Barrio: Centro / Tema: Personajes
Ubicación Histórica, Año:1928

A. Gobbato/V. Marsero Capítulo Tres
A continuación dos personajes que fueron los primeros “cancheros” del parque de Pico Futbol Club, don Ángelo Gobbato, y el Club Sportivo Independiente don Victorio Marsero. xxxxxxxxxx Como parte de aquella invasión de cosecheros, de aquellos que venían a “hacerse l’america”, este “gringo” con su mujer, llegó hasta nuestra pampa, previa escala en la selva brasilera. Allí solamente hubo trabajo, y por supuesto, trabajo nada sencillo, ya que también tuvieron que aprender a vivir con gente que llegaba especialmente desde el África, contando además con “bicharracos” que no conocían. Finalmente, siguieron los consejos de un amigo que se había venido para las “pampas argentinas”, y continuaron después de algunos años, con su viaje migratorio. ¡¡QUÉ LUJO!! DESDE VENECIA A NUESTROS CANALES DE ARENA. Hay cosas que no puedo entender. Por qué, muchas personas, a lo largo de la humanidad, dejaron sus lugares habituales. En algunos casos está claro, ya que el hombre primitivo estaba en movimiento buscando lo mejor para subsistir. Pero ese mismo hombre luego de muchas, de innumerables generaciones, fue armando ciudades, dominando a otros hombres y así, en ese revoltijo, fue llegando a este siglo que terminamos hace unos años, de donde rescataré al personaje de esta historia. Si me remonto a 1923, encuentro pormenores para destacar, pero no tanto como para que la gente haga abandono de su tierra, para radicarse más allá del Adriático; atraviesa el Mediterráneo y finalmente “el gran charco”, para venirse desde Venecia, su ciudad, hasta una región mediterránea, selvática, y “llena de negros”, como decía doña Luisa, que llegaban desde el África. Este “gringo” a quien me quiero referir, se internó en el Matto Grosso, a desmontar junto a esos esclavos, para luego plantar café, juntar, ventilar y clasificarlo. Lejos de la Venecia con sus limpios canales y la arquitectura que data desde su formación, allá por el Siglo X. No encuentro mayores excusas como para salir de aquel lugar, salvo que el coletazo de la guerra recién terminada, estuviera impidiendo cualquier posibilidad de mejora, o su lucha entonces con Grecia, o con Benito iniciando la época del Duce. De cualquier manera el gringo dijo un día, ¡”nos vamos”! y la gringa de ojos azules lo siguió con una niña de dieciocho meses en brazos. Y por si fuera poco, “la mamma” del gringo. Pasaron algunos años. Brasil evidentemente no era para ellos, solo pudieron acumular como capital, otros dos hijos. Un buen día, cansados ya de laburar y laburar, reciben una carta de otra tierra, más al sur, lejana y entre mares de arena. Era del amigo de toda la vida de Ángelo, don Pellizari, radicado en un pueblito de la pampa Argentina. Le decía en ella que el clima no era muy santo, que ya se empezaba a notar la seca, pero había buen trabajo y podía ganarse dinero suficiente para vivir, armarse de una casa y mejorar su vida. Los dos venecianos, con tres críos, el último de apenas tres meses, hicieron su viaje a Buenos Aires y de allí a General Pico, porque llegados a Estación Once, le erraron de tren y por lo tanto al amigo, pero Pico los recibió y los cobijó hasta el final de sus días. Desde ese lejano 1928, la luchó duro, haciendo lo que viniera, incluso levantando su propia casa, (aún la podemos ver), en calle 20 entre 27 y 29. El tiempo fue pasando, hasta que en los primeros días del 38, su destino fue el parque de Pico Fútbol, a quien le dedicó el resto de su vida. Don Ángelo, nuestro gringo de la historia, no dejó de trabajar un solo día, hasta que en el invierno de 1951, un accidente lo dejó inutilizado. Había ido aprendiendo los secretos de la forestación, con injertos posibles, y los practicó a lo largo de quince o veinte años, cuando, luego de probar más de un trabajo, recaló en ese querido y recordado parque, con Luisa, sus chicos y “la mamma”. La vieja manzana enmarcada entre calles cinco, tres, Boulevard Alsina y dieciséis, se fue convirtiendo en un lugar maravilloso por las manos del gringo quien, además, arreglaba las viejas pelotas de fútbol y hasta los botines de fútbol, aquellos que parecían suecos de