Barrio: Centro / Tema: Personajes
Ubicación Histórica, Año:1948

Blas, Historia de vida y Trabajo
Blas Martínez Otra historia de vida y trabajo Al preguntar por su fecha de nacimiento, lugar y origen, Blas me contesta: –Nací en la Capital Federal, el 12 de marzo de 1940, y ahora te cuento porqué. Mis padres vivían en el kilómetro 654 de las líneas ferroviarias que unían Buenos Aires con Telén, y en ese punto estaba el apeadero de la “Estancia La Blanca”, es decir entre Tte. Crnl. Emilio Mitre y Luan toro. En ese lugar el ferrocarril cargaba la leña que se iba sacando del monte, para las máquinas y sabemos que mucha de ella iba a parar a las calderas de los barcos ingleses, otro tanto se utilizaba en calderas, panaderías y los grandes rollizos iban a otro tipo de manufactura; por ejemplo, adoquines para pisos de calles y parket para pisos domiciliarios. Allí se armaban cuatro estibas muy largas, aproximadamente dos mil metros cada una. En el lugar había un corte de vías y los camiones descargaban leña a ambos lados de esa segunda vía. –Normalmente llegaban los trenes cargueros y dejaban los vagones a cargar para seguir hasta la punta de rieles, y de allí regresaban con carga de leña y otros insumos, enganchaban los vagones destinados a lo que era la Estancia La Blanca, para regresar a General Pico, donde se regulaba la altura de la carga, continuando hacia el puerto de Buenos Aires. –Cuando llegó el tiempo del parto, –sigue contando Blas–, Lucía Cuadrado mi madre, al no existir asistencia en el lugar, ni a varios kilómetros, y como mi padre, Raúl Martínez era ferroviario, la envió a Bs. As. y por ese motivo nací en la Capital Federal. Luego del regreso y ya en 1948, nos radicamos en General Pico, que dicho sea de paso, mi padre en ese movimiento perdió la legua de campo que quien había comprado el obraje le tenía reservada, un señor de apellido Molinero. De cualquier manera quedaron animales vacunos que más adelante trasladamos al nuevo domicilio. En definitiva, nos vinimos para acá, porque nosotros teníamos que ir a la escuela. Aquí paramos en la casa de doña Pilar López, en la calle 9 entre la 10 y la 12, ahí donde actualmente Manera Pérez puso su agencia de autos. O sea que nos quedamos sin esa legua prometida del lado derecho de las vías, porque necesitaban una persona de confianza para el control de la descarga y carga de leña, además de atender por supuesto el movimiento de los cambios de vías y ese tipo de tareas. Otro detalle era, que el tanque de agua estaba a dos mil quinientos metros de la casa, agua que también era acarreada hacia Victorica y Telén, perforación hecha por los ingleses. En ese lugar había un peaje para pasajeros y por supuesto una tranquera de acceso, todo bien enfrente de casco de la estancia. Este tanque que digo era inmenso, no puedo ahora decir la capacidad que tendría, pero ya en ese tiempo había dos motores y se los turnaba para tirar agua, lo que aseguraba la reserva en caso de descompostura de uno de ellos. Las perforaciones en el monte, eran de mucha profundidad y se utilizaba un caño-camisa de 18 a 20 pulgadas de diámetro. Una persona delgada entraba perfectamente en esos caños. Para darte una idea del consumo de agua por parte del ferrocarril, tomemos en cuenta que la caldera de la máquina ya llevaba una buena cantidad y detrás de la carbonera una reserva importante, pero generalmente enganchaban de dos a tres vagones cisterna para llevar ese líquido hasta las estaciones siguientes. Nos recuerda Blas que el agua que se llevaba hasta alguna de esas localidades, era para el consumo humano y se distribuía entre la gente, previo trasvasado a los tanques que había en estaciones subsiguientes. –Y bueno, digamos entonces que nos trasladamos a Pico, toda la familia, mis padres, y por supuesto mis dos hermanas Nelly y Mavel. Mi padre seguía trabajando en el ferrocarril, como Capataz Cambista, y en la calle cinco habíamos comprado esa media manzana ente la 8 y la 10, que es donde teníamos las vacas, porque eso, –como dije antes–, no lo perdimos. En ese terreno, teníamos una parte para las vacas y otra parte para la quinta, lo de la quinta lo hice siempre, porque era una cosa que llevaba adentro. Por eso ya cuando me