Barrio: Centro / Tema: Salud
Ubicación Histórica, Año:1930

Clínica Regional
REFERENCIAS SOBRE LA CLINICA REGIONAL Surgió en un momento, debido a recuerdos entregados en una de nuestras reuniones, reflotar la historia de un lugar ícono de nuestro pueblo. Entonces recurrimos a la memoria de una persona que tuvo un paso interesante por ese lugar, el señor Horacio A. Samarich quien nos cuenta cómo era ese edificio que contiene a la Clínica Regional de General Pico. Esto es lo que Horacio nos contara hace un tiempo: “La fecha de inauguración data del 20 de noviembre de 1938 y fue ubicada en la esquina de la calle 9 y Avenida San Martín siendo los primeros médicos los doctores Anselo J. Palau, Jorge Shaponick, Carlos Lubetkin y Silvio Galleti, radicados en la ciudad y los doctores Ricardo Levalle, Carlos Gutierrez, Armando Bevagna y Emilio Guzian radicados en Buenos Aires. “Había un personal estable que ocupaban lugares esenciales como la señorita Angelita Lamberto, ecónoma y jefa de personal, el señor Luis Frattini, administrador, la señorita María P. Vázquez, partera interna y el señor Martín que obraba como cobrador de la Mutual, abierta en forma paralela, con el objeto de recaudar fondos, al tiempo que esa gente recibía atención médica diferenciada”. “El edificio se destacaba por su grandiosidad, pues para sostener esa estructura se la dotó de subsuelo, planta baja y dos pisos. En esos años pocos eran los que superaba la planta baja. El acceso al interior estaba sobre la calle 9 en un sector en el cual había un mostrador donde se atendía al público y detrás la Administración. Saliendo de allí, por un pasillo se accedía a los consultorios que ocupaban un sector sobre la calle 9, pero si continuábamos en dirección de la Avenida, nos encontrábamos con el ascensor que entonces no dejaba de ser novedad pues no existían más de dos en el territorio pampeano. El mismo poseía la característica de ser especial para transportar camilla para el enfermo y al menos dos personas que acompañaban. Realmente fue algo nuevo y la gente cuando pasaba no podía dejar de detenerse para satisfacer su curiosidad. A continuación un consultorio y pegado al mismo el acceso al montacargas que comunicaba directamente con la cocina que estaba en el Primer piso. Este equipo era utilizado como es de suponer para uso exclusivo de la cocina, por él se movía la comida para los pacientes internados y se elevaban las provisiones”. “Continuando con el acceso y siguiendo siempre paralelos a la avenida, venía un sector donde existía una sala no muy grande que cumplía la función de internación de pacientes con camas compartidas. Frente al ascensor y separada por un pasillo, la elegante escalera en forma de caracol que llevaba a los pisos de arriba y también se podía acceder al subsuelo. Un poco más a la derecha nos encontrábamos con la sala de Rayos. Sobre la calle 9, al final del edificio, había una puerta, una entrada que daba a un patio con una inmensa glicina y desde ese lugar se podía llegar a otra puerta por donde tenían acceso personas que por algún motivo de mantenimiento debían ingresar. Por el mismo lugar se daba salida a quienes habían dejado de existir”. “SI NOS UBICAMOS EN EL PRIMER PISO; tanto el ascensor como la escalera desembocaban a un pasillo que los enfrentaba, y, como si deseáramos continuar hacia la calle 9, nos íbamos a encontrar con las habitaciones de internación individuales y una especial, la número 10 que era la única que tenía baño privado y acceso al balcón que daba a la esquina misma, la ochava, desde donde se podía ver la Iglesia, Plaza, Municipio y Comisaría, otro de los pocos edificios que superaban la planta baja con un piso superior”. “Hacia el otro sector, caminando ahora en línea con la avenida San Martín y pasando la boca del ascensor, nos encontramos con el Laboratorio. Pegado a la cocina, pero separados por un pasillo, se encontraba el dormitorio de la Jefa de Personal y el de la Enfermera Principal o Primera enfermera, con un baño compartido. El pasillo donde se ubicaban estos dos dormitorios terminaban en una puerta que daba a una de las terrazas”. “EL SEGUNDO PISO: estaba ocupado por el quirófano, que se destacaba por la pared de la ochava del edificio, construida con ladrillos de vidrio para absorber cuanta luz fuera posible, contando además con instrumental de avanzada para la época. Pegado a ese quirófano estaba el ascensor y una habitación donde se ubicaba al paciente que iba a ser intervenido”. “Ahora volvamos a la planta baja, para poder acceder al subsuelo, lugar donde se encontraba la caldera que abastecía de calor al edificio por una cadena de radiadores distribuidos estratégicamente. Un inmenso motor eléctrico que servía para