca de la pérdida de su esposa, la que lo abandonó al poco tiempo de llegar a La Pampa. Por el mismo tiempo, pasaron otros músicos por General Pico, como por ejemplo el señor José Matheu, junto a sus dos hijas, Aura y Dora, que ejecutaron también en el cine Centenario, Pico Hotel y Hotel Comercio. Pasaron además Pastor y Bragulat, que lo hicieron entre 1917 y 1922. De este último se dice que fue un distinguido artista del teclado, aunque su paso por General Pico fue muy breve. Dueño de una personalidad especial, ejecutaba su arte con delicadeza, sin exageraciones lo que le valió imponerse rápidamente en el medio. Un poco más adelante y ya cuando el cine sonoro comenzaba a imponerse alejando a estos artistas de las salas de cines, supo actuar Carlos Pedrerol. Eso ocurrió por 1927, interpretando su música entre los entreactos o acompañando alguna película entre los dos cines. Digamos que además de estos músicos solitarios, las salas de espectáculos y los Hoteles, solían contratar orquestas que venían de Bs. Aires, actuando a veces largos períodos. Estos conjuntos estaban compuestos de hasta cinco músicos que generalmente se dividían, en dos violines, contrabajo, piano y flauta. Para estas actuaciones se hicieron varios convenios, uno de los primeros fue hecho entre el Hotel Pico y el Cine Centenario, para traer un conjunto que le pusiera música diariamente a los comensales y por la noche, después de las 21 horas, en el Cine-bar, generalmente hasta la una de la mañana de esa noche. La empresa del cine les tenía asignado un sueldo mediante contrato y por parte del Hotel firmaba el compromiso de darles hospedaje completo junto a sus esposas, mientras actuaran allí. Tengamos en cuenta que las comidas eran las mejores por ese entonces y costaba $2.- al igual que la habitación. Fueron sin lugar a dudas tiempos difíciles de comprender; pero, todavía no se vislumbraban, ni remotamente, los adelantos técnicos con que contamos actualmente. Quién fue Carlos Pedrerol, este músico del Cine Mudo Carlitos Pedrerol, fue otro caso muy singular. Músico con mucha capacidad creativa, era buscado por cuanta compañía de teatro y baile llegara a nuestro medio. El director de esa obra le entregaba las partituras apenas llegado y Pedrerol rápidamente se ponía a ejecutarlas. Para la hora del ensayo, no solamente las había aprendido, sino que lograba ponerle sus propios arreglos, que en más de una oportunidad se ensayaban, pocas horas antes de la representación. Se cuenta, entre otras cosas, que cierta vez en que le había realizado varios arreglos, el director no los aceptó, hubo un cruce de palabras y Carlos Pedrerol se retiró muy alterado, tirando las hojas al piso. Por supuesto esa noche hubo que suspender la función, hasta que al día siguiente se pusieron de acuerdo y todo volvió a la normalidad. Pedrerol tiene una amplia lista de temas creados por él, casi todos aquí donde ejerció la profesión por varios años, y tiene compuesta una marcha para el equipo de Independiente Campeón invicto del año 41, siendo la misma interpretada a la llegada de los jugadores, –viaje que hicieron en tren–, desde la localidad de Eduardo Castex. Hay otra historia de este señor, Carlos Pedrerol; Se cuenta que de ese tiempo, de cuando las salas de cines estaban asociadas a un bar, poniendo música con un piano, a veces lo acompañaban un par de violines para determinadas películas, era también frecuentes, –repito–, las visitas de compañías de teatro y baile, contratando la mayoría de las veces al músico del lugar. En esta oportunidad había sido el elegido y le entregan como otras veces, la partitura de las distintas danzas para los distintos números. Carlos como solía ocurrir, rápidamente las memoriza y les da su toque. En el momento del espectáculo, confiado en su memoria, omitió desplegar las partituras y así se fue llevando adelante la obra que durante el primer acto se desarrolló normalmente, recibiendo el aplauso del público. Pero, la segunda parte no fue tan fácil, las chicas al parecer, o no estaban bien entrenadas, o la música les había sido cambiada, por lo que no podían seguir el ritmo que el piano les marcaba, empezando las miradas de bronca entre ellas y el del piano, quien fue “juntando mugre”, hasta que no aguantó más y dejó de tocar. Se levantó y tomando las partituras que habían quedado en una silla, se retira muy enojado del lugar. La sala del Cine Centenario, –Cine-Bar-Salón de fiestas y Teatro–, quedó atónita ante el final inesperado del espectáculo. La explicación fue muy sencilla, el músico no estaba equivocado ni tampoco necesitaba de las partituras, sucedió que las chicas tenían otra música en mente, y esta, le había sido cambiada al músico, de ahí el error. Por suerte al ser aclarado el tema y haciendo los arreglos necesarios con las bailarinas, al día siguiente se pudo realizar el espectáculo íntegramente con aplausos para todos. Estas páginas sueltas de nuestro pasado, de ese pasado que tenemos tan rico en todo y por supuesto muy sabroso en anécdotas risueñas. Algunas se podrán contar, otras tal vez no porque terminaron en escándalo. De lo que si debemos dar cuenta, es de la profesionalidad de los muchachos, de los músicos en si, teniendo en cuenta que no se contaba entonces con medios de movilidad adecuados, sumados los caminos que en su gran mayoría no eran asfaltados y hasta ni siquiera mejorados, y no digo nada de cuando debían trasladarse por los caminos vecinales para poder llegar a alguna Escuela de campo, o clubes de campo que servían de apoyo para la cooperadora de esa escuela, local que además servía como proveeduría para los chacareros. Estas cosas han desaparecido en casi su totalidad, pero con seguridad estará en la memoria de muchos el chiste del caballo cambiado o puesto cara para atrás, mirando al chacarero entre la penumbra de la noche. Tiempos idos, tiempos pasados que nos permiten recordar músicos, con sus vicisitudes, pero siempre dispuestos a realizar otro viaje a dónde sea y por los caminos que hubiera. Tenía que ser muy grande la lluvia para que los pare un fin de semana, ya que los ventarrones pamperos no lograron nunca detener sus compromisos, a lo sumo los pudo demorar, más de eso no creo que les haya sucedido. Es que fuera donde fuera, los esperaban para bailar, divertirse, además había calidad de bailarines aunque la mayoría fuera gente de trabajo rudo de campo y nuestros músicos no solamente eran capaces de interpretar cualquier ritmo, sino que a veces, eran capaces de hasta bajar uvas de la parra más cercana con el arco de un violín. Otro gran músico escribió su pentagrama Realmente Erberto Edmundo Benuzzi fue uno de esos músicos que merecen algo más que el recuerdo en una página. Si bien es cierto la misma puede ser leída en cualquier lugar del mundo, creo personalmente que el mismo General Pico tiene la obligación de recordarlo de alguna manera, aunque más no sea dedicándole una calle donde los carteles de la misma destaquen su nombre. Es que no solamente se introdujo en su ser, la música, sino que la elaboró, la amó, se la entregó a quien la quisiera escuchar y además la transmitió de una manera ejemplar. Por suerte esa música siguió en sus alumnos y trascendió nuestras fronteras. Por el 2009 escribí algo que voy a transcribir, y era esto: “Hace unos días por esas cosas que tenemos, me desperté