Barrio: Este / Tema: Personajes
Ubicación Histórica, Año:1948

"Colita" Hernández
Recuperaremos aquí, otro personaje que en su momento fue recordado el el libro *Mis Personajes*, editado por el año 2006. *Que General Pico ha dado gente para que podamos hablar, vaya si los ha dado. Nos basta dar solo una vuelta por los alrededores, y allí aparecerá entre otros este señor, Agustín *Colita* Hernández; COLITA... en ratos libres vendía *las deliciosas* de Río Negro. A lo largo de mi vida en esta ciudad, les puedo asegurar que conocí a muchos. De los buenos, y de los otros. Todos en realidad merecen ser recordados, aunque por esas cosas, a mi me quedaron grabados los primeros, delos otros, el lado bueno; el que se puede contar. este personaje que hoy traigo, para presentárselos a aquellos que no lo conocieron, un hombre todo bueno. Fue un tipo de trabajo desde sus primeros años de vida, hasta que tuvo que decir adiós, cuando estaba pellizcando os 77 pirulos. Había nacido en un hogar de trabajo. La suerte quiso que fuera; ¡de aquél lado de las vías! En el *Barrio de las Ranas*, un 17 de junio de 1919. Su primario fue la Escuela 66 y los amigos eran todos de ahí, ¡¿Cómo no iba a ser entonces hincha de Costa Brava?! Salvo los que se fueron con el maestro Petit, para fundar el rojo piquense, el resto, el que se quedó masticando bronca, se hizo hincha del lugar, y como tenían que hacer algo para que los etiqueten, fundaron el Club Costa Brava, y cuando marcaron territorio, dijeron... ¡Y con todo o plantado! Y él era uno de los que estaba ahí, plantado desde siempre, porque el viejo Hernández, don Gerardo, era un ferroviario que se vino con su mujer, doña Antonia, desde Meridiano V°, para radicarse en la calle 23, entre 26 y 28, como para hacerles trampa a sus compañeros ferroviarios, que fueron eligiendo aquel otro barrio, el de Talleres. Desde chico anduvo rebuscándole a la vida algo para hacer, algo para disponer del *mango* necesario, y en los ratos libres, como no podía ser de otra manera, gastó más de un par de alpargatas en un algún baldío de aquellos donde *la de trapo*, era dueña y señora del lugar... a pesar de sus anteojos de gruesos vidrios, anteojos que por otra parte no le impidieron hacer el Servicio Militar. Lo mandaron al sur, y por si fuera poco *se tragó* cerca de dos años, pero volvió y en muy poco tiempo más adelante, pasó a ser parte del personal ferroviario, solo que debió ingresar en la localidad de Meridiano V°, tal como se conocía a González Moreno, cuando las vías todavía no eran nuestras. Allí fue *Señalero, Cambista, Peón de playa, y si era necesario, montaba algún matungo para ayudar a cargar animales en las jaulas, vagón preparado especialmente por donde viajaba tanta carne vacuna, al mercado de Buenos Aires y de ahí al exterior. Pero los ferrocarriles tienen un día en que se nacionalizan, el 1° de marzo del 49, solo que él, un año antes, ya estaba trasladado a General Pico, donde vivió con su esposa Inocencia, junto con sus viejos, mientras construía su propia casa, en calle 26 entre 23 y 25, a la vuelta de la de sus viejos. Agustín toma este cambio como suyo, no precisamente el cambio de ciudad o pueblo, sino el otro, el que produce el estado, para hacerse ferviente admirador del General Perón. Fueron dos las enfermedades que lo acompañaron hasta la tumba. ¡Bah, en realidad tenía otra! Esa me la contaron y la verdad que no la sabía, y bueno, te la digo, un día resolvió irse a vivir solo, y allá fue a parar con la osamenta, donde la calle 106, se une a la 21. Esa calle 21 que va girando acompañando a las vías que nos llevan hacia Dorila y de ahí, más al sur. ¿De quién estamos hablando? ¿A quién le dedicamos esta página? A un hombre que muchos recuerdan sobre una chata playa cargada , con manzanas que ofrecía, mientras el manso animal que tiraba del carro, caminaba lentamente. Entre tanto, con una bocina, de aquellas que servían para amplificar el sonido que se les arrancaba a los viejos discos de pasta. Para anunciar su mercadería; -¡Nuevita la manzana, patrona!! -¡No la deje pasar señora! -¡Mire que coloraditas están doña! Y así, la vieja balanza de mano, pesaba más y más kilos de una manzana deliciosa, que sabía traer desde las *chacras de Río Negro*. En alguna oportunidad llegó a vender, en unas pocas horas, el cargamento de un chasis con siete toneladas. Y eso que esto la hacía fuera de las horas de trabajo, cuando dejaba su puesto allá donde ingresaban las locomotoras a los Talleres, a la altura de la 102 y 19. Olvidé contar que ese había sido su nuevo destino, desde que regresara desde González Moreno. Más adelante, esas barreras las ubicaron luego en la calle 2, cuando abren el paso a nivel dela calle 