Barrio: Talleres / Tema: Historia
Ubicación Histórica, Año:1906

HISTORIA SOBRE LADRILLEROS
DON ANTONIO SAGRERA Y LOS LADRILLEROS Iniciamos esta conversación recordando momentos anteriores, donde Antonio me había comentado que en alguna oportunidad le había facilitado unas fotos a un periodista y recordaba que tenían que ver con los primeros ladrilleros del pueblo. Lamentablemente por alguna razón se perdieron y resulta difícil su recuperación. Con seguridad tenían que ver, con las primeras hornallas que fabricaron ladrillos para la construcción de las casas de ese material. Redondeando esos recuerdos, el apellido de su padre está vinculado con Bernassán, Capó, Barceló, además de don José Cariddi, que son los nombres que se pueden contar de aquellos primeros años del pueblo. Estos apellidos se entrelazan y no se puede decir que fueron de los primeros como nos recuerda don Juan L. Pozzo en “Crónicas de otros tiempos”, en la Revista “Rumbos” cuya nota se titula, “Las primeras luchas”. Allí nos cuenta que los vagones de carga del tren, llegaban con cargamentos de chapas de cinc y tirantes de madera, para la construcción de las primeras casas. Evidentemente era lo más rápido para las primeras construcciones, aunque muy pronto se instalaron cuatro hornos de ladrillos que comenzaron a funcionar con ciertas deficiencias debido a la gran cantidad de pedidos. Don José Cariddi, que llegara a General Pico “en el tren especial”, aquel 11 de noviembre, se relacionó con gente que ya estaba esperando aquí para el remate y uno de ellos fue don Julio Baquedano, que estaba instalado con negocio de fonda en la esquina de 20 y 17 (actualmente Plaza Seca), partiendo de allí seguramente su inquietud por quedarse definitivamente en un lugar y la mejor manera fue haciendo ladrillos, instalándose en los terrenos donde actualmente se encuentra el Vivero Pampeano. Cariddi sin lugar a dudas fue uno de esos primeros cuatro ladrilleros. Según los datos recopilados por la Historiadora Rosita La Giogiosa, por 1910, este buen señor compra un terreno en el entonces Boulevard Alsina, entre las calles 7 y 5, fundando en ese lugar “La Moderna”, una fábrica de mosaicos con los que proveyó a casi toda la población. Esos mosaicos eran un dibujo de colores magníficamente combinados. Aún recuerdo el mural hecho con mosaicos, por don José en una pared interna de la casa que llevaba el número 248 en el viejo Boulevard. “Una verdadera reliquia que se perdió sin pena ni gloria”. Pero como la historia no quedó escrita desde un primer momento, nos tenemos que seguir manejando con recuerdos y en esa búsqueda nos encontramos que cuando José Cariddi cambia, horno por mosaicos, allá por 1908, vemos según nos cuenta Rosita, que ya hay ocho hornos, lo que da una idea de cómo se iba quedando la gente en busca de su lugar. En cuanto al relato de Antonio Sagrera, aparece contando bastante tiempo más delante de los que fueron los primeros ladrilleros en General Pico. Entonces comienzan a aparecer los nombres de Capó, que es el apellido materno de Antonio y también Barceló, tío de Tomás Barceló, aquel hombre vinculado a la radiotelefonía por muchos años, tanto en transmisiones radiales, como en la instalación de equipos y también acerca del Aéro Club de General Pico. Antonio no está muy seguro, pero así y todo, asevera que su padre puede haber sido quien puso la hornalla que cocinó los primeros ladrillos con los que construyeron parte de la parroquia. Recuerda que su padre sabía hablar de esos hornos de cuando era todavía un muchacho. Realmente y luego de hacer un poco de memoria, me dice que la firma estaba encabezada por Salvador Sagrera, Barceló, Capó y Trucco. Sociedades de las que por supuesto no es posible encontrar documentación ya que por esos años eran socios de palabra, donde todo el mundo ponía el hombro. Este señor Trucco es uno de los que aparece en la foto en el momento que se pone la piedra fundamental, o sea que casi todos ellos están desde los primeros días y tal vez de buen tiempo antes. No olvidemos que fueron muchos los que habían llegado para comprar tierras, pero como no se tenía lugar definitivo donde se iban a entrelazar las vías del Ferrocarril Oeste con las del Pacífico (Sur), muchos fueron los que se quedaron esperando para conseguir los mejores lotes, teniendo en cuenta que se debían respetar las