Barrio: Centro / Tema: Personajes
Ubicación Histórica, Año:1948
Poroto Escribano Mario Malvica C. 8
Capítulo Octavo Otros tres personajes hermosos de nuestro General Pico de hace unos cuantos años, “Poroto” Escribano, “Colita” Hernández y don Mario Malvica. Distintos uno de otro por supuesto, pero los tres están grabados en las retinas de muchos. xxxxx Si tengo que decir la verdad, desde cuando lo conozco, no puedo, ya que lo conocí cuando era tan solo un chico. Él era más grande que nosotros, más grande en cuerpo y edad. SE LLAMABA ALBINO DANIEL… Nosotros lo llamábamos “Poroto”. Nuestro lugar fue siempre el baldío de la calle cinco, entre el Boulevard y la calle 18. Ese terreno de cincuenta de fondo por treinta de frente, fue todo para nosotros. Nuestro pueblo, nuestra pampa, nuestro país y hasta nuestro mundo, porque nos servía para jugar a la pelota, fue cancha de bochas con naranjas silvestres… “barriletódromo” y cuanto juego hubiera que hayamos aprendido. Por supuesto, con código y reglamento propio. En el verano nos trasladábamos al Parque de pico Fútbol y ahí teníamos nuestra selva, entre jardines, plantas, ligustros y cuando se producía el desagote de la pileta, contábamos con canales y los piletones de los jardines bajo nivel, para chapotear sin ninguna clase de peligros. La pileta misma, era para nosotros un inmenso lago con profundidad para cualquier clase de buceo, ya sea por algún juego, o para demostrarle a quien nos desafiara a buscar una moneda en el fondo. Aunque fuera en la parte más profunda, allí, donde después de varios días se juntaba la tierra, con las finas hojas y semillas de los sauces llorones que se encontraban en uno de los laterales. Lo aprendimos todo, pero hubo uno entre nosotros, un chico como dije, unos años mayor que nosotros, que nunca pudo aprender nada. Estaba con nosotros y se divertía igual. Hoy a esa gente las llamamos, “Personas con capacidades diferentes”, antes no tenían esa denominación y los llamábamos, sin saber porqué, nada más que “loquitos”. Por lo menos nosotros lo llamábamos así con nuestro cariño sin ningún intento de ofensa. Albino Daniel habrá llegado a Pico, tal vez siendo un niño, yo no lo sé. A lo mejor, antes de cuando nos fuéramos a vivir a ese barrio. La verdad es que no lo sé, y hasta dónde puedo recoger datos, muy poco me pueden informar, pero eso no importa. Pertenecía a una familia de españoles, de las tantas que llegaron a un General Pico que ofrecía trabajo, y su padre tenía un oficio de esos que se buscaban mucho. Todavía lo recuerdo, bandeja en mano, sirviendo las mesas de algún hotel… De aquellos hoteles con clientela seleccionada. Había llegado con uno de sus hermanos, que supo tener taller de zapatería, y algún chiste que otro se tuvo que aguantar, por le hecho de ser “rengo”, pero recuerdan que tenía muy buen humor. Este hombre no soportó demasiado los vientos pamperos y se volvió para Buenos aires. La familia de Albino Daniel, se quedó hasta cuando éste fue un joven como de dieciocho años, más o menos. El padre siguió con su oficio de mozo de Hotel, que funcionaba también como bar, por lo que había trabajo durante todo el día. Mientras, la mujer atendía la casa como lo hacían la mayoría de las mujeres de esos años, criando a los hijos que fueron cuatro, dos varones y dos mujeres. Albino se fue arrimando a nosotros, poco a poco, y terminó siendo uno de los nuestros. Aunque más torpe, fue igual de los nuestros, y el hecho de que no participara de la mayoría de los juegos, no quería decir que lo hiciéramos a un lado, al contrario. De todos en el que más participaba era en el de remontar barriletes, aunque éramos nosotros los encargados de hacerlo y remontarlo. Con la punta de la madeja atada a algo fijo, así se lo entregábamos por las dudas, porque a la hora de mandar mensajes, su coordinación no le permitía hacer dos cosas al mismo tiempo, y el barrilete se le iba de sus manos. A veces el palito se enredaba en algún lugar y eso nos ayudaba, con rápida carrera, a recuperarlo, pero si el viento nos superaba y no se enredaba enseguida, casi seguro que terminaba en los cables de la corriente eléctrica, provocando explosiones que servían para que los conductores se cortaran, ya que eran de alambre descubierto… ¡Qué apuro nos agarraba! Porque detrás de eso había bronca de los vecinos y a veces llegaba primero “el can” que estaba de guardia en la comisaría… ¡Calculá el tiempo, estaba a solamente dos cuadras! El apuro por recoger los barriletes, batía cualquier record, para desaparecer con Albino y todo lo que se podía recuperar. El barrilete con el hilo era a veces cosa perdida, salvo que después del destrozo hubiera seguido viaje y entonces sí, alguno lo seguía hasta recuperarlo un poco más allá. La necesidad más grande en realidad, era esconderlo a él, porque con su torpeza no podíamos arriesgar nada. Por su inocencia, era “buchón” como él solo. Una vez recuerdo que alguien le preguntó, ¿De quién era el barrilete que cortó la luz? ¿Sabes qué respondió?... –Yo no voy a decir que es mío, porque los chicos se enojan. La pileta era lugar prohibido. Ya una vez se había tirado y, semejante bestia antes de sacarlo se había tragado varios tragos, menos mal que había gente más grande y lo ayudaron. Después el “Nene Gobbato”, le empezó a enseñar el estilo libre en el piso de la ducha. Se quedó convencido. Pasaron varias temporadas sin que se repitiera el intento. En verdad, creo que nunca más lo intentó. La época de escuela primaria para Albino, fue una verdadera odisea, no para él, sino para la pobre maestra, doña Obdulia de Santicchia, la maestra abnegada que le tuvo la santa paciencia durante cinco años en Primero Inferior, –el primer grado de aquellos años–, Pobre “Poroto”, no pudo aprender nada, la voluntad y el amor de aquella maestra no alcanzó, porque entonces no había métodos para eso. Finalmente, hubo que abandonar el intento, se venían otros problemas por la edad y tuvieron que decirle a los padres que no lo podían aceptar. Pero igualmente estábamos nosotros para enseñarle nuevas palabras, corrigiendo mucho la pronunciación. Incluso le habíamos enseñado alguna canción, y cuando se lo pedíamos, sabía entonar, –aunque bastante mal–, aquel tango que en una parte dice; Cualquier cosa resultaste, para que un hombre derecho, su maldad tomara a pecho… … Ahí le sabíamos corregir ese final para divertirnos y entonces se molestaba, “buchoneándole” a doña Luisa, cuando estábamos en el parque… –¡Doña Luisa, los chicos me hacen decir cosas…! La que le salía completa era la que dice… Ruge la mar, contra los muros del Torreón, que en El Callao mandó Felipe a edificar, y entre penumbras de perfil se ve cruzar, por la azotea de aquel fuerte una visión. Es la silueta de Falucho el negro fiel… … En ese momento lo interrumpíamos con una gritería y un aplauso. No recuerdo haberlo visto alguna vez enojado, ni que le hayamos hecho alguna perrería por las que nos hubieran reprendido. Motivos