2. Toda su campaña en General Pico, fue como guardabarreras, tal vez la limitación visual, que tenía, no le ayudó a escalar, pero nunca se lo escuchó quejarse por tal motivo. Ya tenía bastante con tener el domingo libre para poder alentar a los muchachos de su Costa, y más aun, tener ese momento para legar al vejo Pacaembu, con una bolsa de naranjas y ofrecerlas a todos los integrantes del preliminar, tercera o reserva, y luego a los de la primer, y si sobraba alguna, siempre había manitos que o se quedaban sin recibir una de ellas. También estaba contento y conforme con poder disponer de un tiempo para un chin-chon, o un sapito. En verdad no era jugador. ¿Y de beber? solo un aperitivo, o un tinto como cualquiera de sus amigos, mientras orejeaba las cartas, pero nada más. Le gustaba el tango. Era tanguero de aquellos, de Di Sarli, D'Arienzo, D'Angelis, pero no sabía llevar muy bien su humanidad, bastante corpulenta, al compás de la música, con esas piernas que se ponían coquetas y cruzaditas cuando iba sentado en un rincón de la chata, con las riendas en una mano, ofreciendo las ricas manzanas rionegrinas. Hubo mucha gente que lo conocía solamente por ese nombre, el que además estaba pintado en la parte de atrás de la chata. Estaba ahí, como si fuera la colita del carro, pero no era así, el adjetivo tenía porque, desde chico, en sus años del primario, Agustín era medio travieso como cualquiera, Era también medio rebelde, pero no por malo, no... Rebelde nada más que por que sí, y porque se le daba las ganas de no ir a la peluquería, y no iba. Entonces era normal que tuviera el cabello más largo que los demás, cuando la gran mayoría solía andar con la bocha lisa y solo un mechón adelante. Si era de pelito dócil, las viejas se solían gastar en peines y fijadores. Seguro que un día cualquiera habrá hecho alguna diablura, hasta que una de las maestras lo alcanzó a agarrar de los pelos, medio cerca de la nuca, para zamarrearlo un poco, reprenderlo por lo que habría hecho, y el repunte final... ¡Y mañana no te quiero ver con esa "colita"! De ahí le quedó para siempre a Agustín Hernández, el sobrenombre de *Colita*, un tipo que solo trabajó, y que por algo que pasara por su vida, resolvió irse a vivir solo, apartado de su mujer y de sus hijos. Lo que sí se llevó, fueron tres grandes amores, el primero Costa Brava; nunca dejó de alentar al equipo de rayas rojas y blancas verticales. Luego el otro Club, el de Buenos Aires, ese que tantas satisfacciones le dio a sus parciales y al fútbol Argentino todo, el Rácing Club de Avellaneda. Finalmente, el otro amor, más que amor una pasión. Yo creo que *la parca*, cuando vino para llevárselo, no le pudo arrancar la medalla de Perón... Me parece que se la llevó puesta. El *Colita* fue un personaje de aquel Pico de puertas y ventanas abiertas a la vida. Uno de los tantos que no se detuvieron. Siempre la peleó, y los hijos,, aún por lo que habían pasado, no lo dejaron de reconocer. Lo recuerdan como un hombre de trabajo, sin cuestionarle nada, porque al fin y al cabo, él solo sabía los motivos. En el barrio, a cualquiera que le preguntes, solo te podrá contestar...-¿Colita, qué se yo? Colita fue un tipo bueno. Al último que le pregunté algo sobre él, fue como si le hubiera puesto un sello a todo lo que había escuchado. Me fue recordando de cuando había que había que conseguir maíz pata el caballito, y o tenía engrupido *al milico* que estaba de guardia, para que le bajara una bolsa del vagón de baranda baja. Y o mismo podía pasar con el kerosene que tanto escaseaba entonces, pero que siempre se le podía *ordeñar* algún litro de lo que quedaba en las mangueras. Eran todas estas cosas, pequeñas picardías que a nadie jorobaban, y que ahora estará pensando allá arriba, que si los tiempos lo hubieran cambiado, se aburriría, porque estaría andando en una camioneta con gas, y el único animal que lo hubiera podido acompañar, podría ser un perro en la caja. Así lo dejamos a *Agustín Hernández*, el recordado *Colita*. Hincha de Costa Brava, Perón, Tanguero, aunque mal bailarín. Amante del folclore. Oyente de buena música de la de antes, con ruido a púa. Otro piquense que debemos recordar y que no nos puede quedar fuera de la lista en este año del Centenario. Como puede verse, esta historia, este recuerdo, fue escrito con anterioridad al 2005. Héctor Pérez Farías Recopilador de historias pueblerinas. Integrante de la Junta de Historia Regional Gral. Pico. Todo fue recopilado de recuerdos propios, de la gente que lo trató y por sobre todo por su hijo, quien además dio el visto bueno para que fuera publicado en el libro *Mis Personajes* del cual soy autor.


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