instalé acá, busqué de relacionarme con semillas Alexander, ya había gente del lugar que era cliente de ellos, pero al verme tan interesado me dieron lugar. De esa manera yo traía los tarros de semillas importadas y las vendía. Por eso también la calidad de la verdura que se cosechaba. –Es que acá trajeron gente para los conejos, –resalta Blas–, a esta quinta, y aparte daban lotes de 25 por 25, pero cuando yo los vine a ver, les dije que no me servía, eso era solamente para producción familiar, y mi intención no era esa, yo tenía una familia que atender y las necesidades no eran solamente la comida, había otras prioridades y a mi familia tenía que darles algo más. Entonces cambiaron las ideas, el emprendimiento de pequeños animales no daba resultado y los convencí para ver el terreno, ver hasta dónde se podía intentar algo con fines comerciales. Así fue que me vine con los chicos y estuvimos por varios días, sacando Quinua y cardos rusos que era lo único que tenían estos terrenos. Un tremendo yuyal que no se veían las personas a un metro de distancia. Pero te aclaro que en la medida que íbamos limpiando el terreno, yo iba depositando semillas de distinto tipo y en distintos lugares para ver la calidad de la tierra. Había también un tremendo poso que con los tres chicos los fuimos emparejando, porque ahí en ese lugar hubo un corral para toros y los toros especialmente cuando están en celo escarban en la tierra y van formando posos. Fui marcando y de a poco con los chicos fuimos nivelando el terreno, y así poquito a poco luchando y luchando fuimos armando la granja. Tuvimos momentos lindos otros no tanto, pero salimos. Calcula que yo con la frutilla hice buenas diferencias y eso me dio pie para ir agregando cosas, porque la frutilla así en cantidad creo haber sido uno de los primeros en la zona y te puedo asegurar que era una frutilla grande, pulposa y muy sabrosa. Sucede que yo, ya había visto como se plantaba, cómo se trataba ese fruto del mejor maestro que pudo haber existido en la zona, el Ingeniero Williamson, que me señaló todo los pro, y los contra de esta tierra. Yo iba hasta el vivero y don Juan me atendía muy bien porque me apreciaba mucho, había visto en más de una oportunidad la huerta que tenía en la calle cinco y cuando le dije lo que pensaba hacer, me explicó bien que todas las tierras no son iguales, que algunas son aptas para una cosa y otras para otra y que lo fundamental era el abono y cómo abonar la tierra. Gente de otros lugares que han venido a poner una quinta, solamente supieron recurrir a los fertilizantes y no es tan así la cosa, terminan de cortar y por arriba ya están fumigando y echando fertilizantes. Que urea o lo que sea y eso no es bueno, la tierra sola tiene que renovarse y yo tuve la suerte de hacerme de muchos amigos cuando les vendía el pasto, el forraje para los animales. Cuando puse el negocio de la calle 17, siendo apenas una criatura de 13 años, con el pasto fui haciéndome de un dinero que me sirvió para todo. Entre los clientes que tuve en ese momento estaba por ejemplo don Coria, aquel hombre que tenía su Stud en la calle 18, otros que tenían caballos para carros de reparto. Don Coria especialmente, cuando limpiaba los boxes, ya me preguntaba, ¿dónde tiramos el guano?, y así como él otros que además solían traerme algún regalo. Gente de las chacras vecinas, que me traían el abono de las gallinas y también algún embutido. Dicho sea de paso, tanto consumo me dejaron algunos problemas de huesos y articulaciones. Es que eran tan ricos esos chorizos o salames que daba gusto comerlos. Ahora aparecen en los análisis. Inicio del cambio de vida Tratando de volver un poco hacia su vida anterior, es decir, la que se inicia en la calle 5 esquina 10, Blas nos va contando algunos pormenores; –“Estaba pagando alquiler en la calle 17 al señor Juan Medrano, y al final no nos resultaba rentable, y tampoco práctico, por lo que decidimos levantar el salón, más que nada empujados por un incendio que nos hizo perder mercadería, un poco por el fuego y otro por el agua de las mangueras de los bomberos. Allí le metimos mano entre mi madre y yo, mi vieja me hacía de peón y yo pegaba ladrillos, hasta que llegamos arriba, pero el día