con la imagen de Erberto Edmundo Benuzzi, y todavía no sé porqué, aunque sospecho como lo más probable, que fue cuando incorporé al otro señor de la música y del piano, a don Gregorio Vicario. Es posible que por ahí, me haya venido el recuerdo de este gran tipo, al que conocí de pibe y aprendí a respetar por el hecho de que se trataba de una persona que siempre fue amiga de quien se arrimara a él, y si tenía alguna inquietud por la música, mejor aún. Cuentan los que lo conocieron desde chico, que siempre fue un alumno aplicado, perteneciente a una familia de ferroviarios, que había emigrado desde Trenque Lauquen para acá, ya que hasta allí había llegado su padre y los tíos, de la mano del viejo genovés, el señor Benuzzi por la construcción de la vías del ferrocarril, en los primeros años de 1900. El abuelo vendría a ser como fue para nosotros, don Tomás Allan. Después sus muchachos como tiene que ser, se hacen grandes y van tomando diferentes destinos, uno va a parar a Olavarría, otro a Caleufú y un tercero a General Pico, todos enganchados en el ferrocarril con diferentes tareas. Quien se instala en Pico, había contraído enlace con una joven, también de Trenque Lauquen, de nombre Dima Chiampan. A partir de ahí, comienzan la vida como piquenses, dando al pueblo tres varones, “Titín”, “el Cheto” y “el Negro”, en ese orden; y si así los nombré, es porque así los conocieron desde niños y como a tantos, así nos conocen aún de mayorcitos, aunque andemos pisando la frontera superior de la década setenta. (En definitiva ellos eran Erberto, Omar y Jorge). El mayor “Titín”, tiene que haber perdido rápidamente ese mote, debido a sus cualidades amanecidas tempranamente, aunque quienes lo trataron íntimamente lo siguieron llamando “Titín”. Digo condiciones tempranas, porque lo atrapó desde siempre el teclado, recibiendo clases en el medio. Al mismo tiempo, y cuando las aulas de la escuela quedaban en silencio, él lograba llegar hasta la sala de música, alumbrado apenas con una vela, para “robarle al dientudo, –así llamaban al piano–, poco a poco su música”, a pesar de tener que apretar el pedal “sordina” del instrumento. Entonces era simplemente Erberto, el nombre que le dieron don Marcos Tulio Benuzzi y Dima Chiampan, el día que naciera, en 1926, el 11 de marzo para ser más precisos. Fueron muy claras las muestras, y sus padres ayudados por una hermana de Marcos Tulio, resolvieron enviarlo a Buenos Aires, a casa de María Elena, para aprender todo lo que le faltaba en el “Conservatorio Gaito”. Allí encontró la simpatía de un gran profesor, director del conservatorio y músico profesional del Teatro Colón, que le dedicó horas al piquense, quien a su vez formó parte de un quinteto con actuaciones radiales, que era dirigido por Ariel Pedernera, recordado músico que después de haber actuado con el maestro Francisco Canaro, formó su propio conjunto actuando durante buen tiempo en Radio Porteña. Pedernera fue un recordado “rascador de ropero” (contrabajo) y su manera “canyengue” de interpretar el tango. Benuzzi podemos decir que no solamente recibió los conocimientos del maestro del Colón, sino que vivió muy de cerca ese tango de la noche porteña. No pudo despegarse de su General Pico y regresó con todo ese conocimiento, para comenzar su tarea docente, como músico en la escuela 64 primero y luego en la 57, donde terminó ese ciclo. En todos esos años, simultáneamente tuvo su propio conservatorio, una sucursal del Conservatorio Fracassi, que funcionara por muchos años en la calle 13 entre la 18 y la 20, para terminar trasladándose a su domicilio de calle 9 esquina 12. Como la música es algo que está en su piel, apenas llega, ocupa el lugar que deja en el piano y por propia decisión, la señora de Sánchez, en la entonces “Orquesta Maracó”, pero al poco tiempo se inicia como director de su propio conjunto, el recordado “Cuarteto Astral”, junto a un excelente bandoneonista llegado de Carlos Casares, Salvador Santángelo, que había elegido General Pico para vivir, agregándose Juan Carlos Pensa en el violín, y Ducahini en el contrabajo. El porteño, el hombre de Buenos Aires tenía y tiene una particular forma de vivir y especialmente de hablar. “El Lunfardo” en sus labios tuvo siempre un toque especial, nadie se salvó de un apodo, ni mucho menos los instrumentos utilizados para esa música “rioplatense”; el Tango y la milonga. Tenemos que decir, para hablar más claros, que un cuarteto se componía de “Dientudo, Fueye, Jamón y Ropero”. Por supuesto, no podía faltar la voz del “alcahuete” y ahí apareció la voz de Osvaldo Borthiry y un poco más adelante, la de Roberto “Tito” García. Erberto supo meter los dedos en la “Orquesta Copacabana” y también el “Trío Tango” junto a Santángelo en el bandoneón y Alberto Pellizari en violín y la voz de “Tito” García. Benuzzi fue uno de esos tipos que podía estar en cualquier lugar, en cualquier ambiente, porque era así, simple, diáfano. Era sin ninguna duda amigo de quien quisiera ser amigo de él y fue mi amigo cuando yo andaba por los diez a doce años, sin saber quién era tanto uno como del otro. Recuerdo que admiraba su estilo, su forma de mover los brazos y las piernas en la pileta de Pico Fútbol. Lo recuerdo como un excelente nadador y amigo por transmitirme alguna de sus aptitudes que sirvieron para mejorar mis movimientos en el agua. Después por supuesto, cuando fui más grandecito, lo empecé a escuchar en los bailes y en el escenario del Bar Fernández. Hay otros jóvenes que agradecen el haberse encontrado con Erberto. Me contó alguna vez Roberto Paglia que fue compañero en la Escuela 66, en la de Itria, cuando estaba en la calle 25 entre la Avenida y la 16, y la familia Benuzzi vivía justamente en uno de los chalets que los ingleses tenían para sus empleados jerarquizados, sobre la calle 16 entre las calles 25 y 27. Había una diferencia de edad, unos seis años, pero esa relación no se cortó nunca, pues con los años siguieron siendo amigos como cuando pibes. Erberto, –recuerda Roberto-, “me mejoró” dos canciones que fueron mis caballitos de batalla, los boleros “Perfidia” y “Frenesí” que llevaba conmigo siempre, y los interpretaba acompañado casi siempre por mis dos amigos, Juancito Venturucci y Cabrino, el otro Juan. En algún momento Erberto es tentado por ellos y forman un conjunto que comienza en los micrófonos de “Publicidad Claridad”, y es el mismo dueño, el recordado “Negro” Celso Acevedo, quien los bautiza con el nombre de “Páginas de América”, nombre que finalmente Roberto se lleva cuando emigra a la ciudad de Buenos Aires. De esa etapa hay para rescatar largas noches, después de sus actuaciones en casa de Roberto, en la de Benuzzi o en casa de “Pocho” Otero, comiendo el fiambre de la despensa de don Augusto, quien se integraba como uno más de la barra acompañándose con una guitarra entonando alguna milonga campera. Mientras, Erberto hacía gala de sus chistes y cuentos que al recordar de algunos no eran muy buenos que digamos, pero igualmente disfrutaba de todos esos momentos, contagiando la alegría de estar con amigos. Y como la amistad es un don que por suerte muchos sigue ejerciendo, la de Erberto y Roberto no se corta ni se deteriora por esa separación, al contrario, el pianista sufre en ese ínterin la pérdida de sus hermanos, siendo evidente que le ha afectado y ese sentimiento lo