mover las poleas del ascensor y el tablero de alimentación eléctrica para todo el edificio”. “Entre otras cosas para recordar, digo que después de inaugurada la clínica, la misma fue provista de una Heladera de cuatro puertas, a la cual hubo que hacerle un lugar pues era algo no previsto en el diseño. Lógicamente se la ubicó frente a la cocina”. “Hasta aquí he tratado de hacer una descripción del edificio en sí, edificio que por otra parte era único en la zona, con materiales que se incorporaban a la construcción y eran de primera calidad, tal es así que hoy, a 77 años que la traigo a la memoria (Esto fue escrito en 2015), y a pesar de las grandes reformas a la que se vio expuesta, aún se mantiene en pié”. “Me ayuda a este relato, un ejemplar del Diario La Reforma del día 19 de noviembre de 1938, en el cual se registran cosas interesantes del momento. Las calles eran conocidas por nombres y la Plaza respondía al nombre de Plaza Alsina, mientras la Avenida era todavía Boulevard Alsina, destacándose en ese diario la opinión de la gente, entre la que se contaba la del Intendente doctor Juan Carlos Neveu. Lamentablemente el paso de los años hizo que se perdieran varias de las hojas, apareciendo en la página 5, la foto de mi tía Angelita Lamberto. De todas maneras lo que quedó es de mucho valor, porque es una pintura que nos lleva a esa época”. “En materia de salud y paralelo a la Clínica Regional, funcionaba el Hospital Centeno, en la calle 10 esquina 1. Al habilitarse, cierto personal de enfermería, pasó a incorporarse a esta clínica privada”. “DESPUÉS DE ESTOS PRIMEROS RECUERDOS; voy a tratar de enumerar algunas cosas que sucedieron en el lugar, como parte del anecdotario de experiencias vividas dentro de La Clínica!”. “Nací en el año 1937 y al lugar comencé a conocerlo a la edad de 4 años y con ello, a los médicos que para mi eran como personajes de novela. El lugar me marcó para siempre, y mi segundo nombre, Anselmo, estaba puesto en honor al doctor Palau. Recuerdo que con mi madre sabíamos llegar por las noches, tal vez el atardecer, a visitar a su hermana Angelita, que estaba a disposición en ese lugar, las 24 horas, pero tenía, siempre que no hubiera alguna urgencia, horas disponibles para atendernos, más en épocas de verano y no tanto en invierno que nos acortaba las visitas pues no contábamos con medio de movilidad. Como es obvio, en mi niñez, eso era una aventura, primero porque en el lugar podía disponer de pequeños gustos como por ejemplo postres que eran preparados con exquisitez para los internados, aunque también sabía deleitarse algún médico o enfermera. Al regresar con mi madre, solíamos pasar por la Confitería y Panadería Belvedere, que estaba ubicada en Avenida entre calles 13 y 15, donde mi madre compraba un helado que solíamos compartir camino a nuestro hogar”. “En ese lugar el doctor Martínez atendió una dolencia de amígdalas en forma urgente, ya que mi tía tenía un convenio con los dueños, encargándose de la comida de los pacientes a cambio de un dinero por cada uno. Además, recibía el sueldo como Jefa de personal, haciendo que estuviera económicamente bien”. “De su mano conocí la casa del doctor Carlos Lubetkin y a su hijo de nombre Octavio. Entre la esposa del doctor y mi tía, había una excelente relación que se ampliaba al mismo Lubetkin, quien obraba de consejero económico de Angela. De allí dependió que alguna vez ambas mujeres hicieran un viaje a Bariloche, para hospedarse en el mismo Llao-Llao, siendo estos viajes y esa estancia, una demostración de “buen pasar”. “La relación tan cercana con mi tía, me significó recibir todas las vacunas disponibles y la atención rápida en cualquier tipo de accidente que sufriera, por causas propias de juegos de chicos”. “Siendo ya mayor, me encontré en el Hospital Italiano, en Buenos Aires, con una señora que había sido mucama en la Clínica. Ahora ocupaba un lugar de enfermera puesto que su estancia en la ciudad se debía a la realización de cursos especiales para ejercer esa profesión. Habíamos llevado a la madre de mi esposa, para una intervención en aquel lugar. Fue muy grato volver a ver a esta señora y que al mismo tiempo me recordara de cuando traviesamente entraba a la Clínica con las zapatillas llenas de tierra sobre el piso que estaban limpiado”. “Esa Clínica me dio la oportunidad de conocer a gente inolvidable, personajes que fueron del pueblo, como Leticia Viga, una mujer que provenía de las filas del Hospital y pasó a vivir en el lugar junto a su hija. Leticia con su capacidad dentro de la enfermería, hacía que fuera considerada, como una excelente profesional. Esta mujer era una verdadera samaritana y una mujer bien de pueblo, lo demostraba además en los momentos de