que hubo que fundir el techo, aparecieron los amigos, porque con mi papá no podía contar ya que estaba con diabetes y no podía estar demasiado con este trabajo. Él todavía por ese tiempo seguía trabajando en el ferrocarril y mis hermanas ya no estaban con nosotros. Así fue que llegamos a la altura correspondiente y cuando llegó el momento nos dispusimos a fundir la losa y ahí es cuando aparecen los amigos para ayudar, el padre de “Mimí” Lorenzatti, “Coco” Guidi que trabajaba en Luz y Fuerza, más otros que ahora no recuerdo bien, que vinieron a colaborar. Amigos y buenos vecinos Una acotación; Por esos años era muy común que la gente levantara sus propias paredes o apenas con algún albañil, y en el momento de fundir el techo, aparecían vecinos, amigos o parientes a colaborar. El dueño, generalmente, ponía carne a la parrilla y se compartía trabajo y asado. En este caso no fue así, porque ese día la que había sido peón de mezcla y baldes se tomó franco como tal, para ofrecerles a todos una excelente raviolada y canelones. Todo esto era casi como un folclore dominical, porque era una tarea que había que empezar a la mañana, muy temprano, para terminar al mediodía. Ese era un trabajo que se iniciaba y sí o sí había que terminarlo completo. En este caso era, salón, habitación, garaje y cocina. La superficie era regular, 18 por 11,50 así que, sacá la cuenta, unos doscientos metros cuadrados. Es que se había ideado para que fuera salón para negocio, y casa de familia. El salón tenía que ser generoso porque necesitaba además, una oficina dónde poder conversar con la gente, proveedores o lo que sea. Por ejemplo cuando vinieron los de la Crush para tratar un negocio, yo no podía estar delante del resto de la gente que venía a comprar, y ese día justamente había vendido un premio de la Lotería, llegando gente de varios lugares para hacer una nota. No lo dijimos antes, pero allí solamente se vendió la Lotería, algunos creen que tenía Bar, pero no, eso fue después, despacho de bebidas fue dispuesto por las personas que nos sucedieron en el lugar, cuando yo ya me instalé en esta quinta. Para seguir con el relato, digamos que tiene un recuerdo muy especial, de quien fuera la primera ganadora, –el primer billete premiado por su agencia–, cuyo poseedor fue la señorita Susana Bossi, profesional cosmetóloga que sigue viviendo en General Pico. Ella, –a pesar del tiempo transcurrido–, sigue teniendo siempre el mismo aprecio. Siempre jugaba y la mandaba a la madre para el retiro o arreglo, sucediéndose algunos pequeños premios, de esos que sirven para salvar la jugada y repetir, quedando lo suficiente como para mantener el número pago. Por ese motivo inventé algo como que no lo había pagado, y como tenía en mi poder su billete, –porque no lo había retirado–, le comuniqué que lamentablemente no se lo podía entregar. De haber sido así, verdaderamente, me podría haber hecho el desentendido y era mi palabra contra la suya, pero no era mi manera de ser, al contrario. Ella sostenía que no era posible, porque la mandaba a su madre a que le hiciera su jugada y con otros premios menores fue pagando ese billete y que su madre a pesar de no ser muy práctica con los números, le había dicho cómo estaba en realidad la cuenta. Al final decidí dar por terminada mi farsa, y cuando se lo entrego fue un momento de gran emoción, más aun cuando aparecen los amigos de prensa y la Televisión. Es hasta el día de hoy, que me sigue agradeciendo aquel gesto, aunque el mal momento por esa escena, tampoco lo olvida. Sin darme cuenta, esto sirvió para que se produzca un golpe publicitario que hizo aumentar en gran cantidad, las ventas de los billetes de Lotería, tal es así que di veintitrés premios en todo ese tiempo. Detrás de lo sucedido, vienen otras historias personales con más de uno que fuera tocado por esa barita mágica de las loterías. Hubo otras que sirvieron para que el gesto fuera destacado; Un señor, llega un día hasta el negocio y cuenta de su problema, en realidad una calamidad financiera, sin dinero, endeudado, con la cosecha perdida, en fin todo en contra. En ese momento Blas se preparaba para empaquetar y devolver los billetes no vendidos y este señor resuelve jugar lo que le