lleva a escribir música para uno de ellos, y Roberto en una de esas visitas “de pasada” que hacía con “Los Quilla”, le pone letra y pasa a ser “Zamba para Omar”. Me contó también Roberto que es una preciosa zamba, de excelente música y que sería hermoso poder recuperarla. Tuvo muchos amigos y de ellos rescato infinidad de cosas, Alberto Pellizari y Jorge Del Campo no pueden dejar de hablar, porque de él, del maestro, aprendieron mucho y por supuesto “el de ser amigos”. Por allí me aparece el nombre de Raúl Parentella, cuando junto “al Mono” Costantino asistían a sus clases de música. Hoy Raúl lo recuerda con mucho amor y me lo sintetizó así, con unas pocas palabras cuando hablé con él hace unos días; “–Fue mi gran profesor”–. ¿Se pueden agregar más palabras a estas? Creo que no hacen falta. Y me queda otro para ayudarme a “pintar el cuadro” de Erberto, y es uno que anda desparramando música de la nuestra por España, desde hace unos cuantos años; Héctor González Herrero. Y él mismo me recuerda que su vida lo llevó a sur y en todo ese tiempo se alejó de la música; “del dientudo”, repitiendo las palabras de Julián Centeya cuando nombraba al piano. Al cabo de esos años regresa a General Pico y Pellizari lo vuelve a tentar. Poco a poco recupera el movimiento de sus dedos, de su digitalización más la lectura de la música. En ese momento entra en escena, aunque ya lo conocía, Erberto, quien lo ayuda a recuperarse y mejorarse en todo. Si bien es cierto que no hay amistad “de aquellas”, los dos se respetan y Héctor lo recuerda como un tipo que para él es simplemente; “Un chico grande, sin lugar para el egoísmo ni la indiferencia”. Héctor formó parte de varios conjuntos hasta que empezó con lo suyo propio, con “el fueye” del hijo y “el ropero” de “Chango” Moiraghi. En algún lugar de varias discotecas se encuentra el trabajo de ellos y la voz de “Charles” Tomaselli. Después, Héctor “el Pelao” González Herrero, decidió cruzar el charco y allá se encuentra, con su música y su vida. Párrafo aparte para músicos que pasaron por su conservatorio, al ya nombrado Raúl Parentella, le debemos agregar el nombre de Jorge Sosa y el de alguien que sigue triunfando con la música ciudadana, “Tato” Ledezma, y es mucho decir. Nos pudimos encontrar con un amigo, con un maestro a quien muchos cantores le deben todo, –músicos que aunque no hayan trascendido–, también le deben agradecer todo lo que les enseñó, con esa claridad que muy pocos tuvieron. Cuando digo que no han trascendido es porque decidieron que sus vidas estaban aquí y que aquí seguirán sembrando los duendes que creara Erberto, en este General Pico que está lleno de música, canto, arte, de poesía y por sobre todo, de amigos. No puedo terminar esto sin agradecer a Roberto Paglia, a Héctor González Herrero, Jorge del Canto, Alberto Pellizari, “Pepe” Matilla (por su nota en el diario La Reforma), Raúl Parentella, Humberto Somoza, Dorita Miravelli, “Tito” Benuzzi, Norberto Daniel Bordino (primo de Erberto), Ellos lo conocieron mejor que yo, porque yo solamente recuerdo cómo se deslizaba sobre el agua y cómo acariciaba el teclado, llenando de música cualquier espacio, aún apretando “el pedal sordina”, como cuando “se afanaba la música para él solito” allá, en la vieja escuela de Itria, en la 25, alumbrado apenas con la luz de una vela. Otra historia de, otro músico que dejó su sello (Nota escrita para el programa de Alberto Arias, “Una mañana de recuerdos” 18-2-2009) Si decimos que este hombre a quien queremos evocar hoy, un músico que no sabía una triste nota del solfeo, los que no lo conocieron ni mucho menos lo escucharon, con seguridad van a dudar de lo que pueda contar. Pero es así y no tengo porqué dudar de la palabra de Marta, su hija, y otros muchos que compartieron otros tiempos y me brindaron datos para poder escribir, para poder recordarlo. Perteneció a esa clase de tipos, de personas que fueron piezas únicas y no son muchos para nombrar, porque se destacaron en el mundo de la música, pero desde otro lado, ya que fueron de los llamados “músicos de oreja”, pero que fueron autores de diversos temas y afinadores de instrumentos. Y para dar un ejemplo voy a nombrar uno, Oscar Alemán, el chaqueño que aprendió a tocar el “cavaquinho” y de ahí cuanto instrumento de cuerdas existen, incluido alguno de viento. Otro grande de la música como Stevie Wonder, compositor de cientos de temas de jazz, que normalmente tocaba mirando hacia arriba. Una vez le preguntaron por qué; y respondió, “Es que mis partituras están en el cielo”. Este nuestro, el que quiero traer a nuestra historia, sin lugar a dudas sus partituras estaban pegadas a su piel, tal vez su padre Antonio y su madre Carmela, cuando llegaron a “L’américa”, ya traían la “verdulera” que tocaba el hermano mayor, con la que Salvador empezó a tocar cuando era apenas un niño de ocho o nueve años. Esa “verdulera”, que habría alegrado tantas veces algún patio siciliano, de aquellos gringos que buscaron otros horizontes “del otro lado del charco”. Antonio y Carmela llegaron a Carlos Casares en los primeros años del siglo pasado y en ese pueblo se criaron los seis hermanos Santángelo. Uno de ellos, el más chiquilín, además de aprender a sacarle notas a la vieja verdulera, le fue acoplando un oficio, el de peluquero, con el que se fue ganando su subsistencia hasta pasados unos cuantos años, digamos hasta después de haber contraído matrimonio con Felisa Román y ser padre de dos hermosas niñas, Marta y Cristina. Pero la música lo envuelve, lo puede; trabaja en la compañía Nobleza de Tabacos como administrativo y con ella pasa a cumplir sus actividades en General Villegas. Lo acompaña su familia, pero también la tijera como para estirar el sueldo, y la verdulera que se estira cada vez más, para darle cabida al piano y el bandoneón, instrumentos que quedarán ligados a su persona. Pero la empresa, siempre en expansión, abre sus puertas en General Pico y aparece entonces este hombre con toda su familia y el bandoneón, para regalarnos los compases de tangos que nos estaban faltando, la esencia pura de la música ciudadana. Corría entonces el año 1951, o tal vez el 52, y en poco tiempo… ¡¡La música!! Se une, se funde, porque aparece el maestro Erberto Benuzzi que venía de Buenos Aires lleno de tango, con su conservatorio completo y aquí lo encontró a Salvador Santángelo como expresión genuina de la música ciudadana, para unirse formando tal vez, una de las agrupaciones más hermosas con que supimos contar os piquenses y una amplia zona. Con ella se deleitaron oyentes y bailarines, y hago memoria por sobre todo, porque no podré olvidar el silencio que se producía cuando “estos tipos” se subían al escenario, y los otros, de oído fino que transmitían la música por la piel para transformarla en movimiento, en cortes, en quebradas, en corridas y sentadas. Fueron hermosos años de música la que nos regalara Salvador Santángelo, ese muchacho que llegó un día a nuestro pueblo y se fundió en él, con la música y con los instrumentos. Y qué oído habrá tenido, que cuando Nobleza decide cerrar las puertas en la zona, les deja a sus vendedores Retegui y Antonietti el pueblo dividido en dos, y para él, el traslado a alguna provincia lejana ya sea al norte o bien el sur… o de última una indemnización. Elige esto último. Optó por abrir con ese dinero, un negocio