Barrio: Pacifico / Tema: Deporte
Ubicación Histórica, Año:1929

"El Pipa" Eduardo Cernicharo
¡El Pipa… Eduardo Cernicharo! Buscar nombres para escribir sobre automovilismo, en nuestro General Pico, no se necesita demasiado. Ya hemos recordado a Juan Marchini, Cesáreo Castaño, Aurelio Santoro y Domingo Lorenzatti. Nos quedan unos cuantos para figurar entre las páginas de ese deporte que en otros años marcó otro ritmo, porque eran producto de los talleres del campo, de ese mecánico que aprendió el oficio engrasándose las manos, la cara, el mameluco y las alpargatas. Voy a transcribir lo escrito en el libro “Mis Personajes”, a cuyos párrafos seguramente podré agregarle unas cuantas palabras más que servirán, sin duda alguna, para mejorar esta rica historia de una familia que le dedicó muchas horas al deporte mecánico. Y digo familia sin temor a equivocarme, puesto que don Santos “Tito” Cernicharo, descendiente de esa fórmula que se dio mucho en nuestro territorio, padre italiano y madre española, formó también su familia con una descendiente de españoles. XXXXXXXXXX Hace tiempo, me propuse rescatar a gente que pasó por este puebo, cumpliendo con su condición de ciudadano, más allá de de la vida, las circunstancias o el destino, apareciera por estos pagos… ¡Mis pagos! Como el de tantos que habitamos desde hoy, hasta donde nos da la memoria. Y es esta justamente, la memoria, la que me vuelve loco, porque tal vez tenga miedo que un día nadie recuerde nada de toda esta gente, hombres y mujeres, seres anónimos que hicieron mucho y puedan quedar en el olvido. Que justamente por haber cumplido ese rol desde el anonimato, no haya placa que los perpetúe. Esas placas indudablemente deben ser nuestros recuerdos, por sus anécdotas, por su trabajo, por su paso como deportistas, sus cuentos, sus historias o esa particularidad de moverse dentro de ese mundo que les tocara vivir, pero marcando algo diferente, dejando ese duende bajo cada baldosa, o las paredes de las viejas casonas. Hubo un día que me encontré con uno de ellos, y no fue casualmente, fui a buscarlo, pero contrariamente a lo que iba a buscar, me tuve que enfrentar con cuatro generaciones abrazando con todo cariño una pasión, la de los fierros. Quise empezar por quien más conocía, porque quien iniciara esa pasión, hacía unos cuantos años que nos había dejado, para seguir compitiendo en la pista que tiene especialmente diseñada, –“el que maneja los piolines”–, allá arriba donde se encuentran jugando a correr entre el polvo de las nubes, Juan, Hernando, “el Gordo”, “el Petizo”, “El gallego”, “el Pepe Ingaramo”, “el Negro Lujan”, Ignacio García, “el Negro” Trabadelo, Ferrucho, los Bellani, Oddone, “Mingo” Pelizzari, los hermanos Vigovich, Bonilla y cuantos otros de ese tiempo y los de más acá. Cuántos de esos otros seres anónimos si los hubo, que metieron las manos entre esos “fierros calientes casi al rojo”, para que el auto pudiera seguir una vuelta más, y otra, hasta terminar. O aquel otro que se animaba a sentarse en la otra butaca, nada más que para oficiar de “acompañante”, porque otra función no cumplía. Es que en sus inicios todas las categorías eran para coches sin techo y hasta supieron competir en larguísimas competencias de ruta y alguien tenía que cumplir esa función. Las pistas de tierra no podían ser una excepción y allá iba el voluntarioso, que por otra parte no era el mismo de las competencias en ruta, pues este lugar entonces, lo ocupaba alguien que al menos supiera cambiar una rueda. Con todo esto llegué a la casa de “Pipa” Cernicharo y entre él y su mujer, fui ordenando una vida hermosa, a pesar de los contratiempos que no son de salud ni tampoco de los económicos. Eduardo José, tal el nombre de este simpático personaje, escondía no solamente una vida de trabajo, sino una vida deportiva que para mí, era bastante desconocida, amén de otra buena parte que no recordaba. Para eso fueron apareciendo las fotos, y entre mirarlas y viendo lo que ellas habían guardado fue surgiendo una hermosa charla. En principio rescato que este hombre, había nacido un 23 de diciembre de 1929 y al momento del encuentro estaba a pocos días de cumplir 75 años (fue en el 2004). Su padre como dijimos era don Santos Cernicharo, hijo de españoles pero nacido en Argentina, y su madre Dolores Payerola, hija de españoles, nacida en España, y llegada a nuestra tierra siendo apenas una niña. De esa mezcla, nacen tres hijos varones, Osvaldo Lorenzo el primero, luego Eduardo y finalmente Arnoldo Santos. Fuimos enlazando su vida, giro tras giro en este circuito imaginario, y me cuenta que siendo él apenas un bebé, sus padres se radican en la localidad de Vértiz, donde permanecen hasta que cumple ocho años y la familia se traslada a la provincia de Buenos Aires, a la localidad de Arenaza (partido de Lincoln), donde luego de un tiempo y dejando la actividad agrícola, se radican el Luan Toro, donde el monte es más espeso, dedicándose de lleno a la madera del Caldén, que por esos años tenía amplia vigencia en la industria del parquet. Al regresar a General Pico, a Eduardo se le ha pasado su tiempo de escuela primara, además ya se encuentra “enrolado” con el trabajo. Punto que no deja de recordar con bastante tristeza, pero es ahí donde aparece su mujer, haciéndome saber que no fue motivo para