nunca habrán faltado, pero, evidentemente nuestros viejos eran más tolerantes. Nos tocó vivir el cambio de Territorio a Provincia. Asistir al Cine Ideal (hoy Cine Teatro Pico), al estreno de los domingos en la sección de la tarde, con la presencia del mismísimo gobernador electo, el primero de nuestra historia, era todo un lujo… Pero; escuchar cuando Albino le recordaba al doctor Salvador Ananía… ¡¿Qué hacés, che “dotor” Ananía, no me “vasapagar” la entrada “p’alcine” hoy?! Ahí juro que no sé quien fue el maldito que le enseñó a decir eso, pero de nosotros, casi seguro que no salió. El asunto es que el doctor Ananía y su esposa Elvira, le permitían ingresar a la sala como invitado especial… Y esto ocurría siempre que el gobernador estaba en Pico con su familia. Y Albino Daniel, “el Poroto” Escribano, fue otro personaje de aquel Pico que nos tocó vivir desde chicos, desde allá del 45 que podemos memorizar. Yo no sé lo que me puede pasar cuando me llegue el momento, pero lo que sí puedo asegurar, es que “Poroto” se ganó una confortable nube, de la que sigue guiándonos con su ángel, ese que con seguridad también digo, él nunca supo que lo tenía. Tal vez, porque era demasiado bueno como para sospechar otra cosa. Además nos tenía a nosotros como sus ángeles guardianes, aunque alguno en alguna oportunidad, se haya puesto las pilchas de diablillos… Y tuvo, –por si no estás enterado–, algo que se llevó con él, si saberlo. Porque no podía imaginar su cabeza, que la paciencia, el amor, el cariño del padre Valla, fueron cosas que este cura debió poner para que pudiera tomar su primera comunión. Yo se que para muchos no significa nada, pero para aquel cura fue un tremendo logro, muy diferente a lo que puede ser, dar la comunión a un arrepentido. Y la otra que se llevó, sin saberlo, fue una confirmación, eso que tantos católicos esperan. Él se la llevó de un misionero de esos que pasaron necesidades en los más remotos rincones de La Pampa, el padre José Durando. Y allá estarás Albino, viendo como creció tu pueblo, tu gente; y que seguís estando entre nosotros como un chico más, que corrió tirando de la piola de una “catanga”, teniendo un barrilete entre sus dedos, intentando jugar con una bolita, o quedándose escondido cuando te dejábamos detrás de alguna planta, en un juego de escondidas tramposo mientras nosotros nos íbamos cada uno para su casa. Chau Albino Daniel, vos también te mereces el recuerdo de esta página. *Del libro Mis Personajes* Héctor Pérez Farías Recopilador de historias pueblerinas. Miembro de la J.H.R. Gral. Pico XXXXX Que General Pico ha dado gente para que podamos hablar de ellos, vaya si los ha dado. Nos basta dar una vuelta por los alrededores. COLITA… EN RATOS LIBRES, vendía “Las deliciosas” de Río Negro. A lo largo de mi vida en esta ciudad, te puedo asegurar que conocí a muchos personajes, de los buenos y “de los otros”. Todos en realidad merecen ser recordados, aunque por esas cosas, a mi me quedaron grabados los primeros… de los otros, el lado bueno, el que se puede contar. Este personaje que hoy traigo, para presentárselo a aquellos que no lo conocieron, es todo bueno, porque fue un tipo de trabajo desde sus primeros años de vida, hasta que tuvo que decir adiós, cuando estaba pellizcando los 77 pirulos. Había nacido en un hogar de trabajo. La suerte quiso que fuera de aquel lado de las vías, en el “Barrio de las ranas”, un 17 de junio de 1919. Su primario fue en la escuela 66 y los amigos eran todos de ahí. ¡¿Cómo no iba a ser hincha de Costa Brava!? Salvo los que se fueron con e maestro Petit antes de fundar el rojo piquense, el resto, el que se quedó masticando bronca, se hizo hincha del lugar, y como tenían que hacer algo para que los etiqueten, fundaron el Club Costa Brava, y cuando marcaron territorio dijeron… ¡Y con todo o plantado! Y él era uno de los que estaba ahí, plantado desde siempre, porque el viejo Hernández, don Gerardo, era un ferroviario que se vino con su mujer, doña Amalia, desde Meridiano Vº, para radicarse en la calle 23 entre 26 y 28, como para hacerle trampas a sus compañeros ferroviarios, que fueron eligiendo aquel otro, el de talleres. Desde chico anduvo rebuscándole a la vida algo para hacer, y en los momentos libres, como no podía ser de otra manera, gastó más de un par de alpargatas en algún baldío de aquellos, donde “la de trapo” era dueña y señora del lugar, a pesar de sus anteojos de gruesos vidrios. Anteojos que por otra parte no le impidieron cumplir con la patria. Lo mandaron a cumplir su Servicio Militar al sur, y por si fuera poco “se comió” dos años, pero volvió y muy poco tiempo después, pasó a ser parte del personal ferroviario, solo que debió ingresar en la localidad de González Moreno, cuando las vías eran todavía de los ingleses. Allí fue señalero, cambista, peón de playa, y si era necesario, montaba algún matungo para ayudar a cargar animales en las jaulas, vagón preparado especialmente por donde viajaba tanta carne para el mercado de Buenos Aires y de ahí al exterior. Pero los ferrocarriles tienen un día en que se nacionalizan, el 1º de marzo de 1949, solo que él, desde un año antes ya estaba trasladado a Pico, donde vivió con su esposa Inocencia, junto con sus viejos, mientras construía su propia casa, en 26 entre 23 y 25, a la vuelta de la de los viejos. Y Austín toma este cambio como suyo, no precisamente el cambio de ciudad o pueblo, sin por otro, el que produce el estado, para hacerse ferviente admirador del General Perón. Fueron tres las enfermedades que lo siguieron hasta la tumba, Perón y Rácing y Costa Brava. ¿De quién estamos hablando? ¿A quién le dedicamos la página de hoy? A un hombre que muchos recuerdan sobre su chata playa cargada, con manzanas que ofrecía mientras el manso animal que tiraba del carro, caminaba lentamente. Entre tanto, con una bocina de aquellas que servían para amplificar el sonido que se podía arrancar a los viejos discos de pasta, las iba ofreciendo… –¡Nuevita la manzana, patrona! –¡No la deje pasar, señora! –¡Mire qué coloraditas están doña! Y así, la vieja balanza de mano pesaba y pesaba más y más kilos de manzanas deliciosas que sabía traer desde las chacras de Río Negro. En alguna oportunidad llegó a vender, en unas pocas horas, las siete toneladas de un chasis. Y eso que esto lo hacía fuera de las horas de trabajo, cuando dejaba su puesto, allí donde ingresaban las locomotoras a los talleres, a la altura 102 y 19. Me olvidé de contarles que ese había sido su nuevo destino, desde que regresara de González Moreno. Toda su campaña en General Pico, fue como guardabarreras, tal vez la limitación visual que tenía no le ayudó a escalar, pero nunca se lo oyó quejarse por tal motivo. Ya tenía bastante con tener el domingo libre, para alentar a los muchachos de Costa, y más aún, tener ese momento para llegar hasta el viejo Pacaembú, con una bolsa de naranjas y ofrecerlas a todos los integrantes del preliminar, tercera o reserva