que ubicó al lado mismo del diario La Reformas, por donde está el Banco de Galicia. Esta situación lo obliga a tomar con mayor ahínco, el trabajo de afinado de pianos y bandoneones. Es así como este músico “de oreja”, se convierte en uno de los más buscados para este trabajo, y aquí cabe la paradoja… ¡¡Los dejaba como un violín!! A todo esto, el Cuarteto Astral era su debilidad junto a Erberto, Pensa y Vicente Rolfi, la voz de Osvaldo Borthiri y luego la de “Tito” García. Se mantiene en ella por varios años, pero un buen día se abre y pasa a ocupar el lugar “Chichito” Agostino, Raúl Teves Loinas y finalmente Buviel, hasta que por el año 63 la agrupación se diluye, iniciando entonces la actividad otro conjunto, “El trío Tango”, con la voz de “Tito” García. En ese ínterin en que deja el cuarteto, Santángelo dedica más horas a su negocio y al afinado de pianos y bandoneones, siendo este último instrumento el que lo vincula a grandes de la música de Buenos Aires, como por ejemplo Leopoldo Federico, a quien volvía loco con las variaciones que escuchaba de Salvador, probando alguno de ellos cuando se los llevaba ya afinados, mientras el maestro “hacía el churrasco”. Por supuesto, no podía repetir la nota que había “acomodado”, porque nunca había aprendido a leer música y mucho menos podría retener en el pentagrama notas o acordes que salían de su inspiración. Todo esto ocurre así, de un día para otro y hasta parece mentira que alguna vez hubo luz entre una cosa y otra, porque “el Fueye” de Salvador, nunca dejó de rezongar porque infinidad de veces fue invitado para formar parte de un conjunto, incluido el de alguna “Característica”. Llega tras ese periodo, la formación como dije “Del Trío Tango”, del que por suerte quedaron grabaciones para que aquellos más nuevos en nuestra sociedad, no solamente crean, sino que escuchen quienes fueron “estos tipos”, que no son inventos, ni tampoco los queremos comparar “con otros de cartel”, nada más que por haber sido nuestros. No es así, alguna de las grabaciones son un verdadero testimonio, pues están realizadas con muy poca técnica y en la cocina de alguna casa o el patio de alguna de ellas, luego de un suculento asado, sin poder negar alguna copa de vino demás. En esta recordación, hablamos de Salvador Santángelo, un hombre que llegó a este mundo un 12 de abril de 1918, que aprendió a tocar con esa verdulera que trajeron sus padres desde Sicilia y su hermano mayor tocaba y guardaba con mucho amor, mientras él, en complicidad con Carmela, la tomaba en ausencia de Francisco. Después los años van modelando a las personas, las va cambiando y a veces la llevan a separarse de la gente que lo quiere, hasta que un buen día emprende otro viaje como para alejarse vaya uno a saber de qué. Salvador fue uno de esos casos, su música y la bohemia le ganaron y partió, hasta que un día 10 de enero de 1989 y luego de seis u ocho años de ausencia, una enfermedad seguida de una operación, marca el fin de sus días. Salvador Santángelo, más allá de algunas cosas que estuvieron reñidas con ciertas reglas de familia, pasó por nuestro General Pico para marcar una época de música, de cuando salían con todo a cuesta, en aquellos “colectivitos” como el de Isasti, Cervetto, Mateo, o “El Ñandú Puntual” de Rosseto, para regresar los lunes apenas con el tiempo justo como para una ducha y estar en hora para empezar la jornada de trabajo. Salvador sin duda fue un tipo fuera de serie, en la música y en la vida. Los años se encargan de cerrar algunas heridas, o por lo menos que sangren un poco menos, y por otro lado ese mismo tiempo se ocupa de realzar las aptitudes naturales, porque aquel chico que nació para la música, cometió el pequeño error de no aprender a escribirla ni a leerla, tan solo porque la llevaba adentro, y eso, lo pudieron comprobar algunos amigos cuando iban o regresaban de alguna jornada de trabajo. Uno de ellos, me cuenta que como acompañante, desenfundaba el bandoneón, empezando a tocar algo, hasta que por ahí el cansancio le ganaba y en ese momento aparecía el duende mágico que llevaba dentro de él. Después de un sueñito que duraba… segundos, continuaba a partir de la nota con que había dejado en el momento del cabezazo… ¡Ni él mismo se lo creía! Pero era así. Reconforta recordar a esta gente, a estos hombres que no tuvieron más ambición que la de agradar a quienes los quisieran escuchar… y lo lograron. Eligieron vivir aquí, refugiados entre amigos, cuando fueron músicos que muy bien pudieron haber sido actores de grandes escenarios. Pero no, ellos fueron así y nada más, con toda su bohemia a cuesta y tocando su música en el lugar que fuera. Y para esto tengo un recuerdo muy personal; Una noche, nos encontramos vagando, en un punto cualquiera de la ciudad, él, con su bandoneón; mi amigo Alberto y yo con algunas copas, desde otro lugar. Todos coincidimos en un lugar y allí mismo, sentados en el cordón de la vereda nos pusimos a dar una serenata a quien quisiera escuchar. Es que el vino tiene un punto al que hay que saber llegar, porque después emborracha, y no se puede cantar como lo hicimos con mi viejo amigo Alberto, acompañados por el “fueye” maravilloso de Salvador Santángelo, un músico de pura raza. Él no era ciego, pero miraba para adentro, cerrando los ojos para inspirarse, para leer sus partituras. (Para hacer esta reseña, debo agradecer los aportes entregados por una de las hijas de Salvador, Marta; al amigo Tito García, ya desaparecido y otros muchos amigos que recuerdan a este poeta del bandoneón). Un agradecimiento más para Marta que encontró fotos de su padre y ahora la podemos disfrutar todos. Otra fuente para citar es el diario Zona Norte, desaparecido y Cristina, sobrina nieta de Carlos Pedrerol, quien me enviara recuerdos del tío abuelo y algo de su paso por nuestra ciudad. héctor Pérez farías recopilador de historias pueblerinas general pico - la pampa (Quedan hechos los deposito correspondientes a la Ley 11723)

Ubicación Histórica, Año:1950
Viccario - Benuzzi - Santángelo
MÁS DE NUESTRA MÚSICA Tal vez esto que sigue lo podría haber volcado en Personajes-Testimonios y Biografías, pero como vengo hablando de la música en nuestra ciudad, consideré que debía continuar el hilo de los recuerdos. DON GREGORIO VICARIO, un pianista como pocos. Don Gregorio Vicario animaba con el piano, inolvidables tertulias en el Cine y en Hoteles. Este señor solamente podemos catalogarlo como un artista, un bohemio que en los diarios de la época se lo señalaba simplemente como un estimado músico sensible a la vez de romántico. Fue una figura simbólica del tiempo en que la música era algo imprescindible, todavía la gente se mantenía limpia y por el decir de quienes conocían un poco de música; “Era un pianista, al que solamente podían llegar quienes supieran algo de música, algo que se pueda leer en un pentagrama. Gregorio evidentemente era muy celoso con su arte y le ponía una cuota de buen gusto, que producía un gozo especial escucharlo”. Palabra más, palabra menos, así lo describieron muchos de sus contemporáneos. Había también quien le criticaba esa aparatosidad espontánea que le salía cuando la música lo metía en el papel, –o en todo caso la pantalla–, llevado por la inspiración. Cuentan que se posesionaba tanto animando una película muda que era un espectáculo verlo mientras