que en sus trabajos como contratista rural, no supiera calcular distancias, superficies y cantidades para una buena siembra y una mejor cosecha. El tiempo y su facildad para aprender lo hizo autodidacta, no necesitó de calculadores para resolver estos problemas donde dos por dos es cuatro, por dos es ocho, y por cinco, cuarenta. Las fotos en realidad me fueron metiendo en un lugar hermoso de la vida de Eduardo y su compañera de siempre. Compañera en la vida de familia, la del trabajo y la otra del mundo de los fierros. Lo acompaña incluso desde aquella “Gilerita” que vimos correr en las pista de tierra o circuitos callejeros de un General Pico con la locura de las motos, con Campagno, Ollo, Gariglio, Brunengo, Lamberto, Mendicoa y tantos otros. Pasando incluso por aquellos bichitos molestos y zumbadores llamados “karting”, hasta que por los años 70 incursiona en la categoría “Ford T, Semi preparado” y también en la otra denominada “Cafeteras Monomarcas Ford T” Ahí tuvo Eduardo su época de esplendor. Antes, supo acompañar a “don Tito”, en las viejas “Limitadas 27”. Por esos años también supo entreverarse en desafíos, donde los billetes corrían por afuera sin que nadie los pudiera controlar. Esos duelos fueron muchos, pero el que más se recuerda es el de, “Un avión, un caballo, un coche Súper Sport y una moto”. Demás está decir que cada uno tenía su distancia para equilibrar la de otro. Este desafío lo ganó nuestro amigo al mando de su recordada Gilera. En cuanto a sus mejores triunfos los logra con el “Ford T” semi preparado, que todos conocían con el nombre de “La Palangana” y también “La Tortilla Voladora”. Fue ganador de la categoría en la temporada 1972 y subcampeón en la del 73, compartiendo tiempos con el karting y cuidando su estado físico, sobre una bicicleta de competición, por las calles de tierra de Agustoni, donde estuvo radicado por muchos años. Allí se solía ver, de pantaloncito corto, pedaleando firme para mantenerse en estado. Ya sabía que para competir, la cuestión no era solamente manejar bien o controlar el vehículo en velocidades máximas, para eso también es necesario estar mental y físicamente bien, para poder responder a las exigencias de rivales y terrenos. Después las obligaciones lo llevaron al camino que nunca había dejado, pero al que supo restarle algo más del tiempo que corresponde, por atender justamente esa gran pasión. Es que la legión de amigos, no solamente la familia, lo obligaba a mantener esa atención. Amigos de valor, no solo moral, sino de otros valores que fueron de gran ayuda para la reparación, como don Héctor Ilariuzzi, o la firma Succitti Ábalos. Esta última en la persona de Rufino Ábalos, otro apasionado de los fierros. Esa pasión se traslada a sus hijos, uno de ellos tomó la posta y ahí entramos en “una penumbra”. Es una parte de la charla que ninguno desea enfrentar, porque el dolor de haber perdido un hijo mientras competía, es muy difícil de olvidar. Pero no fue motivo para detenerse. A pesar que la descendencia es casi toda femenina, nos encontramos con que esas niñas, fueron animadoras de grandes veladas de karting. Ahí se les caen las babas a los dos abuelos juntos. Ambos recuerdan que la vida los llevó por una vida de trabajo, pero con un afirmado de tuercas, pistones, válvulas y bujías. Desde siempre. Pasó otra etapa por el taller de la 32 y 15, que se mantuvo abierto por más de veinte años, para ser utilizado por las maquinarias que servían para realizar los trabajos de siembra y recolección de granos, y finalmente, los pequeños “fierros” que corrían sus nietas. La vida le dio grandes satisfacciones, como cuando en una pista se encontraron las cuatro generaciones. También tuvo una dolorosa experiencia pr esa misma pasión tuerca, pero ni Catalina, ni Eduardo y mucho menos yo, deseamos tocar. Es algo que está ahí, pero no me atrevo, no me encuentro capaz de recordar, ni siquiera de paso, porque es como si les pidiera que me revelen el gran secreto. A pesar de conocerlo de muchos años, esta visita me ayudo a conocerlo un poco más en su domicilio, en su reducto, junto a su esposa, Catalina Irma Martínez, de los Martínez que tenían fábrica de mosaicos detrás de la vieja cancha de Ferro, la “de las tunas”. Es de esa gente que pasó por un General Pico cuando se trabajaba, se practicaban deportes y la familia se reunía detrás de quien llevaba la bandera de líder. Aquel pueblo de puertas abiertas a la amistad y a la vida. En este caso era quien había tomado la posta de trabajo y deporte del viejo “Tito”, aquel que una vez le dijera al amigo Hernando… “Eso es para que veas que también hay petizos que juntan agua”. Esta es mi manera de recordar a este duende que dejó escritas páginas de historia en nuestro deporte. Eduardo, “Pito”, o “Pipa”, Cernicharo fue otro muchacho nuestro, de esos que como decía su padre, pueden juntar agua aunque sean de baja estatura. Eduardo dejó además un legado muy lindo a sus hijos y nietos, la responsabilidad por el trabajo, el amor por el deporte y por sobre todo el amor por la familia. Fotos propias y fotos cedidas gentilmente por Ricardo Cernicharo héctor Pérez farías general pico – la pampa Eduardo José Cernicharo, falleció en General Pico el día 26 de octubre de 2013, a los 83 años.



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