y luego a los de primera, y si sobraba alguna, había manitos que no se quedaban sin recibir una de ellas mientras hubiera. También estaba contento y conforme con poder disponer de un tiempo para un “chin-chon” o un “sapito”. En verdad no era jugador, ¿Y de beber? Solo un aperitivo o un tinto, como cualquiera de sus amigos, mientras orejeaba las cartas, pero nada más. Le gustaba el tango, era tanguero de aquellos de Di Sarli, D’Arienzo, D’Angelis. Pero no sabía llevar muy bien su humanidad, bastante corpulenta al compás de la música, con sus piernas que se ponían coquetas y cruzaditas, cuando iba sentado en un rincón de la chata. Con las riendas en una mano, ofreciendo las ricas manzanas rionegrinas. Hubo mucha gente que lo conocía solamente por ese nombre, el que estaba pintado en la parte de atrás de la chata. Estaba ahí como si fuera la “Colita” del carro, pero no era así, el adjetivo venía porque, siendo chico, en sus años del primario, Agustín era medio travieso como casi todos, pero también era medio “rebeldón”, pero no por malo, no, rebelde nada más porque tenía ganas… Y porque tenía ganas de no ir a visitarlo al peluquero, no iba, nada más que por eso. Entonces, era normal que tuviera el cabello más largo que los demás, cuando la gran mayoría sabía andar de “bocha lisa” y copete. Si era de pelito dócil, las viejas se gastaban en peines y fijadores. Según se puede recordar, un día cualquiera, uno de tantos hizo una diablura, pero una de las maestras lo alcanzó a agarrar de los pelos, medio cerca de la nuca, para zamarrearlo un poco, reprenderlo por lo que había hecho y el repunte final… ¡¡Y mañana no te quiero ver con esa “Colita”!! De ahí le quedó para siempre a Agustín Hernández el sobrenombre de “Colita”, un tipo que solo trabajó y que por alguna cosa que pasó por su vida, resolvió irse a vivir solo, apartado de su mujer y de los hijos. Lo que sí se llevó, fueron sus tres amores; el primero Costa Brava, nunca dejó de alentar al equipo de rayas rojas y blancas verticales, luego el otro Club, el de Buenos Aires, ese que le dio satisfacciones a sus parciales y el fútbol Argentino, el Rácing Club de Avellaneda. Finalmente, el otro amor, que más que amor fue una pasión. Yo creo que “la parca”, cuando vino para levárselo, no le pudo arrancar la medalla de Perón, me parece que se la llevó puesta. El “Colita” Hernández fue otro personaje del Pico aquel, de las puertas y ventanas abiertas a la vida. Uno de los tantos que no se detuvieron. Siempre la peleó y los hijos, aún por lo que habían pasado, no lo dejaron de reconocer. Lo recuerdan como un hombre de trabajo, sin cuestionarle nada, porque al fin y al cabo, él solo sabía los motivos. En el barrio, a cualquiera que le preguntes, solo te podrá contestar, ¿Colita? ¡Qué se yo! Colita fue un tipo bueno. Al último que le pregunté algo sobre él, fue como si le hubiera puesto un sello a todo lo que había escuchado. Me fue recordando de cuando había que conseguir maíz para el caballito y lo tenía engrupido al policía que estaba de guardia, para que le bajara una bolsa del vagón, de baranda baja. Y lo mismo podía pasar con el kerosene que tanto escaseaba, pero que siempre se le podía “ordeñar” algún litro de lo que quedaba en las mangueras… Eran todas estas cosas, pequeñas picardías que a nadie jorobaban y que ahora estará pensando allá arriba, que si los tiempos lo hubieran cambiado, se aburriría, porque estaría andando en una camioneta con gas y el único animal que lo hubiera podido acompañar, hubiera sido un perro en la caja. Así lo dejamos a Agustín Hernández, el recordado “Colita”. Hincha de Costa Brava, de Perón, Tanguero aunque mal bailarín. Amante del buen folclore. Oyente de buena música de la de antes, con ruido a púa. Otro piquense que debemos recordar, que no nos puede faltar en este año del Centenario. *Del libro Mis Personajes* Héctor Pérez Farías Recopilador de historias pueblerinas. Miembro de la J.H.R.Gral. Pico XXXXXXXXXX Y cómo resulta un poco largo el tema, voy a incluir un personaje más, alguien que pasó casi silenciosamente por nuestro pueblo, a pesar de haber generado mucho para hablar y destacar. Además sigue su hijo y nietos, insertados en nuestra sociedad, firmes en la pelea de todos los días. Se trata de don Mario Malvica, hombre conocido por la gente de Independiente, ya que fue el heredero de don Victorio Marsero. xxxxx ENNA Y GENERAL PICO, los otros dos cariños de Mario. Por allá por el año 1949, mientras el baldío nos unía para jugar algún partido de fútbol, o tal vez una remontada de barriletes, se produjo un movimiento en el barrio que nos cambió por un montón de días… ¿Qué había pasado? Pues lo que era frecuente entonces, había llegado una familia completa de otro país, para radicarse en aquel humilde caserón de adobe, que se encontraba en la esquina del entonces Boulevard Alsina y la calle siete. Nosotros, no entendíamos nada. Ni pensar que esa gente, hablaba en idioma italiano. Para nuestra mente de baldío, era nada más que “gringo básico”… ¡Eso, nos hablaban “en gringo”! La verdadera historia la pude rescatar muchos años después, para ser más exactos, 56 años después de haber conocido a todos estos “tanos”… a don Mario, doña Ángela, y los hijos de ambos, Pino, Lucía y Guido, cinco personas que llegaron al barrio desde un lugar muy lejano. Entonces se necesitaban veinte, treinta o más días para cruzar los mares. Mario Malvica es nuestro recordado. N hombre que nació en el centro de la isla Italiana, Sicilia, bañada por las aguas del Tirreno, el Jónico y el Mar Mediterráneo. Su pueblo se llama ENNA y vio la luz, un día de 1896. Todo fue trabajo y más trabajo, hasta que a la edad de intentar algo mejor, lo sorprendió la guerra. Escuchó por cuatro años el silbido de las balas, andando en el barro, arrastrándose en la mugre… ¡Y lo peor, convivir con la muerte! Eso pasó como una etapa más de su vida. Volvió la calma, y después de toda guerra cada hombre tiene que arreglar lo que cuatro o cinco le mandaron a romper. A Mario le tocó lo suyo, pero no fue un tipo de quedarse. Después de haber terminado esa horrible del “Catorce”, se casa con Ángela Fontanazza y entre los dos van masticando el futuro. El hombre, sin saber exactamente porque, había puesto sus expectativas en una tierra muy lejana, en La Argentina, en las pampas de ese país lejano. Un buen día, en compañía de su primo José, se largaron “para hacer l’américa”. En realidad, estas palabras encerraban algo diferente, era venir, hacer la cosecha y regresar con buenos dividendos. Muchos lo hicieron por años y fueron parte de aquellos “peones golondrinas” de los primero tiempos de nuestra tierra pampeana. Mario y José, estuvieron por aquel lejano General Pico solo por un tiempo, pues entre 1921 y 1922, se mandaron las cuatro cosechas, entre La Pampa, Santa Fe y Buenos Aires, es decir, trigo, maíz, papa y girasol. Los gringos juntaron, ¡“la guita”! y emprendieron el regreso para encontrarse con la