acompañaba con el piano, aquel cine de antaño. De cualquier manera sabía elegir muy bien las notas apropiadas a las escenas que se iban incorporando. ¡Volaban las teclas si se representaba un huracán, o las olas del mar se batían con furia! ¡Sacudían la butaca el sonido del tren lanzado a toda máquina en alguna película de acción! Pero también las teclas del piano, transformaban su sonido en un delicado susurro cuando el romance aparecía en el telón. Definitivamente, don Vicario sabía dar el clima necesario, el calor apropiado a cualquier película. Tocaba en todas partes, y lo hizo en los mejores lugares de aquellos años del primer cuarto del siglo XX. Se lo pudo escuchar en el Bar don Pepe, en el Centenario, Hotel Comercio entonces de Michelessi y en el Hotel Pico. En este último lugar ejecutaba sus melodías a la hora del almuerzo, mientras los comensales disfrutaban de la buena cocina, y en la noche cuando comenzaba el cine en el bar don Pepe, allá se iba para animar las escenas. Gregorio Vicario llegó a General Pico entre los años 1913 y 1914, falleciendo el 26 de julio de 1948, luego de padecer un cáncer por el que estuvo internado en el Hospital Centeno. Este hombre había llegado de Italia con un baúl lleno de música para piano, instalándose primeramente en Victorica. Perteneció a una familia católica y cuentan quienes lo conocieron, que no se recobró nunca de la pérdida de su esposa, la que lo abandonó al poco tiempo de llegar a La Pampa. Por el mismo tiempo, pasaron otros músicos por General Pico, como por ejemplo el señor José Matheu, junto a sus dos hijas, Aura y Dora, que ejecutaron también en el cine Centenario, Pico Hotel y Hotel Comercio. Pasaron además Pastor y Bragulat, que lo hicieron entre 1917 y 1922. De este último se dice que fue un distinguido artista del teclado, aunque su paso por General Pico fue muy breve. Dueño de una personalidad especial, ejecutaba su arte con delicadeza, sin exageraciones lo que le valió imponerse rápidamente en el medio. Un poco más adelante y ya cuando el cine sonoro comenzaba a imponerse alejando a estos artistas de las salas de cines, supo actuar Carlos Pedrerol. Eso ocurrió por 1927, interpretando su música entre los entreactos o acompañando alguna película entre los dos cines. Digamos que además de estos músicos solitarios, las salas de espectáculos y los Hoteles, solían contratar orquestas que venían de Bs. Aires, actuando a veces largos períodos. Estos conjuntos estaban compuestos de hasta cinco músicos que generalmente se dividían, en dos violines, contrabajo, piano y flauta. Para estas actuaciones se hicieron varios convenios, uno de los primeros fue hecho entre el Hotel Pico y el Cine Centenario, para traer un conjunto que le pusiera música diariamente a los comensales y por la noche, después de las 21 horas, en el Cine-bar, generalmente hasta la una de la mañana de esa noche. La empresa del cine les tenía asignado un sueldo mediante contrato y por parte del Hotel firmaba el compromiso de darles hospedaje completo junto a sus esposas, mientras actuaran allí. Tengamos en cuenta que las comidas eran las mejores por ese entonces y costaba $2.- al igual que la habitación. Fueron sin lugar a dudas tiempos difíciles de comprender; pero, todavía no se vislumbraban, ni remotamente, los adelantos técnicos con que contamos actualmente. Quién fue Carlos Pedrerol, este músico del Cine Mudo Carlitos Pedrerol, fue otro caso muy singular. Músico con mucha capacidad creativa, era buscado por cuanta compañía de teatro y baile llegara a nuestro medio. El director de esa obra le entregaba las partituras apenas llegado y Pedrerol rápidamente se ponía a ejecutarlas. Para la hora del ensayo, no solamente las había aprendido, sino que lograba ponerle sus propios arreglos, que en más de una oportunidad se ensayaban, pocas horas antes de la representación. Se cuenta, entre otras cosas, que cierta vez en que le había realizado varios arreglos, el director no los aceptó, hubo un cruce de palabras y Carlos Pedrerol se retiró muy alterado, tirando las hojas al piso. Por supuesto esa noche hubo que suspender la función, hasta que al día siguiente se pusieron de acuerdo y todo volvió a la normalidad. Pedrerol tiene una amplia lista de temas creados por él, casi todos aquí donde ejerció la profesión por varios años, y tiene compuesta una marcha para el equipo de Independiente Campeón invicto del año 41, siendo la misma interpretada a la llegada de los jugadores, –viaje que hicieron en tren–, desde la localidad de Eduardo Castex. Hay otra historia de este señor, Carlos Pedrerol; Se cuenta que de ese tiempo, de cuando las salas de cines estaban asociadas a un bar, poniendo música con un piano, a veces lo acompañaban un par de violines para determinadas películas, era también frecuentes, –repito–, las visitas de compañías de teatro y baile, contratando la mayoría de las veces al músico del lugar. En esta oportunidad había sido el elegido y le entregan como otras veces, la partitura de las distintas danzas para los distintos números. Carlos como solía ocurrir, rápidamente las memoriza y les da su toque. En el momento del espectáculo, confiado en su memoria, omitió desplegar las partituras y así se fue llevando adelante la obra que durante el primer acto se desarrolló normalmente, recibiendo el aplauso del público. Pero, la segunda parte no fue tan fácil, las chicas al parecer, o no estaban bien entrenadas, o la música les había sido cambiada, por lo que no podían seguir el ritmo que el piano les marcaba, empezando las miradas de bronca entre ellas y el del piano, quien fue “juntando mugre”, hasta que no aguantó más y dejó de tocar. Se levantó y tomando las partituras que habían quedado en una silla, se retira muy enojado del lugar. La sala del Cine Centenario, –Cine-Bar-Salón de fiestas y Teatro–, quedó atónita ante el final inesperado del espectáculo. La explicación fue muy sencilla, el músico no estaba equivocado ni tampoco necesitaba de las partituras, sucedió que las chicas tenían otra música en mente, y esta, le había sido cambiada al músico, de ahí el error. Por suerte al ser aclarado el tema y haciendo los arreglos necesarios con las bailarinas, al día siguiente se pudo realizar el espectáculo íntegramente con aplausos para todos. Estas páginas sueltas de nuestro pasado, de ese pasado que tenemos tan rico en todo y por supuesto muy sabroso en anécdotas risueñas. Algunas se podrán contar, otras tal vez no porque terminaron en escándalo. De lo que si debemos dar cuenta, es de la profesionalidad de los muchachos, de los músicos en si, teniendo en cuenta que no se contaba entonces con medios de movilidad adecuados, sumados los caminos que en su gran mayoría no eran asfaltados y hasta ni siquiera mejorados, y no digo nada de cuando debían trasladarse por los caminos vecinales para poder llegar a alguna Escuela de campo, o clubes de campo que servían de apoyo para la cooperadora de esa escuela, local que además servía como proveeduría para los chacareros. Estas cosas han desaparecido en casi su totalidad, pero con seguridad estará en la memoria de muchos el chiste del caballo cambiado o puesto cara para atrás, mirando al chacarero entre la penumbra de la noche. Tiempos idos, tiempos pasados que nos permiten recordar músicos, con sus vicisitudes, pero siempre dispuestos a realizar otro