madera. Allí disfrutamos de la sombra de fresnos, pinos altísimos que se iluminaban ara navidad. Moras con sus frutos riquísimos. Canteros inmensos de flores, de rosas rojas, blancas y hasta las “rococó” con su perfume. Magnolias que daban grandes flores blancas en toda la altura de la planta, produciendo un efecto cautivante a la vista de todos. Más atrás, en el rincón de la dieciséis y cinco, espesa sombra para refugio de los pelotaris. Todo alrededor de la manzana, un cerco de ligustrinos y los canteros marcados con ellos, cortaditos como con escuadra. La cara del sur oeste estaba protegida por eucaliptos… Y todo, todo eso era regado especialmente en verano, por una serie de canales, donde corría el agua de la pileta de natación. ¡Y ahí está el secreto del por qué se alejaron de su tierra! Ángelo y Luisa soñaron con una Venecia propia para regalarnos y aquí encontraron el lugar e hicieron del Parque la primitiva laguna con islotes, donde finalmente se formara la ciudad. Todas las semanas, durante una noche y un día, podíamos andar entre senderos verdes y floridos, mientras el agua circulaba por canales artificiales entre alcantarillas y compuertas que iban regulando el líquido. Don Ángelo nos dejó hace cincuenta años (corrijo el original, son ahora 68), luego que su cuerpo no resistiera más, por la fuerza del golpe mientras podaba los eucaliptos de la calle 5. Hoy, a tan solo esos años, quiero traerlo hasta aquí, para presentarlo a quienes no lo conocieron, como un trabajador. Otro artesano que nos regaló por muchos años, ese pedacito de tierra lleno de verde, con flores multicolores, donde solamente se podía practicar el deporte de vivir. *Del libro Mis Personajes* (La familia Gobbato se conformó así: don Ángelo, doña Luisa, y los hijos Norma, Enzo, Bruna y Omar, viviendo por años en la Casa que estaba en la esquina de Avenida y 5, de la cual desconozco si hay fotos que la recuerden) xxxxxxxxxx A continuación recordamos a otro artesano de estos parques, don Victorio Manuel Marsero. Otra persona que comenzó estas actividades en los principios del Club y por muchos años. ***Muchas veces me pregunté por el origen de este hombre, a quien conocí desde muy chico, cuidando las instalaciones, sino mejorándolas todos los días con toques de pintura, poniendo nuevos canteros con flores y todo lo necesario para que cada cosa fuera alegría, a la vista de los socios que día a día concurrían para la práctica de diversos deportes. ERA UN CHARRÚA… Vivió en pagos Ranqueles, pero terminó Mens Sana Dicen que recordar es una manera de sentirse vivo, por lo tanto vivo recordando a nuestra gente, a todos aquellos que formaron parte de nuestro pueblo, a los que por supuesto alcancé a conocer en momentos determinados, ya sea en mi niñez, adolescencia, y después; porque la vida nos va regalando personajes que algo hicieron para que nuestro pueblo tenga un firmamento propio lleno de estrellitas, donde por cada agujerito nos miren; pintores, deportistas, poetas, músicos, cantores, “cachafaces” y caraduras, cuentistas y cuenteros, pero también laburantes, nada más que sencillos laburantes. Tal vez este que aquí recuerdo, no haya sido personaje, pero tenía y seguirá teniendo la categoría de persona… Un hombre, padre de familia y laburante honesto, porque no podía ser diferente. Llegó a este mundo desde un hogar honesto. No se habrán imaginado nunca sus viejos que una vez arribados al Uruguay, después de una larga travesía en barco que emprendieron desde la lejana Italia, que en estas tierras rioplatenses iban a dejar la semilla de este tipo, un hombre con ganas de cambiar, uno de esos que andan sueltos sin buscar el futuro, porque era de esos que llevan el futuro puesto. En los primeros años de 1900, la Argentina se iba “desparramando” gracias a los ferrocarriles, y las tierras pampeanas lo llamaron. Luego, los añosos árboles únicos en el planeta, los Caldenes, le enseñaron a manejar un hacha. Las grandes locomotoras usaban esa leña para combustión, aunque fuera reemplazada alguna vez la leña por las cabezas de girasol, cañas y cuanta cosa sirviera para quemar, ya que el árbol símbolo de los pampeanos se fue a pelear a una guerra, alimentando con su calor las grandes