familia y preparar, ahora sí, el viaje todos juntos. Los dos, de alguna manera, tenían como fijado en su mente que… ¡Esta era su tierra! Pero no todo es lindo en esta vida. Siempre hay una piedra en nuestro camino que retarda la llegada, y Mario la encontró en el puerto. Llegaron a Buenos Aires, sacaron los boletos y tenían que hacer el cambio del dinero. De pesos Argentinos a Liras, cuando se les aparece el diablo para meter la cola. “Un arbolito” de entonces, los paró antes de hacer la operación y los convenció para cambiar el dinero argentino por Markos Alemanes, con el verso de que era mejor moneda, con mayor valor que la Lira y al llegar a Italia iban a notar la diferencia… ……………………. Algunos billetes, hermosos billetes vi hace unos días (2004), con una antigüedad de más de ochenta años. Una preciosura de forma, color, estampado, etc… Otros, me dijeron, fueron regalados y el resto de aquellos más o menos seis millones de Markos, fueron utilizados en el baño para limpiarse, porque cuando llegaron, eso fue lo que les dijeron que podían hacer. Los billetes en cuestión, habían salido de circulación, mientras ellos laburaban en las cosechas. José fue más cauto y por las dudas solo cambió un poco, en tanto Mario se jugó entero y así le fue. La familia se volvió a encontrar. Se fue ampliando, hasta que un día cualquiera del 30 y algo, Mario decidió regresar a La Argentina para “volver a hacerse l’américa” y llevarse a todos los suyos, pero no pudo… Benito era un hombre fuerte y había decidido estar a la par de Adolfo, y como iba a necesitar hombres, no dejó salir a nadie. ¡¡Total!! Que Mario se tragó otra guerra, ahora más violenta y jodida que la anterior. Hasta que por fin terminó, hasta que en agosto de 1945 terminó, dejando secuelas que solo los que la pasaron la pueden contar. Pero les venía algo peor, más triste, el suelo no servía para nada. Pisoteado, bombardeado, sin nada que hubiera quedado como para aplaudir. Sin embargo Mario y los suyos volvieron a darle vida a sus 7 u 8 hectáreas, más otras que se animaron a alquilar. Hubo que pelear, además, contra sus propios paisanos, porque el hambre y la miseria, a cualquiera lo hace hereje, pero eso también se terminó. Finalmente todo fue mejorando y ellos tuvieron años mejores, unos ahorros y otra vez se dijeron… ¡Vamos a hacer l’américa! Y se vino Mario otra vez para hacer diferencias en 1948, un año antes que su familia, porque esta llegó al puerto de Buenos Aires en el Américo Vespuccio, el 23 de mayo de 1949. Allá los esperaba el primo José y el 27 tomaron el tren hacia esta pampa indómita y desconocida. La mañana fría del pueblo los recibió aquel lejano 28 de mayo. Mario ya había preparado todo para darle la bienvenida en la humilde cada de paredes de baro, que tomaron como de lo mejor para iniciar una nueva vida. Para Mario fue todo nuevo, estuvo trabajando como parquero luego de la cosecha, en la quinta del doctor Ocerín y a poco de llegar su gente, inició las tareas en el Club S. Independiente. Simultáneamente, fueron levantando la casita de la calle 1, hasta que don Victorio Marsero se jubiló, dejando la casa que estaba debajo de la cabecera de la pista de bicicletas que daba hacia el lado de la Avenida. Mario no era de esa gente que esperan para ver qué le viene mejor, nada de eso, él vino para laburar y sus conocimientos para el trabajo de la tierra eran de lo mejor. Por eso fue un tipo querido y respetado que se encontró con cinco hectáreas para cuidar, con un rectángulo donde jugaban al fútbol, canchas de tenis con polvo de ladrillos, una cancha de pelota a paleta, bochas, pileta de natación, pista de baile. Todo estaba limpio. Así como la dejara Victorio, así la siguió manteniendo Mario, limpiando la zanja que daba toda la vuelta al perímetro, por donde escurría el agua de la pileta, una vez por semana. Además, había otros cercos internos que también recibían esas aguas. Ángela, y más de una vez sus hijos, ayudaban para mantener todo en orden, todo limpio, aun la parte menos usada como era la plantación de eucaliptos, que servían de barrera contra el viento sobre la calle 14 y otro poco por la calle 1. No se necesitaba la presencia de ningún funcionario de turno, para que Mario se pusiera a limpiar. El respeto estaba tanto para el último de os socios, como para el Presidente del club. A nadie le gustaba ir a practicar algo y encontrarse con todo sucio y desordenado. Eso lo sabía y nunca necesitó órdenes. Y así lo podías ver a Mario Malvica, limpiando una cancha de bochas, regando el polvo de ladrillo, o recortando los penachos de algún ligustro. Revisando los baños para ver cóm estaban. Una vez encontró algo que le llamó la atención, pero no le dio demasiada importancia. Pensó que a una chica se le había trabado la puerta y el muchacho que estaba adentro con ella la quería ayudar a salir. Su inocencia no le permitía pensar en otra cosa. Después, había que verlo cómo gozaba en los ratos que se tomaba para ver jugar a tanto joven, a tanta muchachada. Pero de todos, lo que más le gustaba mirar, era cuando aparecían los ciclistas. Ahí le brotaba la sangre italiana. Es que es un deporte, casi, casi de los italianos. Una vez le pregunté por qué le gustaba tanto, y me contestó; –¡Eh! La picchicleta e’un deporte lindo, panorámique y chilencioso! Hasta que vienen esos bichitos de cuatro ruedas, ¡Ma! Hacen uno bochinche que te vuelve loco”. Pobre Mario, mientras esos primitivos karting andaban en la pista, era como si le caminaran por sobre el techo de la casa. Este fue don Mario Malvica, un italiano que dejó su tierra en dos ocasiones, solo porque había algo que le decía que debía estar aquí, en el centro de este territorio. Lo vimos por años manteniendo el terreno como si fuera suyo, ayudando a los suyos con una Ángela dulce que lo acompañó siempre. la que le hizo el aguante cuando vino “a hacer l’américa”, y cuando se tuvo que ir a la segunda guerra. Gracias Mario, por haber sido el tipo que fuiste. Alegre, sonriente y laburador, uno de tantos que ayudaron, desde su rincón, a hacernos crecer como pueblo. Muchos de aquellos chicos que iban al club, habrán recibido una caricia o la mirada simpática, alegre, que era como una bienvenida. Sabía cada uno que no permitiría que rompieran algo, su mirada decía; ¡Entrá! ¡Dale, diviértete, lo acabo de limpiar para vos! Chau Mario, nos acompañaste por muchos años,. Es una pena que el velódromo ya no esté como estaba, porque sinó te estaría viendo en una tribuna fabricada exclusivamente para vos, en alguna nube ubicada justo en esa cabecera, aplaudiendo un embalaje o alentando alguna escapada. Vos como tantos que pasaron por este Pico de hace unos años, merecen este recuerdo y mucho más, ya que fuiste parte de un Club donde se formaron tantas buenas personas. (Nota: El primo José, es don José Bonasera) *Del libro Mis Personajes* Héctor Pérez Farías Recopilador de historias pueblerinas Miembro de la J.H.R.Gral. Pico (Material descargado el 14-5-2019)