viaje a dónde sea y por los caminos que hubiera. Tenía que ser muy grande la lluvia para que los pare un fin de semana, ya que los ventarrones pamperos no lograron nunca detener sus compromisos, a lo sumo los pudo demorar, más de eso no creo que les haya sucedido. Es que fuera donde fuera, los esperaban para bailar, divertirse, además había calidad de bailarines aunque la mayoría fuera gente de trabajo rudo de campo y nuestros músicos no solamente eran capaces de interpretar cualquier ritmo, sino que a veces, eran capaces de hasta bajar uvas de la parra más cercana con el arco de un violín. Otro gran músico escribió su pentagrama Realmente Erberto Edmundo Benuzzi fue uno de esos músicos que merecen algo más que el recuerdo en una página. Si bien es cierto la misma puede ser leída en cualquier lugar del mundo, creo personalmente que el mismo General Pico tiene la obligación de recordarlo de alguna manera, aunque más no sea dedicándole una calle donde los carteles de la misma destaquen su nombre. Es que no solamente se introdujo en su ser, la música, sino que la elaboró, la amó, se la entregó a quien la quisiera escuchar y además la transmitió de una manera ejemplar. Por suerte esa música siguió en sus alumnos y trascendió nuestras fronteras. Por el 2009 escribí algo que voy a transcribir, y era esto: “Hace unos días por esas cosas que tenemos, me desperté con la imagen de Erberto Edmundo Benuzzi, y todavía no sé porqué, aunque sospecho como lo más probable, que fue cuando incorporé al otro señor de la música y del piano, a don Gregorio Vicario. Es posible que por ahí, me haya venido el recuerdo de este gran tipo, al que conocí de pibe y aprendí a respetar por el hecho de que se trataba de una persona que siempre fue amiga de quien se arrimara a él, y si tenía alguna inquietud por la música, mejor aún. Cuentan los que lo conocieron desde chico, que siempre fue un alumno aplicado, perteneciente a una familia de ferroviarios, que había emigrado desde Trenque Lauquen para acá, ya que hasta allí había llegado su padre y los tíos, de la mano del viejo genovés, el señor Benuzzi por la construcción de la vías del ferrocarril, en los primeros años de 1900. El abuelo vendría a ser como fue para nosotros, don Tomás Allan. Después sus muchachos como tiene que ser, se hacen grandes y van tomando diferentes destinos, uno va a parar a Olavarría, otro a Caleufú y un tercero a General Pico, todos enganchados en el ferrocarril con diferentes tareas. Quien se instala en Pico, había contraído enlace con una joven, también de Trenque Lauquen, de nombre Dima Chiampan. A partir de ahí, comienzan la vida como piquenses, dando al pueblo tres varones, “Titín”, “el Cheto” y “el Negro”, en ese orden; y si así los nombré, es porque así los conocieron desde niños y como a tantos, así nos conocen aún de mayorcitos, aunque andemos pisando la frontera superior de la década setenta. (En definitiva ellos eran Erberto, Omar y Jorge). El mayor “Titín”, tiene que haber perdido rápidamente ese mote, debido a sus cualidades amanecidas tempranamente, aunque quienes lo trataron íntimamente lo siguieron llamando “Titín”. Digo condiciones tempranas, porque lo atrapó desde siempre el teclado, recibiendo clases en el medio. Al mismo tiempo, y cuando las aulas de la escuela quedaban en silencio, él lograba llegar hasta la sala de música, alumbrado apenas con una vela, para “robarle al dientudo, –así llamaban al piano–, poco a poco su música”, a pesar de tener que apretar el pedal “sordina” del instrumento. Entonces era simplemente Erberto, el nombre que le dieron don Marcos Tulio Benuzzi y Dima Chiampan, el día que naciera, en 1926, el 11 de marzo para ser más precisos. Fueron muy claras las muestras, y sus padres ayudados por una hermana de Marcos Tulio, resolvieron enviarlo a Buenos Aires, a casa de María Elena, para aprender todo lo que le faltaba en el “Conservatorio Gaito”. Allí encontró la simpatía de un gran profesor, director del conservatorio y músico profesional del Teatro Colón, que le dedicó horas al piquense, quien a su vez formó parte de un quinteto con actuaciones radiales, que era dirigido por Ariel Pedernera, recordado músico que después de haber actuado con el maestro Francisco Canaro, formó su propio conjunto actuando durante buen tiempo en Radio Porteña. Pedernera fue un recordado “rascador de ropero” (contrabajo) y su manera “canyengue” de interpretar el tango. Benuzzi podemos decir que no solamente recibió los conocimientos del maestro del Colón, sino que vivió muy de cerca ese tango de la noche porteña. No pudo despegarse de su General Pico y regresó con todo ese conocimiento, para comenzar su tarea docente, como músico en la escuela 64 primero y luego en la 57, donde terminó ese ciclo. En todos esos años, simultáneamente tuvo su propio conservatorio, una sucursal del Conservatorio Fracassi, que funcionara por muchos años en la calle 13 entre la 18 y la 20, para terminar trasladándose a su domicilio de calle 9 esquina 12. Como la música es algo que está en su piel, apenas llega, ocupa el lugar que deja en el piano y por propia decisión, la señora de Sánchez, en la entonces “Orquesta Maracó”, pero al poco tiempo se inicia como director de su propio conjunto, el recordado “Cuarteto Astral”, junto a un excelente bandoneonista llegado de Carlos Casares, Salvador Santángelo, que había elegido General Pico para vivir, agregándose Juan Carlos Pensa en el violín, y Ducahini en el contrabajo. El porteño, el hombre de Buenos Aires tenía y tiene una particular forma de vivir y especialmente de hablar. “El Lunfardo” en sus labios tuvo siempre un toque especial, nadie se salvó de un apodo, ni mucho menos los instrumentos utilizados para esa música “rioplatense”; el Tango y la milonga. Tenemos que decir, para hablar más claros, que un cuarteto se componía de “Dientudo, Fueye, Jamón y Ropero”. Por supuesto, no podía faltar la voz del “alcahuete” y ahí apareció la voz de Osvaldo Borthiry y un poco más adelante, la de Roberto “Tito” García. Erberto supo meter los dedos en la “Orquesta Copacabana” y también el “Trío Tango” junto a Santángelo en el bandoneón y Alberto Pellizari en violín y la voz de “Tito” García. Benuzzi fue uno de esos tipos que podía estar en cualquier lugar, en cualquier ambiente, porque era así, simple, diáfano. Era sin ninguna duda amigo de quien quisiera ser amigo de él y fue mi amigo cuando yo andaba por los diez a doce años, sin saber quién era tanto uno como del otro. Recuerdo que admiraba su estilo, su forma de mover los brazos y las piernas en la pileta de Pico Fútbol. Lo recuerdo como un excelente nadador y amigo por transmitirme alguna de sus aptitudes que sirvieron para mejorar mis movimientos en el agua. Después por supuesto, cuando fui más grandecito, lo empecé a escuchar en los bailes y en el escenario del Bar Fernández. Hay otros jóvenes que agradecen el haberse encontrado con Erberto. Me contó alguna vez Roberto Paglia que fue compañero en la Escuela 66, en la de Itria, cuando estaba en la calle 25 entre la Avenida y la 16, y la familia Benuzzi vivía justamente en uno de los chalets que los ingleses tenían para sus empleados jerarquizados, sobre la calle 16 entre las calles 25 y 27. Había una diferencia de edad, unos seis años, pero esa relación no se cortó nunca, pues con los años siguieron siendo amigos como