esparcimiento, cuando en los bailes sabía ser pareja de los mejores bailarines del lugar, como Álvarez y “Toto” Camino entre otros”. “De las cosas curiosas de esa Clínica, se destacaba una poderosa linterna de ocho elementos que era utilizada para emergencias, cuando debían salir por alguna emergencia. Pensemos que no había ambulancia y la usina entregaba fluido eléctrico hasta la una o dos de la mañana”. “Disfrutar del paseo a la Clínica duró un período corto, ya que tanto Angelita como mi madrina, resolvieron trasladarse a Buenos Aires, pues con sus ahorros compraron un Petit Hotel que alquilaron a estudiantes de la localidad y zona que se trasladaron por estudios universitarios”. “Entre esos recuerdos y que sirven para un anecdotario, puedo contar que; El servicio médico, alguna vez tuvo que atender a personajes tales como el mismo Vairoletto, y otras emergencias domésticas bastante graves. En una oportunidad llegó alguien bañado en sangre, pues su mujer, aprovechando que estaba durmiendo en el patio de la casa, en pleno verano, tomó un hacha para terminar con una serie de desavenencias. La cabeza resistió bastante, menos el catre que por la fuerza del golpe se rompió y con eso evitó que la mujer le partiera la cabeza del hachazo. El hombre murió muchos años después y no por esa herida que solamente le sirvió para que se ganara el mote de “Hacha brava”. “Luego de la partida de estas dos mujeres a Buenos Aires, perdí el contacto con la Clínica, la que recién volví a visitar cuando ya pase a ser empleado del ferrocarril y allí recibíamos la atención médica. Después se abrieron las puertas del Policlínico y entonces ya no volví, salvo para hacer alguna visita por algún amigo que pudiera estar internado”. “Hasta aquí, un recuerdo del edificio que cumple la función de Clínica Médica, hoy con adelantos que llegan hasta trasplantes de órganos y cuenta con numerosas habitaciones para internación y tecnología acorde a lo que pueda presentarse en materia de enfermedades o accidentes”. Memorias estas de Horacio Anselmo Samarich, a quien agradecemos su inestimable colaboración. XXXXXXXXXXXXXX TÉCNICAMENTE SOBRE LA CLÍNICA podemos hacer estos aportes. El edificio fue un proyecto del Arquitecto Rosendo Martínez y nace luego de una historia, propia de gente que se fue radicando con intenciones de formar una población y que la misma fuera dotada de cuanto adelanto fuera apareciendo. El armado responde a la forma de monobloques, asentados en una veintena de plataformas de cemento armado, todo asegurado con una banquina del mismo material y más de veinte columnas con ochenta y cinco vigas y treinta y cinco lozas. Luego se fue insertando todo cuanto los planos marcaban destacándose el ascensor que por muchos años fue motivo de atracción para los transeúntes piquenses. Había nacido como Mutualidad Médica porque venía con esa denominación, el motivo era que los doctores Anselmo J. Palau, Andrés O. Gamundi, Ricardo Levalle, Carlos Lubetkin y Jorge Schaponik, la había fundado como tal el 1º de octubre de 1932, en un viejo local que perteneciera al doctor Morales Macedo, ubicado en calle 19 entre las calles 24 y 26, ocupando prácticamente toda esa esquina. El doctor Morales Macedo era un refugiado político, peruano, que vino a General Pico en 1928 junto a su esposa, partera, instalando en ese lugar el primer sanatorio que hubo en la localidad. Se sabe que años más tarde, cuando este médico recibió noticias que ya podía volver a su tierra, por haberse firmado la amnistía correspondiente, le vendió los derechos a los médicos arriba citados. El edificio de aquella vieja clínica, había sido construido en su momento, para poner una fonda por el año 1910 aproximadamente, pero al poco tiempo don Enrique Penaccio se vio tentado por una oferta y lo canjeó por una isla en el Paraná. La historia continúa como todo aquello de esos primeros años, quien hiciera la operación, – don Ángel Stafforini–, manejaba importantes negocios relacionados con el cuero, la suela especialmente, al poco tiempo mandó a rematar el edificio, pero como hubo problemas con los títulos de propiedad, no se puede realizar y nadie se presenta para ofertar. Finalmente el edificio es demolido, vendiéndose los materiales al mejor postor. Así culmina la historia de ese edificio y la Mutual, que se reinicia en forma pujante en las nuevas y modernas instalaciones, acorde a los momentos de empuje que se estaba viviendo. De esta manera hemos podido sintetizar lo que es la Clínica Regional de General Pico, un ícono para la ciudad. Un ejemplo de pujanza. Fuentes consultadas; viejos recortes del diario Zona Norte Fotos rescatadas de viejos periódicos diario La Reforma Cristian D. Rodríguez Mayo de 2015



  ( 695 )