Ubicación Histórica, Año:1948
Poroto Escribano Mario Malvica C. 8
Capítulo Octavo Otros tres personajes hermosos de nuestro General Pico de hace unos cuantos años, “Poroto” Escribano, “Colita” Hernández y don Mario Malvica. Distintos uno de otro por supuesto, pero los tres están grabados en las retinas de muchos. xxxxx Si tengo que decir la verdad, desde cuando lo conozco, no puedo, ya que lo conocí cuando era tan solo un chico. Él era más grande que nosotros, más grande en cuerpo y edad. SE LLAMABA ALBINO DANIEL… Nosotros lo llamábamos “Poroto”. Nuestro lugar fue siempre el baldío de la calle cinco, entre el Boulevard y la calle 18. Ese terreno de cincuenta de fondo por treinta de frente, fue todo para nosotros. Nuestro pueblo, nuestra pampa, nuestro país y hasta nuestro mundo, porque nos servía para jugar a la pelota, fue cancha de bochas con naranjas silvestres… “barriletódromo” y cuanto juego hubiera que hayamos aprendido. Por supuesto, con código y reglamento propio. En el verano nos trasladábamos al Parque de pico Fútbol y ahí teníamos nuestra selva, entre jardines, plantas, ligustros y cuando se producía el desagote de la pileta, contábamos con canales y los piletones de los jardines bajo nivel, para chapotear sin ninguna clase de peligros. La pileta misma, era para nosotros un inmenso lago con profundidad para cualquier clase de buceo, ya sea por algún juego, o para demostrarle a quien nos desafiara a buscar una moneda en el fondo. Aunque fuera en la parte más profunda, allí, donde después de varios días se juntaba la tierra, con las finas hojas y semillas de los sauces llorones que se encontraban en uno de los laterales. Lo aprendimos todo, pero hubo uno entre nosotros, un chico como dije, unos años mayor que nosotros, que nunca pudo aprender nada. Estaba con nosotros y se divertía igual. Hoy a esa gente las llamamos, “Personas con capacidades diferentes”, antes no tenían esa denominación y los llamábamos, sin saber porqué, nada más que “loquitos”. Por lo menos nosotros lo llamábamos así con nuestro cariño sin ningún intento de ofensa. Albino Daniel habrá llegado a Pico, tal vez siendo un niño, yo no lo sé. A lo mejor, antes de cuando nos fuéramos a vivir a ese barrio. La verdad es que no lo sé, y hasta dónde puedo recoger datos, muy poco me pueden informar, pero eso no importa. Pertenecía a una familia de españoles, de las tantas que llegaron a un General Pico que ofrecía trabajo, y su padre tenía un oficio de esos que se buscaban mucho. Todavía lo recuerdo, bandeja en mano, sirviendo las mesas de algún hotel… De aquellos hoteles con clientela seleccionada. Había llegado con uno de sus hermanos, que supo tener taller de zapatería, y algún chiste que otro se tuvo que aguantar, por le hecho de ser “rengo”, pero recuerdan que tenía muy buen humor. Este hombre no soportó demasiado los vientos pamperos y se volvió para Buenos aires. La familia de Albino Daniel, se quedó hasta cuando éste fue un joven como de dieciocho años, más o menos. El padre siguió con su oficio de mozo de Hotel, que funcionaba también como bar, por lo que había trabajo durante todo el día. Mientras, la mujer atendía la casa como lo hacían la mayoría de las mujeres de esos años, criando a los hijos que fueron cuatro, dos varones y dos mujeres. Albino se fue arrimando a nosotros, poco a poco, y terminó siendo uno de los nuestros. Aunque más torpe, fue igual de los nuestros, y el hecho de que no participara de la mayoría de los juegos, no quería decir que lo hiciéramos a un lado, al contrario. De todos en el que más participaba era en el de remontar barriletes, aunque éramos nosotros los encargados de hacerlo y remontarlo. Con la punta de la madeja atada a algo fijo, así se lo entregábamos por las dudas, porque a la hora de mandar mensajes, su coordinación no le permitía hacer dos cosas al mismo tiempo, y el barrilete se le iba de sus manos. A veces el palito se enredaba en algún lugar y eso nos ayudaba, con rápida carrera, a recuperarlo, pero si el viento nos superaba y no se enredaba enseguida, casi seguro que terminaba en los cables de la corriente eléctrica, provocando explosiones que servían para que los conductores se cortaran, ya que eran de alambre descubierto… ¡Qué apuro nos agarraba! Porque detrás de eso había bronca de los vecinos y a veces llegaba primero “el can” que estaba de guardia en la comisaría… ¡Calculá el tiempo, estaba a solamente dos cuadras! El apuro por recoger los barriletes, batía cualquier record, para desaparecer con Albino y todo lo que se podía recuperar. El barrilete con el hilo era a veces cosa perdida, salvo que después del destrozo hubiera seguido viaje y entonces sí, alguno lo seguía hasta recuperarlo un poco más allá. La necesidad más grande en realidad, era esconderlo a él, porque con su torpeza no podíamos arriesgar nada. Por su inocencia, era “buchón” como él solo. Una vez recuerdo que alguien le preguntó, ¿De quién era el barrilete que cortó la luz? ¿Sabes qué respondió?... –Yo no voy a decir que es mío, porque los chicos se enojan. La pileta era lugar prohibido. Ya una vez se había tirado y, semejante bestia antes de sacarlo se había tragado varios tragos, menos mal que había gente más grande y lo ayudaron. Después el “Nene Gobbato”, le empezó a enseñar el estilo libre en el piso de la ducha. Se quedó convencido. Pasaron varias temporadas sin que se repitiera el intento. En verdad, creo que nunca más lo intentó. La época de escuela primaria para Albino, fue una verdadera odisea, no para él, sino para la pobre maestra, doña Obdulia de Santicchia, la maestra abnegada que le tuvo la santa paciencia durante cinco años en Primero Inferior, –el primer grado de aquellos años–, Pobre “Poroto”, no pudo aprender nada, la voluntad y el amor de aquella maestra no alcanzó, porque entonces no había métodos para eso. Finalmente, hubo que abandonar el intento, se venían otros problemas por la edad y tuvieron que decirle a los padres que no lo podían aceptar. Pero igualmente estábamos nosotros para enseñarle nuevas palabras, corrigiendo mucho la pronunciación. Incluso le habíamos enseñado alguna canción, y cuando se lo pedíamos, sabía entonar, –aunque bastante mal–, aquel tango que en una parte dice; Cualquier cosa resultaste, para que un hombre derecho, su maldad tomara a pecho… … Ahí le sabíamos corregir ese final para divertirnos y entonces se molestaba, “buchoneándole” a doña Luisa, cuando estábamos en el parque… –¡Doña Luisa, los chicos me hacen decir cosas…! La que le salía completa era la que dice… Ruge la mar, contra los muros del Torreón, que en El Callao mandó Felipe a edificar, y entre penumbras de perfil se ve cruzar, por la azotea de aquel fuerte una visión. Es la silueta de Falucho el negro fiel… … En ese momento lo interrumpíamos con una gritería y un aplauso. No recuerdo haberlo visto alguna vez enojado, ni que le hayamos hecho alguna perrería por las que nos hubieran reprendido. Motivos nunca