cuando pibes. Erberto, –recuerda Roberto-, “me mejoró” dos canciones que fueron mis caballitos de batalla, los boleros “Perfidia” y “Frenesí” que llevaba conmigo siempre, y los interpretaba acompañado casi siempre por mis dos amigos, Juancito Venturucci y Cabrino, el otro Juan. En algún momento Erberto es tentado por ellos y forman un conjunto que comienza en los micrófonos de “Publicidad Claridad”, y es el mismo dueño, el recordado “Negro” Celso Acevedo, quien los bautiza con el nombre de “Páginas de América”, nombre que finalmente Roberto se lleva cuando emigra a la ciudad de Buenos Aires. De esa etapa hay para rescatar largas noches, después de sus actuaciones en casa de Roberto, en la de Benuzzi o en casa de “Pocho” Otero, comiendo el fiambre de la despensa de don Augusto, quien se integraba como uno más de la barra acompañándose con una guitarra entonando alguna milonga campera. Mientras, Erberto hacía gala de sus chistes y cuentos que al recordar de algunos no eran muy buenos que digamos, pero igualmente disfrutaba de todos esos momentos, contagiando la alegría de estar con amigos. Y como la amistad es un don que por suerte muchos sigue ejerciendo, la de Erberto y Roberto no se corta ni se deteriora por esa separación, al contrario, el pianista sufre en ese ínterin la pérdida de sus hermanos, siendo evidente que le ha afectado y ese sentimiento lo lleva a escribir música para uno de ellos, y Roberto en una de esas visitas “de pasada” que hacía con “Los Quilla”, le pone letra y pasa a ser “Zamba para Omar”. Me contó también Roberto que es una preciosa zamba, de excelente música y que sería hermoso poder recuperarla. Tuvo muchos amigos y de ellos rescato infinidad de cosas, Alberto Pellizari y Jorge Del Campo no pueden dejar de hablar, porque de él, del maestro, aprendieron mucho y por supuesto “el de ser amigos”. Por allí me aparece el nombre de Raúl Parentella, cuando junto “al Mono” Costantino asistían a sus clases de música. Hoy Raúl lo recuerda con mucho amor y me lo sintetizó así, con unas pocas palabras cuando hablé con él hace unos días; “–Fue mi gran profesor”–. ¿Se pueden agregar más palabras a estas? Creo que no hacen falta. Y me queda otro para ayudarme a “pintar el cuadro” de Erberto, y es uno que anda desparramando música de la nuestra por España, desde hace unos cuantos años; Héctor González Herrero. Y él mismo me recuerda que su vida lo llevó a sur y en todo ese tiempo se alejó de la música; “del dientudo”, repitiendo las palabras de Julián Centeya cuando nombraba al piano. Al cabo de esos años regresa a General Pico y Pellizari lo vuelve a tentar. Poco a poco recupera el movimiento de sus dedos, de su digitalización más la lectura de la música. En ese momento entra en escena, aunque ya lo conocía, Erberto, quien lo ayuda a recuperarse y mejorarse en todo. Si bien es cierto que no hay amistad “de aquellas”, los dos se respetan y Héctor lo recuerda como un tipo que para él es simplemente; “Un chico grande, sin lugar para el egoísmo ni la indiferencia”. Héctor formó parte de varios conjuntos hasta que empezó con lo suyo propio, con “el fueye” del hijo y “el ropero” de “Chango” Moiraghi. En algún lugar de varias discotecas se encuentra el trabajo de ellos y la voz de “Charles” Tomaselli. Después, Héctor “el Pelao” González Herrero, decidió cruzar el charco y allá se encuentra, con su música y su vida. Párrafo aparte para músicos que pasaron por su conservatorio, al ya nombrado Raúl Parentella, le debemos agregar el nombre de Jorge Sosa y el de alguien que sigue triunfando con la música ciudadana, “Tato” Ledezma, y es mucho decir. Nos pudimos encontrar con un amigo, con un maestro a quien muchos cantores le deben todo, –músicos que aunque no hayan trascendido–, también le deben agradecer todo lo que les enseñó, con esa claridad que muy pocos tuvieron. Cuando digo que no han trascendido es porque decidieron que sus vidas estaban aquí y que aquí seguirán sembrando los duendes que creara Erberto, en este General Pico que está lleno de música, canto, arte, de poesía y por sobre todo, de amigos. No puedo terminar esto sin agradecer a Roberto Paglia, a Héctor González Herrero, Jorge del Canto, Alberto Pellizari, “Pepe” Matilla (por su nota en el diario La Reforma), Raúl Parentella, Humberto Somoza, Dorita Miravelli, “Tito” Benuzzi, Norberto Daniel Bordino (primo de Erberto), Ellos lo conocieron mejor que yo, porque yo solamente recuerdo cómo se deslizaba sobre el agua y cómo acariciaba el teclado, llenando de música cualquier espacio, aún apretando “el pedal sordina”, como cuando “se afanaba la música para él solito” allá, en la vieja escuela de Itria, en la 25, alumbrado apenas con la luz de una vela. Otra historia de, otro músico que dejó su sello (Nota escrita para el programa de Alberto Arias, “Una mañana de recuerdos” 18-2-2009) Si decimos que este hombre a quien queremos evocar hoy, un músico que no sabía una triste nota del solfeo, los que no lo conocieron ni mucho menos lo escucharon, con seguridad van a dudar de lo que pueda contar. Pero es así y no tengo porqué dudar de la palabra de Marta, su hija, y otros muchos que compartieron otros tiempos y me brindaron datos para poder escribir, para poder recordarlo. Perteneció a esa clase de tipos, de personas que fueron piezas únicas y no son muchos para nombrar, porque se destacaron en el mundo de la música, pero desde otro lado, ya que fueron de los llamados “músicos de oreja”, pero que fueron autores de diversos temas y afinadores de instrumentos. Y para dar un ejemplo voy a nombrar uno, Oscar Alemán, el chaqueño que aprendió a tocar el “cavaquinho” y de ahí cuanto instrumento de cuerdas existen, incluido alguno de viento. Otro grande de la música como Stevie Wonder, compositor de cientos de temas de jazz, que normalmente tocaba mirando hacia arriba. Una vez le preguntaron por qué; y respondió, “Es que mis partituras están en el cielo”. Este nuestro, el que quiero traer a nuestra historia, sin lugar a dudas sus partituras estaban pegadas a su piel, tal vez su padre Antonio y su madre Carmela, cuando llegaron a “L’américa”, ya traían la “verdulera” que tocaba el hermano mayor, con la que Salvador empezó a tocar cuando era apenas un niño de ocho o nueve años. Esa “verdulera”, que habría alegrado tantas veces algún patio siciliano, de aquellos gringos que buscaron otros horizontes “del otro lado del charco”. Antonio y Carmela llegaron a Carlos Casares en los primeros años del siglo pasado y en ese pueblo se criaron los seis hermanos Santángelo. Uno de ellos, el más chiquilín, además de aprender a sacarle notas a la vieja verdulera, le fue acoplando un oficio, el de peluquero, con el que se fue ganando su subsistencia hasta pasados unos cuantos años, digamos hasta después de haber contraído matrimonio con Felisa Román y ser padre de dos hermosas niñas, Marta y Cristina. Pero la música lo envuelve, lo puede; trabaja en la compañía Nobleza de Tabacos como administrativo y con ella pasa a cumplir sus actividades en General Villegas. Lo acompaña su familia, pero también la tijera como para estirar el sueldo, y la verdulera que se estira cada vez más, para darle cabida al piano y el bandoneón, instrumentos que quedarán ligados a su persona. Pero la empresa, siempre en expansión, abre sus puertas en General Pico y aparece entonces este hombre con