tierras a entregar para algunas instituciones (Municipalidad, Plazas, Iglesia, Comisaría, Escuela) y eso se consigue en el momento del loteo. En cuanto a los hornos de ladrillos, además de estos cuatro señores que conformaban esa sociedad, podemos recordar a Totino, Marcheggiano y al señor Anastacio Otamendi que se desprende para trabajar por su cuenta. El motivo era muy simple, la familia era amplia y necesitaba emprender una sociedad de familia, puesto que sus hijos ya reclamaban independencia. La producción de ladrillos se hacía sacrificando la capa principal de la tierra que sirve para la buena germinación de cualquier semilla. Hablamos de los primeros veinte a treinta centímetros de flor de tierra. Con esa capa y alguna paja, más agua, se elaboraba un pastón que era pisoteado por caballos en el llamado pisadero. Don Salvador Sagrera, entre otras cosas, sabía hacer intercambios con Anastacio Otamendi, de caballos de pecho para el acarreo del material terminado, por animales que solamente servían para esa tarea, tal vez por viejos, o con algún problema en sus extremidades. Es decir los animales menos aptos para el trabajo de acarreo o la agilidad del sulky. Los años entremezclan a esta gente y por 1920 entra en escena el apellido Teja, con don Adolfo como cabeza. Le siguieron los hijos por muchos años. Según podemos rescatar de viejas crónicas, el primer horno instalado por esta gente, estaba ubicado sobre la calle 9 a la altura de la Comisaría 3ª. Todo eso por entonces y como es de imaginarse, era campo. Una prueba la tenemos por testimonios, donde dicen que bastaba pararse en la misma plaza San Martín, (entonces Alsina), para ver desde allí la construcción del Hospital Centeno en calles 1 y 10. Esta familia comenzó con sus primeros hornos, que producían ladrillos de Primera, Segunda y Tercera; material para distintos tipos de construcción, sea por lo que necesitaban en ese momento o por el poder adquisitivo de los primeros habitantes. Los ladrillos de Teja, tal vez algunos todavía se puedan encontrar, (en el Cuartel seguro), pero se recuerdan, además, construcciones como las que don Francisco Lacerca mandara a construir; Banco Nación, otro en Avenida San Martín entre 7 y 9, a la altura del actual domicilio que lleva el número 323. Por ese tiempo, entre otros ladrilleros se encontraban trabajando, gente de apellido Pagela y la sociedad entre los hermanos Salvador y Sebastián Marcheggiano, junto a Anastacio Otamendi, quien se abre para formar su propia empresa como Otamendi e hijos. Salvador y Sebastián Marcheggiano, continúan por su cuenta, hasta que Salvador se separa, para dedicarse al trabajo de huerta en un predio que había adquirido algunos metros más atrás de lo que es el Vivero Pampeano. Sebastián al quedar solo, pasa a formar sociedad con el señor Francisco Totino. En la historia de los ladrilleros, encontramos mucha gente, muchos apellidos que perduran, como el de don Ramón Mola y Anastacio Otamendi con sus hijos. En cuanto al apellido Sagrera, aparece por esos años junto a los que se enumeraran al principio. Don Salvador Sagrera, trabaja en hornos de ladrillos y también en la construcción, junto al amigo Miguel Ramis, que lo acompañaba en esta aventura que había comenzado en Mallorca, continuando en San Pedro en la provincia de Buenos Aires, hasta que se trasladan a este pueblo que crecía sin parar. Los dos forman parte de una empresa de trabajo, donde se destacan los nombres de Guillermo y Gabriel Gomila quienes luego compran un campo en la zona norte del poblado, instalando hornos en ese lugar. A esta altura comenzamos a ver aquellos apellidos del principio de esta, nuestra historia; Capó, Barceló y Truco. Salvador Sagrera, a todo esto, se casa con Catalina Capó, hermana de uno de los socios, quien era viuda de Juan Cervera y ya tenía dos hijos, Sebastiana y Juan. Es evidente que el trabajo no sería lo suficientemente rentable, porque busca nuevos horizontes en la zona de Trenel, trabajando la tierra, donde nacen Antonia, Salvador y Antonio. Este último es quien nos cuenta de la vida de sus mayores, que aparecen en la construcción de ladrillos luego del regreso de su padre, de la aventura por la zona rural de Trenel. Antonio, el hijo, es nacido en 1932 y llega a General Pico, siendo todavía un niño. Recuerda de esa infancia que vivió en un domicilio de calle 