habrán faltado, pero, evidentemente nuestros viejos eran más tolerantes. Nos tocó vivir el cambio de Territorio a Provincia. Asistir al Cine Ideal (hoy Cine Teatro Pico), al estreno de los domingos en la sección de la tarde, con la presencia del mismísimo gobernador electo, el primero de nuestra historia, era todo un lujo… Pero; escuchar cuando Albino le recordaba al doctor Salvador Ananía… ¡¿Qué hacés, che “dotor” Ananía, no me “vasapagar” la entrada “p’alcine” hoy?! Ahí juro que no sé quien fue el maldito que le enseñó a decir eso, pero de nosotros, casi seguro que no salió. El asunto es que el doctor Ananía y su esposa Elvira, le permitían ingresar a la sala como invitado especial… Y esto ocurría siempre que el gobernador estaba en Pico con su familia. Y Albino Daniel, “el Poroto” Escribano, fue otro personaje de aquel Pico que nos tocó vivir desde chicos, desde allá del 45 que podemos memorizar. Yo no sé lo que me puede pasar cuando me llegue el momento, pero lo que sí puedo asegurar, es que “Poroto” se ganó una confortable nube, de la que sigue guiándonos con su ángel, ese que con seguridad también digo, él nunca supo que lo tenía. Tal vez, porque era demasiado bueno como para sospechar otra cosa. Además nos tenía a nosotros como sus ángeles guardianes, aunque alguno en alguna oportunidad, se haya puesto las pilchas de diablillos… Y tuvo, –por si no estás enterado–, algo que se llevó con él, si saberlo. Porque no podía imaginar su cabeza, que la paciencia, el amor, el cariño del padre Valla, fueron cosas que este cura debió poner para que pudiera tomar su primera comunión. Yo se que para muchos no significa nada, pero para aquel cura fue un tremendo logro, muy diferente a lo que puede ser, dar la comunión a un arrepentido. Y la otra que se llevó, sin saberlo, fue una confirmación, eso que tantos católicos esperan. Él se la llevó de un misionero de esos que pasaron necesidades en los más remotos rincones de La Pampa, el padre José Durando. Y allá estarás Albino, viendo como creció tu pueblo, tu gente; y que seguís estando entre nosotros como un chico más, que corrió tirando de la piola de una “catanga”, teniendo un barrilete entre sus dedos, intentando jugar con una bolita, o quedándose escondido cuando te dejábamos detrás de alguna planta, en un juego de escondidas tramposo mientras nosotros nos íbamos cada uno para su casa. Chau Albino Daniel, vos también te mereces el recuerdo de esta página. *Del libro Mis Personajes* Héctor Pérez Farías Recopilador de historias pueblerinas. Miembro de la J.H.R. Gral. Pico XXXXX Que General Pico ha dado gente para que podamos hablar de ellos, vaya si los ha dado. Nos basta dar una vuelta por los alrededores. COLITA… EN RATOS LIBRES, vendía “Las deliciosas” de Río Negro. A lo largo de mi vida en esta ciudad, te puedo asegurar que conocí a muchos personajes, de los buenos y “de los otros”. Todos en realidad merecen ser recordados, aunque por esas cosas, a mi me quedaron grabados los primeros… de los otros, el lado bueno, el que se puede contar. Este personaje que hoy traigo, para presentárselo a aquellos que no lo conocieron, es todo bueno, porque fue un tipo de trabajo desde sus primeros años de vida, hasta que tuvo que decir adiós, cuando estaba pellizcando los 77 pirulos. Había nacido en un hogar de trabajo. La suerte quiso que fuera de aquel lado de las vías, en el “Barrio de las ranas”, un 17 de junio de 1919. Su primario fue en la escuela 66 y los amigos eran todos de ahí. ¡¿Cómo no iba a ser hincha de Costa Brava!? Salvo los que se fueron con e maestro Petit antes de fundar el rojo piquense, el resto, el que se quedó masticando bronca, se hizo hincha del lugar, y como tenían que hacer algo para que los etiqueten, fundaron el Club Costa Brava, y cuando marcaron territorio dijeron… ¡Y con todo o plantado! Y él era uno de los que estaba ahí, plantado desde siempre, porque el viejo Hernández, don Gerardo, era un ferroviario que se vino con su mujer, doña Amalia, desde Meridiano Vº, para radicarse en la calle 23 entre 26 y 28, como para hacerle trampas a sus compañeros ferroviarios, que fueron eligiendo aquel otro, el de talleres. Desde chico anduvo rebuscándole a la vida algo para hacer, y en los momentos libres, como no podía ser de otra manera, gastó más de un par de alpargatas en algún baldío de aquellos, donde “la de trapo” era dueña y señora del lugar, a pesar de sus anteojos de gruesos vidrios. Anteojos que por otra parte no le impidieron cumplir con la patria. Lo mandaron a cumplir su Servicio Militar al sur, y por si fuera poco “se comió” dos años, pero volvió y muy poco tiempo después, pasó a ser parte del personal ferroviario, solo que debió ingresar en la localidad de González Moreno, cuando las vías eran todavía de los ingleses. Allí fue señalero, cambista, peón de playa, y si era necesario, montaba algún matungo para ayudar a cargar animales en las jaulas, vagón preparado especialmente por donde viajaba tanta carne para el mercado de Buenos Aires y de ahí al exterior. Pero los ferrocarriles tienen un día en que se nacionalizan, el 1º de marzo de 1949, solo que él, desde un año antes ya estaba trasladado a Pico, donde vivió con su esposa Inocencia, junto con sus viejos, mientras construía su propia casa, en 26 entre 23 y 25, a la vuelta de la de los viejos. Y Austín toma este cambio como suyo, no precisamente el cambio de ciudad o pueblo, sin por otro, el que produce el estado, para hacerse ferviente admirador del General Perón. Fueron tres las enfermedades que lo siguieron hasta la tumba, Perón y Rácing y Costa Brava. ¿De quién estamos hablando? ¿A quién le dedicamos la página de hoy? A un hombre que muchos recuerdan sobre su chata playa cargada, con manzanas que ofrecía mientras el manso animal que tiraba del carro, caminaba lentamente. Entre tanto, con una bocina de aquellas que servían para amplificar el sonido que se podía arrancar a los viejos discos de pasta, las iba ofreciendo… –¡Nuevita la manzana, patrona! –¡No la deje pasar, señora! –¡Mire qué coloraditas están doña! Y así, la vieja balanza de mano pesaba y pesaba más y más kilos de manzanas deliciosas que sabía traer desde las chacras de Río Negro. En alguna oportunidad llegó a vender, en unas pocas horas, las siete toneladas de un chasis. Y eso que esto lo hacía fuera de las horas de trabajo, cuando dejaba su puesto, allí donde ingresaban las locomotoras a los talleres, a la altura 102 y 19. Me olvidé de contarles que ese había sido su nuevo destino, desde que regresara de González Moreno. Toda su campaña en General Pico, fue como guardabarreras, tal vez la limitación visual que tenía no le ayudó a escalar, pero nunca se lo oyó quejarse por tal motivo. Ya tenía bastante con tener el domingo libre, para alentar a los muchachos de Costa, y más aún, tener ese momento para llegar hasta el viejo Pacaembú, con una bolsa de naranjas y ofrecerlas a todos los integrantes del preliminar, tercera o reserva y luego a los de