quedaba y le compra “el paquete”, a ojos cerrados, Blas accede y el hombre se los deja en custodia. La suerte indudablemente se presentó para que este señor, sin conocer los números, fuera elegido. Blas sin desarmar el paquete, cuando llega el momento después del sorteo, se encuentra con el número premiado entre todos ellos. También ahí pudo haber recurrido a decir que no había nada y quedarse con el número, pero optó por buscar a este señor y decirle que dentro del paquete estaba el Premio. Un gesto que esa persona nunca olvidó y siempre le tendió una mano cuando la necesitó. Hay más, muchas más, pero Blas las mantiene y las seguirá manteniendo en su memoria. Algunas no son para ser contadas. Blas Martínez y el Beisbol en General Pico Hay otra etapa en la vida de Blas, que tiene que ver con la deportiva. Como la historia completa fue recuperada en la página web de la Junta de Historia Regional “General Pico”, aquí solamente quiero destacar ese pasaje sin extenderme demasiado. Por los años 1963/64, llega a General Pico, Carlos Cano, un joven proveniente de Bahía Blanca, que comienza a trabajar en el asesoramiento sobre distintos emprendimientos, y se va relacionando como corresponde con gente joven del lugar, manifestando su gusto deportivo. Resultó ser algo que alguna vez, –y varios años más atrás que eso–, hubo quien lo intentara insertar entre los deportes practicados en Pico, sin ninguna repercusión. Ocasionalmente Blas se encuentra en una oficina con este señor, más el dueño de la empresa, y se habla del tema. A Blas le pica el contenido, y digamos que se mete totalmente al punto de hacer que se vayan juntando otros jóvenes, que también se entusiasmaron, y en poco tiempo se encolumnaron más de treinta o treinta y cinco voluntarios, que no solamente fueron aprendiendo los secretos del Beisbol, sino que en muy corto tiempo, se animaron a competir con otros que llevaban años en la práctica, y por si fuera poco, fueron a varios torneos nacionales, además de organizar un Campeonato Argentino en la localidad. Y todo eso en solamente cinco años. La visita del señor Carlos Cano después de muchos años de creada aquella institución, en un encuentro que fuera organizado por el mismo Blas Martínez, permitió revivir todo lo acontecido en ese tiempo y de esa manera se pudo reconstruir la epopeya. Los que habíamos visto esa actividad sin darle demasiada importancia, –uno fue mi caso–, nos vimos involucrados en una catarata de recuerdos hermosos y todo gracias a la inquietud de este hombre que no solamente goza de buena memoria, sino que intenta por todos los medios de mantener vivos esos recuerdos de vida, y entre tanto recuerdo no puede faltar esta etapa en el mundo del deporte. Retomamos la vida en La Granja Volviendo a los inicios de su actividad en la Granja, que llamó orgullosamente “La Granja de Blas”, puesta en terrenos que se encuentran pasando el predio de la Sociedad Rural, con entrada por calle 21 al 2545, retomamos el relato de cuando decide que ese pequeño terreno de 25 x 25, a él no le puede servir. Las autoridades municipales, a cargo entonces de esta distribución, aceptaron el desafío y le entregan una hectárea de las 14 o 16 que comprende el espacio. El agua fue provista en un principio por una perforación y un tanque, del cual se podrían servir todos. Más adelante se hizo una nueva excavación y ya no se dependió de la otra. Demás está decir que al llegar al lugar se encontraron con un tremendo yuyal, como dijimos al principio. Blas con sus tres hijos, niños todos, libraron el terreno de quinuas y cardos rusos, y poco a poco fueron, literalmente domando ese pedazo de tierra. No vivía en el lugar porque no había nada, comían en más de una oportunidad a la sombra de los maíces y muchas veces los chicos se quedaron en una casucha improvisada pasando la noche. Ese sacrificio fue dando verdaderos frutos porque Blas mantuvo la tierra con atención orgánica, sin recurrir a mejoramientos que no sean los propios que la misma naturaleza nos da. Eso fue fruto de sus oportunas vivencias y por la sabiduría de don Juan Williamson, el hombre que le regalara muchos conocimientos en el trato de la tierra para obtener buenos resultados. Blas llegó a cosechar