toda su familia y el bandoneón, para regalarnos los compases de tangos que nos estaban faltando, la esencia pura de la música ciudadana. Corría entonces el año 1951, o tal vez el 52, y en poco tiempo… ¡¡La música!! Se une, se funde, porque aparece el maestro Erberto Benuzzi que venía de Buenos Aires lleno de tango, con su conservatorio completo y aquí lo encontró a Salvador Santángelo como expresión genuina de la música ciudadana, para unirse formando tal vez, una de las agrupaciones más hermosas con que supimos contar os piquenses y una amplia zona. Con ella se deleitaron oyentes y bailarines, y hago memoria por sobre todo, porque no podré olvidar el silencio que se producía cuando “estos tipos” se subían al escenario, y los otros, de oído fino que transmitían la música por la piel para transformarla en movimiento, en cortes, en quebradas, en corridas y sentadas. Fueron hermosos años de música la que nos regalara Salvador Santángelo, ese muchacho que llegó un día a nuestro pueblo y se fundió en él, con la música y con los instrumentos. Y qué oído habrá tenido, que cuando Nobleza decide cerrar las puertas en la zona, les deja a sus vendedores Retegui y Antonietti el pueblo dividido en dos, y para él, el traslado a alguna provincia lejana ya sea al norte o bien el sur… o de última una indemnización. Elige esto último. Optó por abrir con ese dinero, un negocio que ubicó al lado mismo del diario La Reformas, por donde está el Banco de Galicia. Esta situación lo obliga a tomar con mayor ahínco, el trabajo de afinado de pianos y bandoneones. Es así como este músico “de oreja”, se convierte en uno de los más buscados para este trabajo, y aquí cabe la paradoja… ¡¡Los dejaba como un violín!! A todo esto, el Cuarteto Astral era su debilidad junto a Erberto, Pensa y Vicente Rolfi, la voz de Osvaldo Borthiri y luego la de “Tito” García. Se mantiene en ella por varios años, pero un buen día se abre y pasa a ocupar el lugar “Chichito” Agostino, Raúl Teves Loinas y finalmente Buviel, hasta que por el año 63 la agrupación se diluye, iniciando entonces la actividad otro conjunto, “El trío Tango”, con la voz de “Tito” García. En ese ínterin en que deja el cuarteto, Santángelo dedica más horas a su negocio y al afinado de pianos y bandoneones, siendo este último instrumento el que lo vincula a grandes de la música de Buenos Aires, como por ejemplo Leopoldo Federico, a quien volvía loco con las variaciones que escuchaba de Salvador, probando alguno de ellos cuando se los llevaba ya afinados, mientras el maestro “hacía el churrasco”. Por supuesto, no podía repetir la nota que había “acomodado”, porque nunca había aprendido a leer música y mucho menos podría retener en el pentagrama notas o acordes que salían de su inspiración. Todo esto ocurre así, de un día para otro y hasta parece mentira que alguna vez hubo luz entre una cosa y otra, porque “el Fueye” de Salvador, nunca dejó de rezongar porque infinidad de veces fue invitado para formar parte de un conjunto, incluido el de alguna “Característica”. Llega tras ese periodo, la formación como dije “Del Trío Tango”, del que por suerte quedaron grabaciones para que aquellos más nuevos en nuestra sociedad, no solamente crean, sino que escuchen quienes fueron “estos tipos”, que no son inventos, ni tampoco los queremos comparar “con otros de cartel”, nada más que por haber sido nuestros. No es así, alguna de las grabaciones son un verdadero testimonio, pues están realizadas con muy poca técnica y en la cocina de alguna casa o el patio de alguna de ellas, luego de un suculento asado, sin poder negar alguna copa de vino demás. En esta recordación, hablamos de Salvador Santángelo, un hombre que llegó a este mundo un 12 de abril de 1918, que aprendió a tocar con esa verdulera que trajeron sus padres desde Sicilia y su hermano mayor tocaba y guardaba con mucho amor, mientras él, en complicidad con Carmela, la tomaba en ausencia de Francisco. Después los años van modelando a las personas, las va cambiando y a veces la llevan a separarse de la gente que lo quiere, hasta que un buen día emprende otro viaje como para alejarse vaya uno a saber de qué. Salvador fue uno de esos casos, su música y la bohemia le ganaron y partió, hasta que un día 10 de enero de 1989 y luego de seis u ocho años de ausencia, una enfermedad seguida de una operación, marca el fin de sus días. Salvador Santángelo, más allá de algunas cosas que estuvieron reñidas con ciertas reglas de familia, pasó por nuestro General Pico para marcar una época de música, de cuando salían con todo a cuesta, en aquellos “colectivitos” como el de Isasti, Cervetto, Mateo, o “El Ñandú Puntual” de Rosseto, para regresar los lunes apenas con el tiempo justo como para una ducha y estar en hora para empezar la jornada de trabajo. Salvador sin duda fue un tipo fuera de serie, en la música y en la vida. Los años se encargan de cerrar algunas heridas, o por lo menos que sangren un poco menos, y por otro lado ese mismo tiempo se ocupa de realzar las aptitudes naturales, porque aquel chico que nació para la música, cometió el pequeño error de no aprender a escribirla ni a leerla, tan solo porque la llevaba adentro, y eso, lo pudieron comprobar algunos amigos cuando iban o regresaban de alguna jornada de trabajo. Uno de ellos, me cuenta que como acompañante, desenfundaba el bandoneón, empezando a tocar algo, hasta que por ahí el cansancio le ganaba y en ese momento aparecía el duende mágico que llevaba dentro de él. Después de un sueñito que duraba… segundos, continuaba a partir de la nota con que había dejado en el momento del cabezazo… ¡Ni él mismo se lo creía! Pero era así. Reconforta recordar a esta gente, a estos hombres que no tuvieron más ambición que la de agradar a quienes los quisieran escuchar… y lo lograron. Eligieron vivir aquí, refugiados entre amigos, cuando fueron músicos que muy bien pudieron haber sido actores de grandes escenarios. Pero no, ellos fueron así y nada más, con toda su bohemia a cuesta y tocando su música en el lugar que fuera. Y para esto tengo un recuerdo muy personal; Una noche, nos encontramos vagando, en un punto cualquiera de la ciudad, él, con su bandoneón; mi amigo Alberto y yo con algunas copas, desde otro lugar. Todos coincidimos en un lugar y allí mismo, sentados en el cordón de la vereda nos pusimos a dar una serenata a quien quisiera escuchar. Es que el vino tiene un punto al que hay que saber llegar, porque después emborracha, y no se puede cantar como lo hicimos con mi viejo amigo Alberto, acompañados por el “fueye” maravilloso de Salvador Santángelo, un músico de pura raza. Él no era ciego, pero miraba para adentro, cerrando los ojos para inspirarse, para leer sus partituras. (Para hacer esta reseña, debo agradecer los aportes entregados por una de las hijas de Salvador, Marta; al amigo Tito García, ya desaparecido y otros muchos amigos que recuerdan a este poeta del bandoneón). Un agradecimiento más para Marta que encontró fotos de su padre y ahora la podemos disfrutar todos. Otra fuente para citar es el diario Zona Norte, desaparecido y Cristina, sobrina nieta de Carlos Pedrerol, quien me enviara recuerdos del tío abuelo y algo de su paso por nuestra ciudad. héctor Pérez farías recopilador de historias pueblerinas general pico - la pampa (Quedan hechos los deposito correspondientes a la Ley 11723)