primera, y si sobraba alguna, había manitos que no se quedaban sin recibir una de ellas mientras hubiera. También estaba contento y conforme con poder disponer de un tiempo para un “chin-chon” o un “sapito”. En verdad no era jugador, ¿Y de beber? Solo un aperitivo o un tinto, como cualquiera de sus amigos, mientras orejeaba las cartas, pero nada más. Le gustaba el tango, era tanguero de aquellos de Di Sarli, D’Arienzo, D’Angelis. Pero no sabía llevar muy bien su humanidad, bastante corpulenta al compás de la música, con sus piernas que se ponían coquetas y cruzaditas, cuando iba sentado en un rincón de la chata. Con las riendas en una mano, ofreciendo las ricas manzanas rionegrinas. Hubo mucha gente que lo conocía solamente por ese nombre, el que estaba pintado en la parte de atrás de la chata. Estaba ahí como si fuera la “Colita” del carro, pero no era así, el adjetivo venía porque, siendo chico, en sus años del primario, Agustín era medio travieso como casi todos, pero también era medio “rebeldón”, pero no por malo, no, rebelde nada más porque tenía ganas… Y porque tenía ganas de no ir a visitarlo al peluquero, no iba, nada más que por eso. Entonces, era normal que tuviera el cabello más largo que los demás, cuando la gran mayoría sabía andar de “bocha lisa” y copete. Si era de pelito dócil, las viejas se gastaban en peines y fijadores. Según se puede recordar, un día cualquiera, uno de tantos hizo una diablura, pero una de las maestras lo alcanzó a agarrar de los pelos, medio cerca de la nuca, para zamarrearlo un poco, reprenderlo por lo que había hecho y el repunte final… ¡¡Y mañana no te quiero ver con esa “Colita”!! De ahí le quedó para siempre a Agustín Hernández el sobrenombre de “Colita”, un tipo que solo trabajó y que por alguna cosa que pasó por su vida, resolvió irse a vivir solo, apartado de su mujer y de los hijos. Lo que sí se llevó, fueron sus tres amores; el primero Costa Brava, nunca dejó de alentar al equipo de rayas rojas y blancas verticales, luego el otro Club, el de Buenos Aires, ese que le dio satisfacciones a sus parciales y el fútbol Argentino, el Rácing Club de Avellaneda. Finalmente, el otro amor, que más que amor fue una pasión. Yo creo que “la parca”, cuando vino para levárselo, no le pudo arrancar la medalla de Perón, me parece que se la llevó puesta. El “Colita” Hernández fue otro personaje del Pico aquel, de las puertas y ventanas abiertas a la vida. Uno de los tantos que no se detuvieron. Siempre la peleó y los hijos, aún por lo que habían pasado, no lo dejaron de reconocer. Lo recuerdan como un hombre de trabajo, sin cuestionarle nada, porque al fin y al cabo, él solo sabía los motivos. En el barrio, a cualquiera que le preguntes, solo te podrá contestar, ¿Colita? ¡Qué se yo! Colita fue un tipo bueno. Al último que le pregunté algo sobre él, fue como si le hubiera puesto un sello a todo lo que había escuchado. Me fue recordando de cuando había que conseguir maíz para el caballito y lo tenía engrupido al policía que estaba de guardia, para que le bajara una bolsa del vagón, de baranda baja. Y lo mismo podía pasar con el kerosene que tanto escaseaba, pero que siempre se le podía “ordeñar” algún litro de lo que quedaba en las mangueras… Eran todas estas cosas, pequeñas picardías que a nadie jorobaban y que ahora estará pensando allá arriba, que si los tiempos lo hubieran cambiado, se aburriría, porque estaría andando en una camioneta con gas y el único animal que lo hubiera podido acompañar, hubiera sido un perro en la caja. Así lo dejamos a Agustín Hernández, el recordado “Colita”. Hincha de Costa Brava, de Perón, Tanguero aunque mal bailarín. Amante del buen folclore. Oyente de buena música de la de antes, con ruido a púa. Otro piquense que debemos recordar, que no nos puede faltar en este año del Centenario. *Del libro Mis Personajes* Héctor Pérez Farías Recopilador de historias pueblerinas. Miembro de la J.H.R.Gral. Pico XXXXXXXXXX Y cómo resulta un poco largo el tema, voy a incluir un personaje más, alguien que pasó casi silenciosamente por nuestro pueblo, a pesar de haber generado mucho para hablar y destacar. Además sigue su hijo y nietos, insertados en nuestra sociedad, firmes en la pelea de todos los días. Se trata de don Mario Malvica, hombre conocido por la gente de Independiente, ya que fue el heredero de don Victorio Marsero. xxxxx ENNA Y GENERAL PICO, los otros dos cariños de Mario. Por allá por el año 1949, mientras el baldío nos unía para jugar algún partido de fútbol, o tal vez una remontada de barriletes, se produjo un movimiento en el barrio que nos cambió por un montón de días… ¿Qué había pasado? Pues lo que era frecuente entonces, había llegado una familia completa de otro país, para radicarse en aquel humilde caserón de adobe, que se encontraba en la esquina del entonces Boulevard Alsina y la calle siete. Nosotros, no entendíamos nada. Ni pensar que esa gente, hablaba en idioma italiano. Para nuestra mente de baldío, era nada más que “gringo básico”… ¡Eso, nos hablaban “en gringo”! La verdadera historia la pude rescatar muchos años después, para ser más exactos, 56 años después de haber conocido a todos estos “tanos”… a don Mario, doña Ángela, y los hijos de ambos, Pino, Lucía y Guido, cinco personas que llegaron al barrio desde un lugar muy lejano. Entonces se necesitaban veinte, treinta o más días para cruzar los mares. Mario Malvica es nuestro recordado. N hombre que nació en el centro de la isla Italiana, Sicilia, bañada por las aguas del Tirreno, el Jónico y el Mar Mediterráneo. Su pueblo se llama ENNA y vio la luz, un día de 1896. Todo fue trabajo y más trabajo, hasta que a la edad de intentar algo mejor, lo sorprendió la guerra. Escuchó por cuatro años el silbido de las balas, andando en el barro, arrastrándose en la mugre… ¡Y lo peor, convivir con la muerte! Eso pasó como una etapa más de su vida. Volvió la calma, y después de toda guerra cada hombre tiene que arreglar lo que cuatro o cinco le mandaron a romper. A Mario le tocó lo suyo, pero no fue un tipo de quedarse. Después de haber terminado esa horrible del “Catorce”, se casa con Ángela Fontanazza y entre los dos van masticando el futuro. El hombre, sin saber exactamente porque, había puesto sus expectativas en una tierra muy lejana, en La Argentina, en las pampas de ese país lejano. Un buen día, en compañía de su primo José, se largaron “para hacer l’américa”. En realidad, estas palabras encerraban algo diferente, era venir, hacer la cosecha y regresar con buenos dividendos. Muchos lo hicieron por años y fueron parte de aquellos “peones golondrinas” de los primero tiempos de nuestra tierra pampeana. Mario y José, estuvieron por aquel lejano General Pico solo por un tiempo, pues entre 1921 y 1922, se mandaron las cuatro cosechas, entre La Pampa, Santa Fe y Buenos Aires, es decir, trigo, maíz, papa y girasol. Los gringos juntaron, ¡“la guita”! y emprendieron el regreso para encontrarse con la familia y