13 casi esquina 16, como también que su padre trabajando en el horno ubicado en el campo de Gomila, elaboró ladrillos que conformaron parte del perímetro del cementerio, la Parroquia y muchos otros. Ese campo que habían comprado “los Gomila”, tenía buenos pastos como para tener varias lecheras, por lo que Antonio afrontó entre sus primeras tareas, las de reparto de leche a domicilio, cosa muy común entonces. Como redondeando un poco estas vidas, la de Catalina Capó y Salvador Sagrera, digamos que existía una amistad pronunciada entre ella y la mujer de uno de los Gomila, y por esas cosas del destino se reencontraron en tierras pampeanas, después de haber dejado las Islas de Mallorca. La familia Gomila no necesito decir que fue la dueña de todo lo que es ahora “Pueblo Nuevo” y esos hornos de ladrillo estaban ubicados hacia el sur del casco del campo. Eran tierras aptas desde allí hacia abajo, continuando por el campo de Larrañaga, y parte de lo que fue de la familia Gallastegui. Si recordamos lo recordado por don Adolfo Teja (valga la redundancia), él había armado las primeras hornallas siguiendo la misma línea a la altura de donde ahora se encuentra la Comisaría 3ª, cerca de la rotonda. Entre la infinidad de recuerdos de don Adolfo Teja, rescatamos por ejemplo que haciendo un cálculo aproximado de lo que ellos produjeron, se calculan unos treinta millones de ladrillos cortados y cocinados en sus hornos, aunque debemos saber también que el crecimiento del pueblo los alejó bastante y terminaron haciendo pastones y horneando en las inmediaciones de “El Descanso”. Es decir, cerca de la ruta que viene de Colonia Barón y La Puma, para empalmar con la 102 que va de Pico a Metileo, Monte Nievas y Castex. Lamentablemente no hay una documentación para que nos ubique en el tiempo, en líneas generales, todos estos nombres fueron parte de quienes proveyeron de ladrillos hasta no hace tanto tiempo. La familia Teja se mantuvo hasta la década de 1980 y tal vez un poco más siguió produciendo otra familia en las inmediaciones de “El Descanso”, el señor Orellano e hijos. El ferrocarril ayudó a la producción de poblaciones vecinas, que trajeron por ese medio hasta aquí, varios miles de ladrillos (Falucho, González Moreno y América), de eso hay documentación y se da cuando General Pico, luego de su designación por el gobierno, para instalar aquí un Cuartel Militar. Además de los barrios militares para Oficiales y Suboficiales. La memoria de don Antonio Sagrera, está vigente a pesar de sus años. Por momentos se nos entremezcla su vida, con la de sus mayores, es que toda ella se relacionó con el campo, la construcción y los hornos de ladrillos. Su madre tiene un ligamento con la familia Gomila y la esposa de uno de ellos y por ahí se nos mete el recuerdo de lo que fuera el Almacén Inglés. Pero eso ya forma parte de otra historia, debido a que ingresa ahí el apellido Rodríguez para armar otros recuerdos de nuestro amanecer como pueblo. No resulta fácil ordenar recuerdos, pero en líneas generales y con la ayuda de quien pueda aportar otros datos, podremos armar una historia más completa. Hasta aquí es hasta dónde se pudo rescatar. Nos seguimos lamentando por la falta de documentación, por entonces todo se hacía de palabra. Lo que se tiene solamente es porque una Comisión de personas que se movía para el engrandecimiento del pueblo, al estar ligados con el gobierno del territorio e indirectamente con el Ejército Nacional, hizo que hubiera papeles justificando movimientos y es con lo único que se puede contar. De cualquier manera desde 1905 o antes, con seguridad, se fabrican ladrillos para la población. Una población que levantó, tiró abajo, amplió, volvió a levantar tantas edificaciones, que sería imposible un cálculo de la cantidad de ladrillos fabricados. Pero sin dudas, fueron varios miles para que General Pico siga teniendo memoria y no olvide a su gente. héctor Pérez farías julio 2015 (Un agradecimiento al señor Antonio Sagrera, a la familia Teja, a Antonio Marcheggiano por los datos que me regalara hace bastante tiempo, a Osvaldo Cariddi por su aporte relacionado a don José Cariddi, a Rosita La Giogiosa, por lo que nos dejara escrito, al diario La Reforma y también a Zona Norte, dos diarios de los que siempre nos estamos nutriendo)


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