calderas de grandes barcos y maquinarias inglesas. El aumento de mano de obra cada vez mayor, permitió que entre tantos inmigrantes se apareciera un “yorugua” con sangre italiana, en un pueblo de nuestro monte pampeano, donde además, los grandes rollizos tenían también destino de parquet e incluso de afirmado de calles de grandes poblaciones como Bahía Blanca, Rosario o Buenos Aires. Don Victorio Manuel Marsero se largó con su mujer ylo poco que tenía, sin pensarlo. Le fue dando duro al Caldenar y los hijos fueron naciendo en el pueblo de Rucanelo, como “Pelusa”, que lleva su nombre, Victorio, y llegó en tiempos en que La Pampa pasaba una de esas épocas duras como fueron los años ’30 de ese siglo. Era claro que el esfuerzo, no iba a dar más frutos que otros hijos, y entonces resuelve con Rosa, trasladarse a otro lugar, donde al menos hubiera agua y otras posibilidades para todos. Por eso lo vieron las calles del Barrio este, el barrio de Las Ranas de General Pico, donde se instalaron transitoriamente. Para esto corría el año 1937. En el viejo Hotel Pico, aquel de tanto lujo enclavado en 17 y 20, Victorio empezó a trabajar casi inmediatamente. Eran seis bocas a alimentar, más su mujer que cuidaba de todos sin descanso, hasta que llegó una oferta de trabajo que aceptó casi sin pensar, porque además se le brindaba la posibilidad de tener casa, humilde casa de chapas, pero a la sombra de plantas nuevas. Ese destino fue el Club Sportivo Independiente, donde todo era nuevo, el campo de fútbol, la pileta de natación, cancha de pelota a paleta, y las de tenis, donde una de las pioneras Josefa Betelu, desplegara su elegancia con la raqueta. Era como un recinto que necesitaba para ver crecer a sus hijos, bajo el lema que el maestro Petit había impuesto en la fundación del club… “Mens sana in Corpore Sano”. Allí lo conocimos a don Victorio en toda su humanidad, que no precisó ser voluminosa para ser grande, poniendo nuevas plantas, cuidándolas. Alegrando a todos con flores, manteniendo limpia y ordenada las cuatro manzanas que comprendían el parque, más las instalaciones para los deportes, y otras que se fueron agregando. La compañía de sus hijos, fue determinante para que todo luciera limpio. Este inmigrante uruguayo, con sangre italiana, nos dejó el sentido del respeto y el orden, porque el amplio terreno era ejemplo de eso. El orden lo daba casa cosa en su lugar. Las canchas de lo que sea, siempre listas para ser usadas, y las plantaciones en orden perfecto, indicando el respeto por el deportista. Lo recordamos como un personaje, porque siempre llamó la atención su empecinamiento por presentar todo en orden, hasta que un buen día, del año 1956, o tal vez 1957, decidió su retiro y se cruzó ahí nomás, al otro lado de la Avenida, donde con gran esfuerzo y la ayuda de sus hijos, había levantado su propia casa. Luego se dedicó a la venta de billetes de lotería caminando las calles, sabiendo que había cumplido no solamente con él, sino con toda su familia y con Rosa Elena, su compañera de siempre, y los hijos, que también pueden reclamar “la mitad del club”, porque aunque no les pertenezca materialmente, les pertenece por haberse incorporado a la legión de “los coloraditos de Petit”, de la mano de un trabajador que dejó veinte años de su vida, para orgullo de muchos piquenses y mío también, que aunque sea de la contra, pido un aplauso a través del tiempo por sus ganas de hacer las cosas siempre bien. “Del libro Mis Personajes”. (Estos dos hombres, uno en Pico Fútbol y el otro en Independiente, marcaron muchas reglas nada más con su trabajo. Allí aprendimos los chicos de aquellos años que había puertas de acceso, que las plantas estaban puestas para reparo y sombra, y que si había algún “tacho”, era para tirar allí los papeles o cualquier desecho. Seguiremos con otros dos personajes poco recordados, pero que vale la pena que ustedes, los que “vinieron después”, los conozcan). Héctor Pérez Farías Recopilador de Historias pueblerinas Miembro de la Junta de Historia Regional General Pico Fotos facilitadas hace tiempo por familiares de don Ángel. No pude encontrar una foto de don Victorio, se las debo.



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