preparar, ahora sí, el viaje todos juntos. Los dos, de alguna manera, tenían como fijado en su mente que… ¡Esta era su tierra! Pero no todo es lindo en esta vida. Siempre hay una piedra en nuestro camino que retarda la llegada, y Mario la encontró en el puerto. Llegaron a Buenos Aires, sacaron los boletos y tenían que hacer el cambio del dinero. De pesos Argentinos a Liras, cuando se les aparece el diablo para meter la cola. “Un arbolito” de entonces, los paró antes de hacer la operación y los convenció para cambiar el dinero argentino por Markos Alemanes, con el verso de que era mejor moneda, con mayor valor que la Lira y al llegar a Italia iban a notar la diferencia… ……………………. Algunos billetes, hermosos billetes vi hace unos días (2004), con una antigüedad de más de ochenta años. Una preciosura de forma, color, estampado, etc… Otros, me dijeron, fueron regalados y el resto de aquellos más o menos seis millones de Markos, fueron utilizados en el baño para limpiarse, porque cuando llegaron, eso fue lo que les dijeron que podían hacer. Los billetes en cuestión, habían salido de circulación, mientras ellos laburaban en las cosechas. José fue más cauto y por las dudas solo cambió un poco, en tanto Mario se jugó entero y así le fue. La familia se volvió a encontrar. Se fue ampliando, hasta que un día cualquiera del 30 y algo, Mario decidió regresar a La Argentina para “volver a hacerse l’américa” y llevarse a todos los suyos, pero no pudo… Benito era un hombre fuerte y había decidido estar a la par de Adolfo, y como iba a necesitar hombres, no dejó salir a nadie. ¡¡Total!! Que Mario se tragó otra guerra, ahora más violenta y jodida que la anterior. Hasta que por fin terminó, hasta que en agosto de 1945 terminó, dejando secuelas que solo los que la pasaron la pueden contar. Pero les venía algo peor, más triste, el suelo no servía para nada. Pisoteado, bombardeado, sin nada que hubiera quedado como para aplaudir. Sin embargo Mario y los suyos volvieron a darle vida a sus 7 u 8 hectáreas, más otras que se animaron a alquilar. Hubo que pelear, además, contra sus propios paisanos, porque el hambre y la miseria, a cualquiera lo hace hereje, pero eso también se terminó. Finalmente todo fue mejorando y ellos tuvieron años mejores, unos ahorros y otra vez se dijeron… ¡Vamos a hacer l’américa! Y se vino Mario otra vez para hacer diferencias en 1948, un año antes que su familia, porque esta llegó al puerto de Buenos Aires en el Américo Vespuccio, el 23 de mayo de 1949. Allá los esperaba el primo José y el 27 tomaron el tren hacia esta pampa indómita y desconocida. La mañana fría del pueblo los recibió aquel lejano 28 de mayo. Mario ya había preparado todo para darle la bienvenida en la humilde cada de paredes de baro, que tomaron como de lo mejor para iniciar una nueva vida. Para Mario fue todo nuevo, estuvo trabajando como parquero luego de la cosecha, en la quinta del doctor Ocerín y a poco de llegar su gente, inició las tareas en el Club S. Independiente. Simultáneamente, fueron levantando la casita de la calle 1, hasta que don Victorio Marsero se jubiló, dejando la casa que estaba debajo de la cabecera de la pista de bicicletas que daba hacia el lado de la Avenida. Mario no era de esa gente que esperan para ver qué le viene mejor, nada de eso, él vino para laburar y sus conocimientos para el trabajo de la tierra eran de lo mejor. Por eso fue un tipo querido y respetado que se encontró con cinco hectáreas para cuidar, con un rectángulo donde jugaban al fútbol, canchas de tenis con polvo de ladrillos, una cancha de pelota a paleta, bochas, pileta de natación, pista de baile. Todo estaba limpio. Así como la dejara Victorio, así la siguió manteniendo Mario, limpiando la zanja que daba toda la vuelta al perímetro, por donde escurría el agua de la pileta, una vez por semana. Además, había otros cercos internos que también recibían esas aguas. Ángela, y más de una vez sus hijos, ayudaban para mantener todo en orden, todo limpio, aun la parte menos usada como era la plantación de eucaliptos, que servían de barrera contra el viento sobre la calle 14 y otro poco por la calle 1. No se necesitaba la presencia de ningún funcionario de turno, para que Mario se pusiera a limpiar. El respeto estaba tanto para el último de os socios, como para el Presidente del club. A nadie le gustaba ir a practicar algo y encontrarse con todo sucio y desordenado. Eso lo sabía y nunca necesitó órdenes. Y así lo podías ver a Mario Malvica, limpiando una cancha de bochas, regando el polvo de ladrillo, o recortando los penachos de algún ligustro. Revisando los baños para ver cóm estaban. Una vez encontró algo que le llamó la atención, pero no le dio demasiada importancia. Pensó que a una chica se le había trabado la puerta y el muchacho que estaba adentro con ella la quería ayudar a salir. Su inocencia no le permitía pensar en otra cosa. Después, había que verlo cómo gozaba en los ratos que se tomaba para ver jugar a tanto joven, a tanta muchachada. Pero de todos, lo que más le gustaba mirar, era cuando aparecían los ciclistas. Ahí le brotaba la sangre italiana. Es que es un deporte, casi, casi de los italianos. Una vez le pregunté por qué le gustaba tanto, y me contestó; –¡Eh! La picchicleta e’un deporte lindo, panorámique y chilencioso! Hasta que vienen esos bichitos de cuatro ruedas, ¡Ma! Hacen uno bochinche que te vuelve loco”. Pobre Mario, mientras esos primitivos karting andaban en la pista, era como si le caminaran por sobre el techo de la casa. Este fue don Mario Malvica, un italiano que dejó su tierra en dos ocasiones, solo porque había algo que le decía que debía estar aquí, en el centro de este territorio. Lo vimos por años manteniendo el terreno como si fuera suyo, ayudando a los suyos con una Ángela dulce que lo acompañó siempre. la que le hizo el aguante cuando vino “a hacer l’américa”, y cuando se tuvo que ir a la segunda guerra. Gracias Mario, por haber sido el tipo que fuiste. Alegre, sonriente y laburador, uno de tantos que ayudaron, desde su rincón, a hacernos crecer como pueblo. Muchos de aquellos chicos que iban al club, habrán recibido una caricia o la mirada simpática, alegre, que era como una bienvenida. Sabía cada uno que no permitiría que rompieran algo, su mirada decía; ¡Entrá! ¡Dale, diviértete, lo acabo de limpiar para vos! Chau Mario, nos acompañaste por muchos años,. Es una pena que el velódromo ya no esté como estaba, porque sinó te estaría viendo en una tribuna fabricada exclusivamente para vos, en alguna nube ubicada justo en esa cabecera, aplaudiendo un embalaje o alentando alguna escapada. Vos como tantos que pasaron por este Pico de hace unos años, merecen este recuerdo y mucho más, ya que fuiste parte de un Club donde se formaron tantas buenas personas. (Nota: El primo José, es don José Bonasera) *Del libro Mis Personajes* Héctor Pérez Farías Recopilador de historias pueblerinas Miembro de la J.H.R.Gral. Pico (Material descargado el 14-5-2019)