por ejemplo zanahorias de hasta un kilogramo. Plantas que dieron no menos de 1500 kilogramos de ciruela tipo presidente para secar, y otras como la amarilla y roja corazón de buey, que llegaron a producir hasta tres mil kilogramos. Indudablemente Blas y sus hijos pudieron vivir del fruto de la tierra con todo el esfuerzo que eso lleva, pero entre esas cosas hay algunas hermosas y otras no tanto. Por ejemplo sobre las primeras, que su hijo Antonio de 14 años, trabaja y mantiene sus estudios, por lo que la Comisión de Apoyo de la Biblioteca Municipal “José Manuel Estrada”, resolvió becarlo entregándole todos los libros que pudiera necesitar en el transcurso del año escolar. Pero también tiene sus cosas grises, como la pérdida prematura de uno de esos chicos por una enfermedad que hizo crisis en cuestión de meses Otro de los puntos grises, se dio justamente cuando esas plantas comenzaron a producir, ya que el comercio local no supo valorar el esfuerzo y siguió apostando al mercado de otras provincias, pretendiendo pagar monedas ($0.15.-), para poder vender a $3.- el kilo. Y de esto no precisamos ir muy atrás que digamos. Desde ese momento, Blas, de acuerdo a lo que había arreglado con las autoridades municipales proveyó como había quedado con lo que se necesitara para alguna institución, y el resto lo vendió a la gente que ya sabe y conoce lo sano y exquisito de esos productos, y año tras años acude para poder saborear el fruto de la tierra pampeana, tierra que por otra parte es la que lo viera crecer y la que pisa aunque aquel 12 de marzo de 1940, pegara su primer berrido en la Capital Federal, cuando doña Lucía Cuadrado se trasladara para que pudiera nacer con todos los cuidados. Blas Martínez, otra persona que ayudó al crecimiento del pueblo Es esta otra historia de vida de gente de nuestro pueblo. Blas se encuentra en ese lugar de la calle 21 desde hace más de treinta años, los suficientes como para que muchos pobladores de este General Pico que crece día tras día, no lo conozca, no sepa quien fue este chico que vino de la mano de sus padres desde “los pagos” de Luan Toro, y con apenas 13 años encontró la forma de pelearle a la vida para salir adelante. Se incorporó en este Pico de los finales de la primera mitad del siglo pasado, un tiempo donde era necesario voluntad para desarrollarse, ya que eran tiempos donde solamente había que poner voluntad, ganas de hacer, en este Pico siempre poblado de gente emprendedora y luchadora. Estas quintas comunitarias que se inician a fines de la década de 1980, sirvieron para que muchos intentaran una nueva vida, Blas lo intentó y con el esfuerzo que acompañaron sus hijos, entonces apenas unas criaturas, logró salir adelante. Hoy este querido amigo, se encuentra con su salud un tanto delicada, vive acompañado por uno de sus hijos, pero siempre con ganas de vivir, de seguir haciendo, aunque con algunas limitaciones que por supuesto no le hacen bien. Estuvimos visitando su quinta en estos días, y la misma ha sufrido un cambio para bien, los hijos han vuelto a retomar la actividad y ya están poniendo en movimiento el engranaje, removiendo, armando los surcos para colocar el regado por goteo y en pocos días podremos ver “La Huerta de Blas” otra vez a pleno. Para agosto ya tendremos el verdeo especial para la carneada y a fines de noviembre/diciembre, saborearemos esas deliciosas ciruelas y por qué no, las damascas que se dejan comer con solamente apretarlas un poquito para que salga el carozo… ¡y adentro! Porque deben saberlo, los frutos de “La Granja de Blas”, no tienen contaminantes ni por dentro ni por fuera y hasta casi ni hace falta lavarlas. Pero claro, el aire se ha contaminado y por las dudas le pegamos una lavadita. Agradecimiento. Blas Martínez quiere dejar el agradecimiento al entonces Intendente Ing. Carlos Verna, y sus funcionarios Carlos Teves y Larrea, que confiaron en su emprendimiento. xxxxxxxxxx Héctor Pérez Farías Recopilador de historias pueblerinas Fuentes; Los recortes de diarios pertenecen a Blas Martínez Fotos de los mismos recortes y otras originales del mismo Blas. Charla obtenida el 30-05-2020 en su quinta. Gracias amigo Blas



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